Diccionario de Teología Moral

Igino Tarocchi, O.F.M. (Tar.)

PREDICACIÓN

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1. Noción. - Como síntesis.general, p. en sentido lato significa la continua.y perenne propaganda oral de la Revelación divina por medio de la Iglesia, o lo que es lo mismo: el mensaje doctrinal apostólico, continuado por la Iglesia. Como acto particular es la exposición oral en nombre de la Iglesia de las verdades cristianas ante la comunidad de los fieles adultos, »eclesiásticamente reunida. O con más precisión, la p. es la comunicación de la palabra.revelada por boca del predicador competente eclesiástico. En esta definición se ponen de relieve los elementos constitutivos y las notas características de la p.: a) presentación oral; b) palabra de Dios; c) comunidad de fieles adultos reunidos en nombre de la Iglesia; d) misión eclesiástica (can. 1328). Por lo tanto, la p., en cuanto tal, de un orador en particular no puede ser considerada como hecho aislado, libre e independiente, meramente personal del orador (aunque a él se le atribuye como acto libre moral); más bien está en íntima armonía causal con el magiste-. rio de la Iglesia, -del cual trae« su vida y del cual no puede separarse, siendo una función y manifestación de la vida de la Iglesia. Por lo tanto, el magisterio eclesiástico constituye el órgano central de todas las predicaciones (cfr. cáns.

1322, 1327), el cual pone en viva relación entre sí y con él todas las funciones particulares del ministerio oratorio.

2. Funciones de la p. - Para la humanidad que había de ser salvada la verdad era el bien primero e indispensable. Así, en efecto, la enseñanza fue una acción vital del Redentor que comenzó predicando (Mat., 4, 17) y proclamando; Yo soy la luz del mundo, Yo soy la verdad. En Cristo apareció la palabra, esencial de Dios, el camino, la luz de los hombres; en Él toda gracia y verdad se hizo personal (I Jn., 4, 17). El complemento de la acción revelante de Jesús lo hicieron con la p. los apóstoles (Act., 1, 1 s.). A este gran concepto se ha atenido siempre la p. La Iglesia, heredera universal del Salvador, desde el día de su fundación, es depositaria del magisterio apostólico, poseedora e infalible maestra de las verdades sobrenaturales; su palabra es un hecho (y un mandato) puesto por Dios para el desarrollo de la obra redentora (cáns. 1322-1323).

3. R e la c i ó n de la f. con e l s o b r en a t u r a l. Predicar es función de vida para la Iglesia, absolutamente necesaria, y pertenece a sus inalienables derechos soberanos (Mat., 28, 9; Marc., 16, 15). La Iglesia es esencialmente no sólo orante, sino ante todo docente-maestra, como su Cabeza y Fundador es Maestro en sentido singularísimo. Predicar, por lo tanto, es función de la Iglesia, obra al mismo tiempo de Dios y de los hombres, síntesis unitiva de lo humano y de lo divino, de lo natural y de lo sobrenatural. Reconocer esto es ley suprema y condición de vida de la verdadera y sólida* p.;

porque de la determinación de este principio depende la esencia y la eficacia de la p. misma. La esencia y el principio de la p. no los podemos fijar por vía filosófica y a priori, ni tampoco por la idea de la religión, sino que debemos deducirlo de la Revelación divina. El grito de gracia y de victoria: Y el Verbo se hizo carne (Et Verbum caro factum est) anuncia también la humanación de la palabra de Dios. Debemos, por lo tanto, considerar la p. no como un resultado de una evolución civil-natural, sino como un acto libre creativo de Dios. Ni el cristianismo ni su propagación son puro efecto de evolución natural. Cristo es el primer predicador y también la sustancia de la p. mtsma. Sin revelación positiva no, habría p. ninguna; sin revelación en Cristo y por Cristo no habría p. cristiana. Ésta se funda en una base puesta por el mismo Dios y como la p. apostólica anuncia en nuestros días a Jesús sólo por virtud y en virtud de la autoridad divina (I Ped., 4, 11). El contenido es siempre el Evangelio, según el 'precepto del Señor (cfr. Marc., 16, 15; Mat., 24, 14; II Cor., 4, 5; I Cor., 1, 23).

4. P., institución divina. - Basta esta relación esencial interior de la p. con el sobrenatural, con la revelación para darle su carácter específico, de donde no se la puede tomar por una especie de género retórico general, como hermana de la elocuencia profana. Predicar no es sinónimo de pronunciar discursos ni es tampoco sinónimo de conferencia religiosa en general.

Predicar quiere decir manifestar a la humanidad hechos y doctrina de salvación, especialmente todo lo que hizo y enserió el Divino Salvador; y por la predicación darle a conocer y rendir testimonio de él (Act. 20, 20). Si la p. renuncia a esta relación causal con la Revelación, la elocuencia sagrada se convierte en profana. La denominación palabra de Dios caracteriza la p. como creación específica e institución divina, apartándola del círculo de los actos simplemente naturales y humanos, ¡Así se comprenden la elevación y la profundidad que ha de tener el orador sagrado! Así se comprende la grave advertencia de S. Agustín sobre la necesidad que tiene él predicador de orar por sí y por los demás (orando pro se ac pro illis quos allocuturus sit ante quam dicat: De Doctr. Christ., 4, 15).

5. Peligros que se han de evitar en la p. - El orador sagrado no puede ni debe posponer el elemento sobrenatural, esto es, la palabra de la salvación al elemento humano, olvidando lo que decía Cristo mismo de su p., esto es, del carácter sobrenatural de su doctrina (Mi doctrina no es mía. sino de aquel que me envió: Jn., 7, 16). El adagio tal vez demasiado seductor en nuestros días: «a los hombres modernos hay que predicarles a la moderna», se ha de tomar con mucha prudencia. Las verdades de la fe son inmutables y no podemos racionalizarlas para adaptarnos a un espíritu determinado del tiempo fugaz y mudable.

El hombre, si el Evangelio tiene que ser para él doctrina de salvación, debe inclinarse ante la santidad y objetividad del mismo y admitirlo en su conciencia como energía real y voz de Dios. la p. perdió siempre eficacia cuando se hizo demasiado humana o mejor demasiado mundana. En el pulpito el sacerdote es el orador sagrado, no el filósofo y el sociólogo, ni el periodista ni el literato; cuando mas será todo esto, pero con grandes restricciones. El fin de la predicación es la salvación de las almas, no el de halagar o agradar al auditorio, recoger alabanzas y aplausos. Si este fin faltare no sólo peca el predicador, sino que priva también a su palabra de aquella eficacia divina prometida por Cristo a sus apóstoles y seguidores. Tar.

Bibliografía

Bibliografía

Reglamento sobre la predicación promulgado por la S.
C. Conc., 28 junio 1917 A. de Maester, Compendíum J. C., III, Brugis, 1926 J.
L. Allgeier, The canonical obligation of preaching in parish-churches, Washington, 1949
L. Lutpaert, Le travail de la predication et la vie spirituelle du prêtre, en Rev. dioc. de Tournai, 5 (1950), 332 ss. C. B a y l e, La predicación sagrada, Barcelona, 1918 J. B e t, Verbum Dei, Santander, 1945 Ramírez Muneta, La oratoria sagrada, Madrid, 1956.

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