APARICIONES (de María Santísima)
I. Qué son. — II. Posibilidad. — III. Existencia. — IV. Criterios para distinguirlas. — V. Cómo se verifican. — VI. Significado y valor de las aprobaciones de la Iglesia. — VII. Escasez de tales aprobaciones. I. Las apariciones son manifestaciones sensibles y extraordinarias de un objeto ausente (pero que parece presente) hechas a los sentidos exteriores o a la imaginación.
Por consiguiente, se distinguen tanto de la «visión» (que es intelectiva) como de la «revelación» (que es la manifestación de una cosa escondida, con percepciones puramente espirituales). El vidente tiene el llamado «sentimiento de presencia» de la persona o cosa que se le aparece, por lo que está convencido de encontrarse en presencia de eso mismo: en nuestro caso, en presencia de María.
II. Que el hecho de las apariciones sea posible, no puede ponerse en duda por parte de los católicos: lo contrario sería negar el evangelio mismo, el cual, por ejemplo, cuenta (y por tanto garantiza) la aparición del arcángel Gabriel a María para anunciarle la encarnación del Hijo de Dios en su seno.
Conviene, con todo, evitar frente a la aseveración de tales apariciones las dos actitudes extremistas y apriorísticas: el rechazarlas todas y el admitirlas indistintamente. III. Que haya habido realmente apariciones de María, en el correr de los siglos, es cosa que no puede prudentemente ponerse en duda. La primera de estas apariciones que recuerda la historia quizá sea la Virgen (juntamente con S. Juan Evangelista) a S. Gregorio Taumaturgo († 270), narrada por S. Gregorio Niseno, para instruirlo en los misterios de la fe (PG 46, 910D-911C). Desde entonces las apariciones se han multiplicado. Señalemos aquí las principales, realizadas en los últimos siglos. Son: la aparición a Santa Catalina Labouré con motivo de la medalla milagrosa (en 1830); la de la Dolorosa en la Salette (19 de septiembre de 1846); la de la Inmaculada a Santa Bernadeta Soubirous (11 de febrero de 1858); la de Pontmain (en 1871); la de Pellevoisin (en 1879); la de Fátima (en 1917); la de Beauraing en Bélgica (en el año 1933); la de Banneaux también en Bélgica (en el mismo año 1933), etcétera. IV.
Los criterios o señales para emitir un juicio sobre las apariciones son tres: examen histórico (para probar que la aparición es realmente un hecho); examen psicológico (para excluir lo que sea efecto del mecanismo psicológico de la alucinación); examen teológico (para determinar el agente que lo produjo, si es cosa de Dios o del demonio, que no duda a veces en tomar las apariencias de María Santísima). Hay que tener también presente que las apariciones pertenecen a la categoría de las gracias gratis datae, las cuales no suponen la santidad y ni siquiera el estado de gracia en aquel a quien se conceden (Cf. S. Th., II-II, q. 172, a. 4). No es, sin embargo, posible que en el caso de una aparición real concedida a un pecador, éste tal no se sienta movido a cambiar de vida y, con frecuencia, a orientarse hacia una vida heroica. Los testigos no sólo han de ser atendibles psíquicamente, sino también moralmente. Hay que tener en cuenta, además, el contenido de la aparición (que no repugne a la revelación pública, oficial); la forma de la aparición (que no sea indecente u opuesta al buen sentido o a la moral); la finalidad de la aparición, es decir, los frutos producidos por la aparición.
A pesar de todo, es verdaderamente difícil llegar a una certeza absoluta, en lo que toca a la realidad de las apariciones. El criterio más importante, y por lo mismo más decisivo, es el milagro o señal milagrosa, siempre que tenga conexión explícita, o implícita pero indudable, con la aparición, como, por ejemplo, la fuente milagrosa que la Virgen hizo brotar en Lourdes; los fenómenos extraordinarios vistos en el sol en Fátima, o una curación instantánea y perfecta en confirmación de la aparición. V. Respecto al modo cómo se verifican las apariciones, o sea, si se trata de la persona misma de Nuestra Señora (de la que sabemos pola fe que se halla en el cielo en cuerpo y alma) o de alguna otra cosa que la represente al vivo, no están de acuerdo los teólogos.
Escoto (IV Dist. 10, q. 2) y sus seguidores, Suárez y todos los suyos, los cuales admiten que la bilocación o multilocación de los cuerpos filosóficamente no repugna, sostienen que María, aun permaneciendo en su cuerpo en el cielo, puede encontrarse local y visiblemente en la tierra; Santo Tomás y los tomistas, por el contrario, al sostener que la bilocación es contradictoria (Quodlib. 3, a. 3), afirman que el cuerpo de Cristo (lo mismo que el de María) sólo puede ser visto en su propia especie en el cielo; por lo tanto, no sería el verdadero cuerpo de la Virgen el que aparece, sino solamente una forma sensible que lo representa fielmente a la mirada del vidente. Las diferentes formas bajo las cuales María se ha dignado aparecerse parecen confirmar la teoría tomista. Algunos teólogos evitan las dos sentencias expuestas al admitir que Cristo (y lo mismo María) en las apariciones se ausentaron del paraíso para mostrarse en la tierra. Santo Tomás y Suárez admiten la posibilidad, a manera de excepción, de una cosa semejante, ya que el cielo seguiría siendo la morada normal del cuerpo glorificado de Cristo (S. Th., III, q. 57, a. 6, ad 3; Suárez, In III Partem, Disp. 51, sect. 4). S.
Juan de la Cruz sostiene que Cristo «en su misma persona casi nunca aparece» (La noche oscura, estrofa 2, verso 4). Como quiera que sea, el hecho es que los videntes, en las apariciones de Cristo y de su Madre, tienen la viva convicción de hallarse en su presencia. VI. La aprobación dada por la Autoridad eclesiástica, después de rigurosísimo examen, a algunas apariciones de Nuestra Señora, es decir, el «constare de supernaturalitate apparitionis», en definitiva sólo intenta cerciorar a los fieles en lo que se refiere a la «sustancia» del hecho de la aparición, en el sentido de que no hay en él nada contrario a la fe y las buenas costumbres y que por tanto «puede creerse» con fe puramente humana (como hecho histórico) sin peligro para la fe y para las costumbres, que María se apareció realmente y dijo todo cuanto se le ha atribuido.
VII. Tales aprobaciones, tanto por parte de la autoridad diocesana como por parte de la Santa Sede, son rarísimas, con la proporción del uno por ciento.
La revista vienesa «Der grosse Entschluss» («La gran decisión») preparó una lista, en 1951, de más de 27 apariciones de la Virgen que se habrían dado en diferentes lugares en el espacio de 20 años, entre 1931 y 1950. En once de los 27 casos se habla de niños de 7 a 14 años; en 6, de niños y jóvenes, de un sacerdote, de un religioso y de una postulante; 7 veces con un grupo de videntes o con la turba. Resultado: en 18 casos la respuesta de la Iglesia ha sido negativa; sobre 7 casos no se ha pronunciado aún; sólo en dos casos (Beauraing y Banneaux) los ordinarios diocesanos han emitido un juicio favorable. El Santo Oficio dio más tarde una respuesta negativa a las presuntas apariciones de Ezquioga (España) con decreto del 13 de junio de 1934 y de Heroldsbach (Alemania) con decreto del 18 de julio de 1951.
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