ABRAHAN DE SANTA CLARA
Nació en Kreenheinstetten (Baden) el 2 de julio de 1644, e hizo sus estudios en el colegio de los jesuitas de Ingolstadt y después en la universidad de Salzburgo. En 1662 entró en el noviciado de los agustinos descalzos de Maríabrunn, en Viena. Ordenado sacerdote en Viena, en 1666, se dedicó con gran éxito a la predicación (sin que, por otra parte, se viera libre de los defectos de los renacentistas), hasta llegar a ser uno de los mejores oradores sagrados de Austria, tanto que en 1677 el emperador Leopoldo I lo nombró predicador de su corte. Fue también superior del convento de Viena y provincial de su orden en Austria. Murió en Viena el 1 de diciembre de 1709. No sólo con la palabra, también con su pluma ejerció un vasto apostolado. La edición completa de sus escritos comprende 21 volúmenes, impresos en Passau-Lindau, 1835-1854; una 2.ª edición, en 6 volúmenes, de sus más selectos escritos, fue publicada por H. Strigl, en Viena, 1904-1907; y en 1921 una tercera, en dos volúmenes, por K. Bertsche, en Friburgo.
Entre sus numerosos escritos figura uno de argumento mariano con este extraño título: Gack, gack, gack, gack, a ga einer wunderseltsamen Henne in dem Herzogtum Bayern, das ist: die Beschreibung der berühmten Wallfahrt Maria-Stern in Taxa bei den PP. Augustinern-Barfüssern, welche seinen urheblichen Anfang genommen hat von einem Hennen-Ei, auf dem ein strahlender Stern erhoben war, in dessen Mitte ein schön gekröntes Frauen-Haupt. («Gack, gack, gack, gack»... Se trata de la descripción del famoso santuario mariano Maria-Stern [estrella], en Taxa [Baviera], de los PP. agustinos descalzos. Se narra cómo el comienzo de dicho santuario tiene su origen en el huevo de una gallina del que salió una brillante estrella en cuyo centro apareció una bella cabeza de mujer coronada.) De él se hicieron varias ediciones en 1685, 1687 y 1688 en Munich de Baviera; otras en Suiza, Viena y de nuevo en Munich: señal evidente de la buena acogida que halló, en especial por su franqueza y espontaneidad. De la descripción de los orígenes del santuario de N.ª S.ª de Taxa (destruido a principios del s.
XIX) el profesor Karl Bertsche extrajo varios fragmentos marianos y los reunió, en una especie de antología, en el volumen Königin des Friedens, M. Gladbach, 1920. Pongamos aquí, espigando, algunas muestras de las vivas y pintorescas expresiones con las que el P. A. describe a la Virgen y su devoción: «Digamos que tiene bien estragado el sentido del olfato el que no siente el perfume de esta Rosa (María)» (Cf. P. Capánaga, La Madonna nell’Oratorio..., p. 17). «Pues María es asemejada a la Rosa, tú, devoto de la Madre de Dios, claro está que has de ser y mostrarte como abeja: como la abeja, con su susurro y el zumbido de sus alas está como suplicando a la rosa, de la que liba el polen, del mismo modo, tú debes con tu devota oración, aleteando en torno a la Rosa mariana, como quieras, cuando quieras, donde quieras, libar la miel de su gracia» (ibid.). «¡Oh dichosos hijos de Adán!
El modelo que contemplen siempre vuestros ojos sea el nombre de María: la Rosa de vuestro olfato sea siempre el nombre de María: la miel de vuestros labios sea siempre el nombre de María: el escudo de vuestras manos sea siempre el nombre de María» (l. c., p. 19). «No dejéis nunca el rezo del Rosario, porque el que sea diligente en rezarlo, recibirá muchas rosas» (l. c., p. 21). «Siendo el cerebro parte tan principal del cuerpo humano, la naturaleza anduvo con suma previsión para ampararlo y protegerlo de todos los peligros externos que le amenazan. Con este fin lo ha revestido de una membrana sutil, que ha recibido de los anatomistas el bello nombre de pia mater. Mil veces mejor cuadra este nombre a la benditísima Reina del cielo, María, con la que Dios ha protegido y amparado a los hombres de los peligros del cuerpo y alma. En la niñez, en la juventud, en la ancianidad, siempre y en todas partes, Ella se muestra como Madre piadosa, y de suponer es que no tienen cerebro los que no conocen y reconocen a esta Pia Mater» (l. c., p. 32).
Gracioso y elocuente es el modo con que demuestra cuán afortunado es el cristiano que lleva en su corazón, como esposa celestial, a esta bienaventurada Virgen. Así dice: «Catón, ¿qué dices tú de la fortuna? — Brevis est magni fortuna favoris. La fortuna de un gran favor es poco duradera. Aristóforo, ¿qué escribes tú de la fortuna? — Deo favente, navigas sine vimine. Navegas a la buena de Dios sin mimbres. Ovidio, ¿qué cantas tú de la suerte? — Passibus ambiguis fortuna volubilis errat. Con pasos inciertos la fortuna anda caprichosamente de una parte a otra. Juvenal, ¿tú qué piensas de la fortuna? — Si fortuna volet, fies de rhetore consul: si volet haec eadem, fies de consule rhetor. La fortuna te alza a la altura de un cargo, y luego vuelve a derrocarte y ponerte en el suelo. Propercio, ¿qué juzgas tú de la fortuna? — Fortuna ludit ut lubet. La fortuna juega como quiere. Marcial, ¿qué has fantaseado tú de la fortuna? — Fortunam qui ferre nequit, commercium vitet. Quien quiera evitar los reveses de la fortuna, no se dedique al comercio.
Si ahora me preguntáis a mí qué juicio tengo formado de la fortuna, os diré que me viene inmediatamente a la memoria el proverbio alemán: Wer’s Glück hat, führt die Braut heim: Fortuna es llevar una buena mujer a casa. Más entended esto de la siguiente manera: Cuando tú, oh buen cristiano, llevas en tu corazón, como una esposa celestial, a la Purísima, a la benditísima Virgen María, entonces eres verdaderamente afortunado. Entonces bien puedes llamarte Fray Félix, Doctor Próspero o Don Fortunato. Porque a sus devotos María paga con la misma moneda de amor: el que es amado de María, es protegido de María; el protegido de María es recompensado por María; y el que recibe la recompensa de María, no sufrirá ni en lo temporal, ni en lo eterno: y quien logra esto, ése es verdaderamente afortunado. Si quieres, pues, ser feliz, lleva esta Esposa a tu casa» (l. c., p. 35). No menos eficaz es el modo con que demuestra la necesidad que todos tenemos de apoyarnos en María: «El lúpulo, cuando no se apoya en algún rodrigón, o no trepa arrimado a algún arbusto o árbol, no es lúpulo, sino un pobre diablo, que de esta manera se destruye a sí mismo.
El hombre es semejante al lúpulo: amargo es éste, amargo aquél. Sin el arrimo de un árbol o de una estaca, el lúpulo no puede levantarse de la tierra. Así el hombre. Pero la Madre de Dios se compara bien al cedro del Líbano: Como cedro me encumbré junto al agua en las plazas. Haz tú una cosa, ¡oh hombre!, tú, pobre diablo y miserable lúpulo, arrímate a este Cedro, abrígate a él, y ten por cierto que por medio de María te levantarás a la mayor altura de dicha y felicidad, así de cuerpo como de alma» (l. c., p. 37). «Hay un juego que ciertamente no apasiona mucho a nuestros compatriotas y se llama ajedrez. En él se mueven muchas piezas, de variadas formas y diversos nombres. Unas se llaman peones, otras torres, algunas alfiles. La más distinguida se llama rey y la que sigue, reina. Mientras un jugador dispone de la reina, no está perdido, aunque le fallen otras piezas. Nosotros los hombres, en la vida presente, estamos empeñados en una partida de ajedrez. Jesucristo es nuestro Rey por el título mismo de la cruz. Un alfil, por ejemplo, fue S. Juan Bautista, Precursor del Señor. (El P. Abrahán juega aquí con las palabras Läufer = alfil, corredor, y Vorläufer = Precursor.) De caballo puede hacer S.
Jorge con el suyo. Una torre puede ser Sta. Bárbara con su castillo, un peón S. Isidro, etc. Pero la Reina es María. Suponed ahora que un pobre pecador ha perdido el alfil, o la protección de S. Juan Bautista o la de otros patronos celestiales y que sólo tiene de su parte a la Reina, es decir, a María, Reina del cielo. No está perdido todavía» (l. c., p. 45). Así pinta la maternal solicitud de María para con sus hijos: «María bien puede ser parangonada a un Argos, de quien dicen los poetas que tuvo cien ojos. Con toda verdad podemos decir que esta Reina del cielo mira con cien ojos, velando sobre los hombres para librarlos de sus males» (l. c., p. 38).
Bibliografía
Ossinger, G. F., Bibliotheca Augustiniana (Ingolstadt 1768), pp. 232-233 Karajan, Abraham a Sancta Clara, Viena 1867
Schnell, E., Pater Abraham a St. Clara («Katholische Studien»), a. 1876, fasc. 4, de Würzburgo
Capánaga, V., El Padre Abraham de Santa Clara, agustino descalzo, Monachil 1923 Id., La Madonna nell’Oratorio del
P. Abramo da
S. Chiara, Agostiniano Scalzo, trad. de
P. Francesco
Recupero, A. S., Fermo 1957, en 8.º m., p. 48.