Diccionario Mariano

Gabriele M. Roschini

MARRACCI, HIPÓLITO

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Fue uno de los grandes precursores de la era mariana. Vio la luz en Torcigliano (Lucca) en 1604; en 1621 ingresaba en los Clérigos regulares de la Madre de Dios. Ordenado de sacerdote, fue destinado a Roma, a Santa María in Campitelli, donde murió en 1675. Entre sus penitentes figura el cardenal Odescalchi que fue después el B. Inocencio

XI. Puede decirse del P. M. que fue el más fecundo mariólogo de todos los tiempos, el más importante bibliógrafo mariano, el más grande historiador del culto tributado en todos los siglos a la Virgen, uno de los más eficaces promotores de la devoción mariana, el más fecundo apologista de la Concepción sin mancha y, en fin, el mártir de la Inmaculada. Su nombre constituye un verdadero jalón en la historia de la mariología en general y del dogma de la Inmaculada en especial. El Padre M. es indudablemente el más fecundo escritor mariano de su tiempo, y se puede decir que de todos los siglos. Dejó, en efecto, más de 115 libros sobre la Madre de Dios, escritos en un latín nítido y clasicista. Unos treinta de estos libros han sido publicados; los otros han quedado todos manuscritos en el archivo de Santa María in Campitelli y en otras partes.

Es notabilísima su aportación a la bibliografía mariana. Se puede decir que él es prácticamente el más antiguo bibliógrafo mariano aun hoy citado y fácil de encontrar. Él, en efecto, concibió y después realizó su Biblioteca Maríana, publicada en Roma en dos volúmenes, en 1648. Es una verdadera bibliografía mariana. En ella, siguiendo el orden alfabético, da noticias bibliográficas de más de mil escritores marianos que florecieron desde el s. i al s. XVII con unas seis mil obras escritas por los mismos. Completó, además, esta su biblioteca mariana con un Appendix ad Bibliothecam Maríanam, publicada en Colonia después de su muerte, en 1683, por el P. Ketteler. En este apéndice cataloga M. otro millar de autores con sus escritos publicados después de su Biblioteca María na. Completa, además, y rectifica indicaciones dadas ya anterionnente. A los dos trabajos sobredichos hay que añadir un tercero que ha quedado manuscrito, con el título «Bibliotheca Purpurea Maríanss. En él están catalogados los escritos marianos de muchos cardenales.

El trabajo bibliográfico de M. se resiente, como es fácil comprender, de los defectos de su tiempo: falta de crítica, especialmente respecto de los primeros siglos, indicaciones imperfectas, etc. Eso no obstante, no deja de conservar su mérito cuando cita las obras marianas de su tiempo o prdximás al mismo. En su inagotable actividad mariana, M. había concebido también el audaz proyecto de recoger y después publicar todos los escritos marianos, desde el principio del cristianismo hasta sus dfss. En el manuscrito inédito titulado Idea bibliothecae marianae expone el plan general de la obra: 16 voldmenes (uno por siglo), subdivididos, a su vez, en varios tomos. El vasto y arriesgado proyecto no pudo realizarse sino de un modo muy fragmentario y reducido. En cinco volúmenes distintos dio a la luz publica el Maríale de S. German de Constantinopla, el Maríale del emperador León el Sabio, el Maríale de Isidoro de Tesaldnica, el Maríale de Adán, abad de Perseigne y el Maríale de S. José el Himnógrafo. Han quedado inéditos los Maríales de S. Juan Crisóstomo, de S. Juan Damasceno, de Jacobo Monje, de S. Andrés de Creta y de Jorge de Nicomedia.

Es también digno de mención un «Bullarium Maríanum», que ha quedado inédito. Un segúndo grupo de escritos marianos de M. conservan la historia del culto mariano, desde los orígenes hasta su tiempo. Es notable el método que sigue. En dos volúmenes distintos hace desfilar ante la vista del lector todas las distintas categorías de devotos de la Virgen, de todo tiempo y de todo lugar, es decir, los apóstoles marianos (los 12 apóstoles más S. Pablo, S. Lucas y S. Bernabé), los pontífices marianos (95), los obispos marianos (712), los cardenales marianos (229), los césares, o sea, los reyes marianos (194), los príncipes marianos (441), los fundadores marianos (44), las heroínas marianas, o sea, princesas ilustres devotas de María (173), los lirios marianos, es decir, las vírgenes singularmente devotas de María (173). En suma, presenta la historia no menos que de 2.276 devotos ilustres de Nuestra Señora. Tenemos aquí, en un método nuevo, apoyado en las personas, toda la historia de la devoción a María en los distintos siglos de la era cristiana. Pero carece de espíritu crítico.

Un tercer grupo de escritos es el destinado, por su propia naturaleza, a alimentar en los fieles la más tierna y sélida devoción a su madre común. A esto tiende la denominada Polyanthes Maríana, compuesta de 18 libros en los cuales se exponen por orden alfabético los distintos nombre» de la Virgen, los más selectos encomios de la misma, sacados de los SS. Padres y de los antiguos escritores eclesiásticos. Está obra constituye una verdadera mina para los predicadores y para los fieles. Sélo en la letra A, por ejemplo, expone 180 títulos marianos. La obra fue publicada en Colonia en 1683 después de la muerte del autor, reimpresa después en Roma en 1694, de nuevo en Colonia en 1727 y en 1866 en la Summa aurea de Bourassé (vols. 9-11). A ella se refirió por extenso el P. Carlos Passaglia, S. J., al componer su obra monumental en dos gruesos volúmenes en folio sobre la Inmaculada Concepción. Otra obra de vastas proporciones, destinada al alimento espíritual de las almas, es la titulada Templum mysticum Salomonis veri seu Dei para in templo Salomonis adum brata. Se conservan siete volúmenes manuscritos conservados en el archivo de Campitelli.

Pero donde puede decirse que ardió el celo de M. fue en la denodada defensa de la Inmaculada Concepción de María y de su definibilidad como dogma de fe. Tenemos aquí una serie de escritos, unos editados y otros inéditos (unos 36). De particular importancia para la historia del dogma de la Inmaculada es el volumen en que prueba que la Iglesia celebra en la fiesta de la Concepción la preservación de la Virgen de la culpa original, no —como querían algunos— su consagración a Dios en el momento de nacer. Vuelve a insistir sobre este mismo argumentoo en el opúsculo De legitimo fidelium sensu in ecclesiastica marianae concepciónis celebritate. Como consecuencia de este robusto estudio de M., el Sumo Pontífice Alejandro VII —el cual lo había lefdo— el 8 de diciembre de 1661, con la célebre Constitución Sollicitudo omnium Ecclesiarum, declaraba que tal era precisamente el significado y el objeto de la fiesta de la Concepción. La sobredicha Constitución —invocada e incluso provocada por M.— constituye uno de los puntos más decisivos en la afirmación del dogma de la Inmaculada.

Por eso la bula alejandrina llenó de inefable alegría el corazón de M. —según lo expresa en una carta dirigida al papa Alejandro VII— y le impulsd a repetir con el anciano Simeón: «Nunc dimittis servum tuum, Domine.» Sin embargo, no le faltaron tribulaciones. Algunos de sus escritos en defensa de la Inmaculada Concepción fueron publicados, sin él saberlo y sin el permiso del Vicegerente y del P. Maestro del S. Palacio, lo cual va en contra de las Constituciones Pontificiss. Cuatro de esos escritos, abusivamente publicados, llegaron muy pronto a Roma. El primero, Fides Caietana, fue publicado en Florencia en 1655 por Monsenor Giov. Franc. Ferentillo. En él demostraba M. que el doctísimo cardenal Cayetano había sido mal servido por sus amanuenses y había sido excesivamente confiado en admitir ciertas autoridades contra la Inmaculada Concepción. El P. Jacinto Libello, O. P., maestro del S. Palacio, creyendo que la impresión de esta obrita habría sido procurada por el Padre M., se enojó fuertemente y le prohibió salir de casa hasta nueva orden. Pero se le restituyó la libertad tan pronto como se vio el resultado negativo del proceso.

Un segúndo escrito, Trutina Maríana, fue publicado en Plasencia (España), en 1660, con el seudónimo de Cryptophilus María» nus, por Mons. Ludovico Crespo y Borja, obispo de la sobredicha ciudad y embajador del rey de España junto a Alejandro VII en la causa de la Concepción. En esta obrita demostraba M. que ninguno de los SS. Padres era contrario a la Inmaculada Concepción de María. Un tercer escrito, con el titulo Vindicatio S. Catharinae Senensis, fue publicado en Pozzuoli en 1663 por don Pedro Fernández de Castro, Conde de Lemos y de Andrade. En 61 demuestra M. que es apócrifa la revelación atribuida a Santa Catalina de Siena, contraria a la Inmaculada Concepción. Despuds de estas otras dos publicaciones, impresas sin saberlo M. y sin las debidas aprobaciones, el P. Libello amenazd a M. con gravisimás penas, no excluida la prisión, si osaba imprimir cualquier otro escrito sin el debido permiso. Se le prohibió, además, presentar cualquier manuscrito suyo a quienquiera que fuere, ni siquiera para que fuera examinado. Al llegar las cosas a este punto se publicó una obra contra la Inmaculada Concepción.

Abrasado por el celo, el Padre M. la refutó inmediatamente con otra cuyo titulo era: Allocutiones pacificae pro Immaculata Concepcióne. Sin saberse cdmo ni cuándo, esta obra fue a dar a manos del P. Cristóbal Chaves, secretario de España, en Aracoeli, e impresa sin el debido permiso en Bolzano, en 1664. M. fue procesado, en noviembre de 1664, y condenado, o sea, suspendido a divinis, excomulgado, privado de voz activa y pasiva y recluido en una cárcel secreta en el convento de Santa María in Campitelli durante 63 dfss. Se le exigió la entrega de todas sus obras, tanto impresas como manuscritas, y las cuatro ya mencionadas, impresas sin el debido permiso, fueron incluidas en el Índice de libros prohibióos. M., aunque inocente, aceptó con ejemplar humildad su cruz. Transcurridos los 63 dias fue confinado en la casa de Campitelli por cuatro meses y después por otros diez más en la ciudad de Roma. Luego se le absolvió de la censura. El declaró que se sometía a tales absoluciones, no porque creyese haber incurrido en ellas, sino por respeto a la voluntad de la autoridad eclesiástica.

Muerto Alejandro VII y habiendo subido al trono pontificio Clemente IX, acordándose M. del consejo del Espíritu Santo: «Ten cuidado de tu buen nombre», dio algunos pasos para la revisión de su causa. El S. Padre remitió el asunto al Cardenal Ottoboni, que fue después Alejandro VIII. Este, después de dos anos y medio, obtenía de Clemente X (sucesor de Clemente IX) que se traspasara el asunto a la Congregación plenaria del S. Oficio. El Padre M., en su ejemplar respeto a la autoridad, pidió a los eminentísimos Cardenales que se uniesen para la declaración de su inocencia sin perjuicio de los jueces que le habían condenado, porque suponia en ellos buena fe y celo por la justicia. Los cardenales declararon a M. inmune de toda culpa y de toda pena y le restituyeron la plena posesión de todos sus derechos y de todos sus libros. Este éltimo triunfo de M. señaló, además, el pleno triunfo de la doctrina de la Inmaculada Concepción, la cual no tuvo en lo sucesivo contrincante alguno digno de nota, si se exceptúa Muratori. M. murió santamente en 1675. BIBL.: Guerra, A., Il P. I. M. del CC. RR. della Madre él Dio, Roma 1889; Roschini, G., Un grande precursor dell’Era mariana, il P. I. M., O. M.

D., en «Alma Socia Christi», XI. pp. 219-232; Ferraioli. F.. C. R. M. D., Un grande innamorato él María SS., il P. I. M. (sec. XVII) instancabile scrittore mariano, en «Vita Cristiana». 23 (1954) pp. 597-600.

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