Diccionario de Teología Moral

Carlo Riz (Riz.)

SUERO DE LA VERDAD

Recursos

1. Premisas generales. - El antagonismo entre los que por motivos de prepotencia o de justicia quieren conocer la verdad de los hechos y los que quieren tenerla oculta es prácticamente tan antiguo como el hombre; e indudablemente se remonta a la antigüedad más lejana la busca de un medio para hacer decir la verdad al que espontáneamente no quiere hacerlo o para determinar si una narración es verídica. Todos los métodos posibles han sido experimentados en diversas ocasiones según las circunstancias, el grado de civilización, el temperamento del experimentador y con mayor o menor éxito según los poderes de resistencia y el temperamento del sujeto: intimidaciones, amenazas o golpes, astucias de falsos confidentes, procedimientos hipnóticos, relajamiento del autocontrol mediante alcohólicos, drogas estupefacientes y similares, heridas o mutilaciones progresivas o sufrimientos infligidos sólo a los familiares del sujeto, prolongadas detenciones en tenebrosos calabozos, prolongadas supresiones del sueño o de la comida, continuas excitaciones sensoriales con estimulaciones acústicas, luminosas, etc.

De este modo podemos decir que el hombre no ha descuidado ningún sistema para penetrar con la lisonja o con la violencia en el ánimo de su semejante, para forzar y deprimir su voluntad o para anular su personalidad a fin de arrancarle un secreto o de hacerle confesar un delito. En otros tiempos se usó la tortura, hoy está de moda el interrogatorio de tercer grado; los pueblos primitivos emplean brebajes de sustancias estupefacientes y los civilizados utilizan las inyecciones intravenosas de barbitúricos; pero los fines y los medios empleados son idénticos fundamentalmente y bastante similares entre sí. No es este lugar oportuno para examinar los diversos métodos señalados. Nos limitaremos a resumir cuanto se refiere al llamado suero de la verdad, que en los últimos años ha dado lugar a tantas discusiones en el campo de la medicina y del derecho.

2. Datos históricos. - En 1925 P. R. Vissie sostuvo que los sujetos tratados con escopolamina eran puestos en la incapacidad de engañar. A iguales conclusiones llegaba, seis años más tarde, House, el cual denominó suero de la verdad a una mezcla de morfina y escopolamina que, inyectada en los delincuentes, producía una especie de estado crepuscular en el cual confesaban más fácilmente los delitos cometidos. El término novelesco e inexacto del autor americano está todavía en boga, especialmente entre el gran público, aunque ni aquellas sustancias ni otros fármacos que tienen el mismo objeto puedan ser llamados sueros, ni ninguno de tales fármacos haya estado nunca en condiciones de hacer descubrir la verdad. El mismo suero de House, experimentado por otros investigadores, no confirmó los buenos resultados pregonados por su descubridor y ha sido abandonado. Muchos años después Chistoni propuso, siempre a la vista de los interrogatorios judiciales, un tratamiento mescalino-escopolamínico, pero esta proposición no tuvo éxito práctico; sin embargo, Divry y Bobon sostuvieron recientemente que en el famoso campo de Dachau las confesiones eran provocadas con la mescalina.

Actualmente se usan en función de suero de la verdad un grupo de narcóticos barbitúricos cuyo empleo se dirige sobre todo a aquel particular género de investigaciones psicológicas de los enfermos mentales que toma el nombre de narcoanálisis. A este último propósito conviene precisar que la utilización de la narcosis —provocada con los medios más diversos— para obtener una facilitación del interrogatorio de los enfermos psiquiátricos al doble fin diagnóstico y terapéutico ha interesado siempre a los alienistas. Prescindiendo de los métodos empíricos de la medicina histórica, hemos de recordar que Long (1842), Griesinger (1845), Morton (1846), Sédillot (1847), Baron (1896), Basque (1907), Claude (1924), Deshaies (1938) y otros muchos emplearon a este fin la eterización, en tanto que Lacassagne (1867), Spencer (1878), Marchand (1906), etc., usaron la narcosis clorofórmica. Laignel-Lavastine fue probablemente el primero que usó por vía intravenosa en 1921 un preparado barbitúrico —nembutal—, cuyo efecto narcotizante era seguido por una exteriorización de los sentimientos en los enfermos mentales.

Pero el narcoanálisis propiamente dicho se desarrolló más tarde, especialmente en los años de la guerra y de la posguerra, por obra de médicos militares y de psiquiatras que vieron en los barbitúricos un medio para provocar un estado de subnarcosis apto para facilitar la expresión de recuerdos, afectos y complejos reprimidos.

3. Técnica y resultados del narcoanálisis. - De los muchos derivados barbitúricos han sido preferidos, para este uso, los de acción rápida y fugaz, como el pentotal sódico americano y preparados análogos. Recientemente se comenzó a usar también la asociación amital-simpatina, que permitiría una larga fase de subnarcosis útil para la investigación. La inyección debe practicarse lentamente, observando la reacción del enfermo, hasta obtener un estado de somnolencia, euforia, disminución de los frenos inhibitorios y relativa conservación de la posibilidad de responder a las preguntas. La técnica exige gran prudencia. El médico debe poseer suficiente competencia psiquiátrica, conocer la historia clínica y las circunstancias del caso, evitar preguntas sugestivas, no forzar el ritmo del examen y recoger después, con crítica severa, las manifestaciones producidas durante la narcosis. El estado oniroide o crepuscular que se provoca no suprime toda posibilidad de elaboración fantástica, ni impide por completo la resistencia voluntaria; por esto las respuestas obtenidas no pueden ser acogidas como revelación automática de la verdad.

En el campo clínico el narcoanálisis puede tener utilidad diagnóstica y terapéutica, especialmente en ciertas neurosis de guerra, reacciones psicógenas, estados de mutismo, amnesias, síndromes histéricos y cuadros seudodemenciales. Puede facilitar la descarga emocional, hacer aflorar recuerdos que el sujeto no comunicaba en estado de vigilia y orientar al médico en la interpretación de conflictos psíquicos. Aun en estos casos, sin embargo, el resultado debe integrarse con el examen ordinario, la anamnesis y los demás datos objetivos.

4. Valor forense. - Mucho más discutido es el valor del narcoanálisis en el campo pericial y judicial. La experiencia enseña que en una parte notable de los casos los resultados son nulos o dudosos; los simuladores francos consiguen a veces mantener una tenaz defensa incluso durante la subnarcosis, mientras que sujetos débiles, fatigados, impresionables o previamente trabajados por el interrogatorio pueden producir relatos fantásticos, deformados o sugeridos. Por esto se ha podido decir que el llamado suero de la verdad puede convertirse en suero de la mentira. Algunos autores han subrayado estos peligros. Otros, con Cortesi, sostienen por el contrario que las confesiones recibidas durante la investigación narcoanalítica representan la verdad y se declaran en favor de esta investigación, sobre todo cuando hay que establecer un diagnóstico psiquiátrico en sujetos en los cuales, aunque el examen psicológico no demuestre alteraciones precisas, es lógico suponer cierta anormalidad capaz de iluminar la personalidad psíquica del sujeto. El mismo Eward se muestra favorable al empleo del narcoanálisis en los exámenes psiquiátricos periciales, siempre que se respete el secreto profesional.

Por nuestra parte, podemos concluir que los procedimientos narcoanalíticos son con frecuencia infructuosos y a veces dudosos; sin embargo, no se han de descartar sin más en los trabajos periciales siempre que se respete la personalidad y libertad del sujeto y se practiquen sin ofensa de las leyes morales.

Conviene en todo caso reservar su uso a aquellos casos en que la acostumbrada metodología psiquiátrica sea insuficiente para establecer un diagnóstico y acoger sus resultados con gran beneficio de inventario, interpretándolos a la luz tanto de la documentación judicial como de los datos proporcionados por el examen clínico consuetudinario. Estas reservas cesan cuando se usa el narcoanálisis —o cualquier otro procedimiento a base de narcosis— en el campo estrictamente neurológico, para precisar la naturaleza orgánica o funcional de una parálisis y en otros casos similares. En estos casos el procedimiento suele dar hallazgos más significativos y, desde el punto de vista científico, no subsisten objeciones fundamentales contra su empleo honesto y prudente.

En los mismos manicomios judiciales (véase Hospitales psiquiátricos ) el narcoanálisis encuentra útil aplicación sobre todo para establecer si los absueltos pueden o no ser despedidos del instituto. Se trata de individuos acusados de diversos delitos, pero para los cuales, habiéndose reconocido la existencia de un vicio total de la mente, el tribunal estableció cierto período mínimo de internamiento; transcurrido éste, el director del manicomio debe enviar al juez una relación sobre las condiciones mentales del sujeto y proponer o no la liberación según que el individuo haya cesado o no de ser socialmente peligroso. Para poner en evidencia la persistencia eventual del síndrome delirante antisocial, el narcoanálisis parece indicado como medio de estudio en el delicado y difícil campo de las liberaciones de internados. Bajo el aspecto moral valen también aquí las condiciones puestas y las reservas hechas a propósito de los exámenes periciales forenses.

Finalmente, en el ámbito de las investigaciones policíacas y judiciales —donde la aplicación de la narcosis barbitúrica parece más indicada precisamente como suero de la verdad—, los procedimientos narcoanalíticos no están justificados científicamente. Además de ser con frecuencia ineficaces, puede darse el caso contrario: que un inocente, debilitado por una larga detención y machacado incesantemente por las preguntas del funcionario inquisidor durante el estado oniroide producido por el barbitúrico, sufra una especie de colapso espiritual y, bajo la acción sugestiva de quien le interroga, llegue a confesar delitos que nunca cometió. Pero aun cuando este procedimiento se mostrase eficaz, no sería tampoco lícito usarlo como medio ordinario de investigación penal. La persona no puede ser reducida a instrumento pasivo de una técnica destinada a vencer sus defensas interiores y arrancarle lo que no quiere comunicar. La búsqueda de la verdad no autoriza a quebrantar los derechos elementales de la persona ni a suprimir por artificio farmacológico la libertad del acusado. Se ha discutido si el procedimiento sería lícito con el consentimiento del acusado.

Algunos estiman que el consentimiento libre y expreso podría remover la injusticia, siempre que se excluyeran otros peligros morales y se mantuvieran garantías rigurosas. Otros responden que ni siquiera esto basta, porque el sujeto no conserva durante la narcosis el pleno dominio de su secreto y puede revelar, sin advertirlo, cosas que no le pertenecen o que está obligado a custodiar. En todo caso el consentimiento no dispensaría jamás del respeto a la ley moral, al secreto debido, a la fama de terceros y a la integridad de la persona.

5. Otros métodos para descubrir la verdad. - Además del narcoanálisis se han propuesto otros medios de investigación psicofisiológica, como el llamado detector de mentiras, fundado en las variaciones del pulso, de la respiración, de la presión arterial y de otros índices emotivos. Estos métodos pueden poner de manifiesto estados de tensión, ansiedad o perturbación afectiva, pero no identifican por sí mismos la mentira ni sustituyen la prudente valoración del juez o del perito. También aquí se imponen cautelas, tanto por la insuficiencia científica de los resultados como por el peligro de sugestionar al sujeto o de invadir indebidamente su intimidad.

6.

Conclusiones morales. -

a) En el campo clínico-terapéutico el narcoanálisis puede ser lícito cuando lo practica un médico competente, con indicación proporcionada, con el consentimiento del enfermo o de quienes legítimamente lo representan, y con las cautelas necesarias para evitar todo daño moral o espiritual. Se ha de notar que bajo el aspecto moral la prudencia ha de sugerir en cada caso grandes cautelas, sobre todo cuando se trate de aplicar el narcoanálisis a individuos cuya formación espiritual no es completa o estable, o cuando de algún modo se prevea el peligro de quebrantar alguna otra ley moral y religiosa, especialmente en materia de castidad o de secreto.

b) En el campo pericial es necesario que el narcoanálisis y procedimientos similares no sean dejados al arbitrio de los interesados ni del perito; antes bien, el juez debe fijar con determinaciones detalladas las condiciones y garantías necesarias para amparar los derechos y la libertad de la persona.

c) En el campo judicial penal —esto es, usado como suero de la verdad para obtener la confesión de un acusado acerca de un delito del que se le sospecha autor, o para que sea revelado algún otro secreto—, el narcoanálisis es considerado por los más moralmente ilícito, porque viola directa e indirectamente la persona y sus derechos elementales. La persona humana tiene el derecho primordial de no hacerse acusadora de sí misma y, con más razón, tiene el derecho y el deber de guardar celosamente los secretos que le hayan sido confiados. Riz.

Bibliografía

G. Alema, Narcoanalisi in psichiatria , en Rivista di neurologia (1947), fasc. 6
E. Rizzo y M.
C. Cortesi, Che cos'è la narcoanalisi. Tecnica ed applicazioni , en La Riforma medica (1948), octubre
G. Fau, De la torture au sérum de vérité , en Le pouvoir judiciaire (1949), enero
P. Dominici, La narcoanalisi nella prassi medico-legale , en Minerva medica , 17 (1949), 5055-09 V.
E. Ventura, Un nuovo metodo di indagine e terapia delle psiconevrosi: la narcoanalisi , en Giornale di medicina militare , 96 (1949), fasc. 2
L. Scremin, Diccionario de moral profesional para médicos , Barcelona, 1952
E. Eward, La narcoanalyse et la liberté de la personne humaine , en Atti del IV Congresso internazionale dei medici cattolici (Roma, 1949), Roma, 1950
A. Gemelli, Narcoanalisi, psicanalisi, metodi proiettivi di esplorazione rappresentano una lesione della libertà personale? , en Minerva medica , 38 (1950), 217-327 V.
M. Palmieri, La narcoanalisi, dal punto di vista medico-giuridico ed etico-sociale , ibid. (1950)
M. Rivas, Il narco-esame in psichiatria , en Il Pisani , n. 3 (1950)
G. Alema, La narcoanalisi , en Il lavoro neuropsichiatrico (1951), fasc. 1-2
C. Cortesi, La narcoanalisi nell'indagine psicopatologica nell'età adulta , ibid. (1951)
E. Bocanelli, Corpo e spirito , Roma, 1951, p. 191 ss.

Voces relacionadas

Internas