VOLUNTAD (Patología de la)
1. La obra de la v.
El valor psicológico y ético de la v. resalta de un modo claro precisamente cuando el acto volitivo es la consecuencia de una contradicción interna en la cual los instintos son superados por sentimientos superiores.
La v., apoyada en la razón y en los sentimientos más elevados, es la soberana ideal de nuestra conducta; los instintos son nuestros ciegos o semiciegos vasallos, no rara vez victoriosos de aquel poder soberano, y su fuerza reside en un automatismo más rico en sentimiento que en inteligencia. Los instintos son la animalidad, mientras que la v. es el perfeccionamiento de la naturaleza humana.
2. Enfermedades de la v.
La v. puede ser alterada —esquemáticamente— por exceso o por defecto.
El exceso de v. (o hiperbulia) se encuentra generalmente en los paranoicos con peculiares delirios sistematizados. Es preciso ciertamente tener una fuerte v. para sostener inquebrantablemente hasta la muerte reivindicaciones, seudoinvenciones científicas, etc., como hacen estos enfermos.
Mucho más frecuente en psicopatología es el defecto de v., que —según su mayor o menor gravedad— toma el nombre de abulia o hipobulia. Es fácil comprender cómo cuanto más pobre es la inteligencia —por escaso desarrollo originario o por decadencia demencial— tanto más limitada es la v.; deficientes y dementes son sólo capaces de actividades voluntarias muy limitadas, mientras que la pobreza de su crítica los lleva a aceptar con extrema facilidad las imposiciones de las v. ajenas: éstos, pues, son abúlicos muy sugestionables (v. Sugestión). A veces estos enfermos dan ejemplo de obstinación anormal, pero aquí no se trata de v. tenaz (que exige siempre una contradicción preliminar y consciente entre tendencias opuestas); se trata por el contrario del hecho de que en ellos el primer deseo trivial que se presenta domina sin discusión con un rigor intransigente a no ser que ceda al golpe de ajenas sugestiones.
Dada además la gran influencia ejercida por la tensión afectiva sobre la v., que trae notable impulso de la riqueza e intensidad de los sentimientos, se comprende que los apáticos sean generalmente también abúlicos. Recuérdese, sin embargo, que una violenta emoción puede inhibir por algún tiempo la v., haciendo a veces al individuo completamente inerte, mientras que en otros casos —especialmente por efecto de terremotos, incendios u otras graves catástrofes— se liberan los movimientos inferiores psicorreflejos: de donde proceden las crisis de pánico, verdaderas tempestades motrices, que agitan a un gran número de personas, transformándolas en una horda alborotada y fugitiva sin dirección y sin objeto.
Recuérdese también que la presencia de una idea dominante cargada de contenido emotivo, puede frenar por largo tiempo la v., desviando el curso del pensamiento e impidiéndole traducirse en acto, como se observa en los melancólicos, en ciertos histéricos y a veces también en los esquizofrénicos. En estos últimos —especialmente en los catatónicos— la abulia puede ser tal que no sólo no realicen ningún acto voluntario, quedando por horas y días en una misma posición, sino que aceptan pasivamente cualquier postura, aunque sea incómoda, que se les imponga (catalepsia), y sus miembros parecen los de un muñeco de cera (flexibilitas cerea). En los histéricos además las penosas tensiones afectivas pueden dar lugar a tempestades motrices, como tentativas de evasión de una contrariedad, a fin de impresionar o de formarse un ambiente de compasión.
Una abulia de significado totalmente diverso es la de los psicasténicos, en las cuales la v. es paralizada por dudas continuas, o está sometida a la imposición de impulsos obsesivos.
3. Corolarios ético-jurídicos
La ley y la moral dan un peso prácticamente igual a la v. y al entendimiento al valorar la personalidad humana y al juzgar la validez o culpabilidad de sus acciones. No nos detendremos por lo tanto a examinar este argumento; bástenos recordar que la capacidad psíquica consiste —como precisa todo código— en la capacidad (y libertad) de entender y de querer (v. también Capacidad).
Conviene, sin embargo, recordar aquí que la v. es, tal vez más que la inteligencia, susceptible de educación. Deberán, pues, usarse todos los medios naturales (ejercicio, disciplina, ejemplo) y sobrenaturales que ayuden a este fin.
La educación de la v. —la transformación racional del niño hipobúlico y sugestionable en un hombre rico en valores morales— es la misión y objeto de toda sana pedagogía.
Riz.
Bibliografía
Lévy-Valensé, , París, 1926;
M. Gozzano, , Torino, 1947;
E. Boganelli, , Roma, 1951, p. 245 ss.