ABELLY, LUIS
Nació en París, o en sus cercanías, el año de 1603. Doctorado en teología, se puso, ya en los primeros años de su sacerdocio, bajo la dirección de S. Vicente de Paúl (cuya biografía fue el primero en escribir) para colaborar con él en el restablecimiento de la disciplina eclesiástica en Francia. Por consejo del santo aceptó el cargo de Vicario General de la diócesis de Bayona. Luego fue párroco de una pequeña feligresía de París (29 casas), la de S. José, la cual dirigió durante 18 años. En 1657 pasó a ser capellán del hospital fundado por S. Vicente. En 1664 fue elegido obispo de Rodez, en Salpêtrière. Transcurridos tres años, un ataque de hemiplejía le obligó a renunciar a la diócesis. Pasó el resto de su vida con los lazaristas de París, y allí murió el 4 de octubre de 1691 en olor de santidad. Escribió unas 40 obras (Cf. Catalogue général de la Bibliothèque Nationale, I, 1897, 53-58) de índole teológica, ascética y polémica.
Dejó notables obras marianas, y la primera de todas La Tradition de l’Église touchant la dévotion particulière des Chrétiens envers la Très Sainte Vierge Marie, Mère de Dieu... ensemble la pratique de cette dévotion, selon le véritable esprit du christianisme (en 8.º, París, Langlois, 1652). Lo que le movió a escribir esta obra fue —como él mismo confiesa en el prefacio— el deseo de poner remedio de algún modo al enfriamiento que, desde hacía algún tiempo, parecía notarse en algunos católicos con respecto a la Santísima Virgen... como si tal devoción fuese contraria al primitivo espíritu del cristianismo. Para conseguir semejante fin, A., siguiendo el método positivo, demostró la solidez del fundamento en que se apoya la devoción mariana: nació con el cristianismo y se difundió con el mismo. Divide la obra en dos partes: una de índole histórica y otra de índole práctica. La primera contiene todos los testimonios (dichos y hechos) de la antigüedad cristiana, desde el s. I al XVII. En la segunda parte expone los diferentes medios y modos que podemos emplear para venerar y servir a María, las virtudes y plegarias sugeridas por el culto mariano, etc.
La obra fue recibida con entusiasmo y varias ediciones se sucedieron rápidamente, hasta la de 1675, que apareció aumentada con gran número de pasajes (París, 1675, pp. 218, en 12.º). Esta edición dio ocasión a que los protestantes pensaran en servirse de tal libro como de un arma a propósito para combatir la célebre obra apologética de Bossuet sobre la Exposition de la doctrine de l’Église catholique sur les matières de controverse, obra publicada en 1671 y que había obrado varias conversiones, entre las cuales la de Turenne. Bossuet declaraba expresamente que había limitado su exposición únicamente a las verdades definidas por el concilio de Trento. Por este motivo había evitado hablar del culto mariano. La obra de A., en cambio, sólo trataba del mismo. Esta comprobación movió a los protestantes a reprochar a Bossuet de haber «minimizado» la doctrina católica, y a oponer, como prueba de su acusación, su obra a la de A. En realidad tal oposición era más aparente que real, ya que entrambos enseñaban, más o menos explícitamente, la misma doctrina.
Bossuet había circunscrito su exposición a los principios generales de la comunión de los santos en la que se basa el culto de invocación, vigente en la Iglesia católica. Por tanto, el recurso de los fieles a María no es más que una aplicación particular de la doctrina común. Justificando la doctrina se venía a justificar también la aplicación de la misma. Hacia fines de noviembre de 1673, Adán Widenfeld (v. Widenfeld) publicaba sus fragmentos Monita salutaria, que provocaron viva reacción en el campo católico. A. fue uno de los primeros y más eficaces refutadores del opúsculo con la obra Sentiments des Saints Pères et Docteurs de l’Église touchant les excellences et prérogatives de la Très Sainte Vierge Marie, pour servir de réponse à un libelle intitulé: “Avertissements salutaires de la Bienheureuse Vierge Marie à ses dévots indiscrets” (París, Guignard, 1674, en 12.º). Se mantiene en un plano positivo. El benedictino Dom Gabriel Gerberon, que había publicado una traducción francesa de los Monita salutaria, el 15 de agosto de 1674 le opuso una violenta Lettre à Monseigneur Abelly, év. de Rodez, touchant son livre des excellences de la sainte Vierge (s. l. n. d., en 12.º, 18 pp.).
Le reprocha el haber hecho un esfuerzo tan grande para responder al sobredicho libro sin haber conseguido refutar ni una sola proposición... Le echa en cara el haber atribuido a Widenfeld cosas por él nunca dichas, ni siquiera pensadas, al par que le invita a hacer mejor su examen de conciencia (Cf. Hoffer, P., S. M., La dévotion à Marie au déclin du XVIIe siècle, París 1938, pp. 225-227). A. se justificaba, el 15 de septiembre del mismo año 1674, con la Réponse de M. de Rodez à la lettre qu’on lui a écrite, sur le sujet du Livre des Avertissements salutaires, etcétera (chez René Guignard, París 1674, en 12.º, 16 pp.). En ella A. declara que no pretendió en modo alguno sostener ninguno de los abusos y desórdenes reprendidos por Widenfeld; su intento fue tan sólo demostrar que, queriendo reprender a los «devotos indiscretos», cometía él mismo una indiscreción que podía producir efectos perniciosos, es decir, escandalizar a los débiles dándoles a entender que los defectos allí reprendidos eran públicos y universales. A., con esta justa observación, apuntaba a la parte más débil de los Monita.
Pero si Widenfeld pecaba de pesimista, exagerando los males, A. pecaba, acaso, de optimista disminuyendo los defectos, al afirmar que, por el celo de los pastores, la ignorancia había sido desterrada casi por completo de Francia, etc. (Cf. Hoffer, op. cit., pp. 227-229). En 1665, como hicieran los de Port-Royal una alusión a las intemperantes discusiones de los teólogos españoles acerca de la Inmaculada Concepción (Apologie pour les religieuses de Port-Royal du Saint-Sacrement contre les injustices et les violences du procédé dont on a usé envers ce monastère), A. publicaba una Défense de l’honneur de la Sainte Mère de Dieu contre un attentat de l’Apologiste de Port-Royal, avec un projet d’examen de son apologie (París, Lambert, 1666, en 12.º). De esta publicación polémica se hizo una segunda edición en 1690 con el título: Défense de l’honneur de la Très Sainte Mère de Dieu contre les ennemis de son Immaculée Conception, París, Coutelier, 1690, en 12.º. A. fue un apóstol celoso e iluminado de la devoción y filial confianza de los fieles hacia María.
Es el mismo Dios —enseña A.— el que nos dirige a María, ya que «ha querido hacer de Ella un dechado de esa bondad y dulzura infinitas que Él tiene para con nosotros» (il a voulu faire en elle un échantillon de cette bonté et douceur infinie qu’il a pour nous) (La Tradition de l’Église..., pref.). «Nous ne méprisons donc pas les mérites de Jésus-Christ quand nous nous adressons à sa très Sainte Mère... mais nous choisissons des mains plus pures et plus innocentes que les nôtres pour présenter ces mérites de Jésus-Christ devant le trône de la Majesté divine» (op. cit., p. 19).
Bibliografía
Oblet, V., en DThC, I, col. 55-57
Voet, A., en DHGE, vol. I, col. 97-103 Catalogue Général des Livres Imprimás de la Bibliothèque Nationale de París (París 1897), t. I, pp. 53-58 Dillenschneider, Cl., C. SS. R., La Mariologie de
S. Alphonse de Liguori, Friburgo ( Suiza ) 1931, I, pp. 118-122.