Diccionario de Teología Moral

Gregorio Manise, O.S.B. (Man.)

NOVÍSIMOS (Los cuatro)

Recursos

1. E n g en e r a l. * Por n. se entiende lo que se refiere al hombre en el fin de su vida: esto es, la muerte, el juicio y el paraíso o el infierno. La Sagrada Escritura nos advierte que hemos de tener siempre presentes nuestros n., ya que si lo hacemos no pecaremos nunca (Eccli., 7, 40); el pensamiento de nuestros n. nos estimula también a la perfección.

2. En p a r t i c u la r. - En torno a la muerte es preciso ante todo tener presente que es un castigo que todos han de sufrir (Gén., 2, 17; 3, 19), y que puede venir sobre nosotros en cualquier momento. La muerte nos aparta del modo más completo de todas las cosas de acá abajo. Del estado de nuestra alma en el momento de la muerte depende nuestra suerte eterna. A la muerte sigue inmediatamente el juicio particular, con el cual quedará irrevocablemente determinada nuestra suerte para toda la eternidad. No hay pensamiento, palabra, acción u omisión que haya de quedar oculta al Juez Divino. El juicio particular será públicamente confirmado en el juicio universal (I Cor., 4, 5; Hebr.f 9, 27; Benedicto X II, Const. Benedictas Deus de 29 enero 1336: Denz. n. 531).

El alma que pasa a la otra vida en estado de gracia, si no va cargada por ningún pecado venial y sí no tiene que expiar alguna pena por los pecados perdonados, va directamente al cielo, donde por siempre verá a Dios, uno en naturaleza y trino en personas, cara a cara, o sea sin que entre Dios y el entendimiento humano haya la menor sombra de una idea creada, y donde amará a Dios con un amor perfectisimo. La posesión de Dios, sumamente amado, con la contemplación de sus infinitas perfecciones, sacia totalmente toda indigencia humana y produce en el alma un gozo intensísimo. El grado de la visión de Dios y del gozo que de él se sigue está proporcionado al grado de gracia del alma: pero todos son plenamente felices, ya que todos están para siempre en posesión del Sumo Bien, y no han de temer ningún mal. Las almas bienaventuradas gozan también de la amable compañía de la humanidad Sma. de Cristo, de María Santísima; de los ángeles y de los Santos. Después del juicio final el cuerpo unido de nuevo al alma y dotado de cualidades especiales, participará de la bienaventuranza del alma. La felicidad de los santos sobrepasa con mucho todo lo que podemos figurarnos (Jn„ 17, 24; I Cor., 2, fi; I Tet., 1, 4; 5,4; I Jn., 3, 2; Apoc., 21, 1 ss.; 22, 1 ss.; Benedicto X II, o. c.: Denz. n. 530).

SI el alma separada del cuerpo en estado de gracia.está gravada* todavía por algún pecado venial, o tiene que expiar alguna pena por los pecados ya perdonados antes de entrar en el paraíso, debe sufrir en el purgatorio, donde estará privada de la visión beatifica, y habrá de sufrir otras graves penas. La duración y gravedad de las penas del purgatorio dependen del estado del alma. Esta duración puede ser abreviada, y las penas mitigadas por los sufragios de los vivos. El purgatorio es un estado transitorio (II Mac., 12, 43 ss.; I Cor., 3, 12 ss.; Conc. de Lyon 2: Denz. n. 464; Conc.

Trid.: Denz., n. 840). El que muere en estado de pecado mortal desciende inmediatamente al infierno, donde habrá de sufrir en su alma y después del Juicio universal también en su cuerpo. El condenado queda por siempre privado de la visión de Dios y de todos los bienes unidos a esta visión. El estado de privación, por propia culpa, del Sumo Bien y de aversión de-su verdadero fin, en el cual se encuentra para siempre el condenado, le causan un tormento acérrimo. A este sufrimiento se añaden otros: el tormento de un fuego real que no consume, las tinieblas, la compañía de los demonios y de los demás condenados (Mat., 3, 12; 13,42; 18,8; 25, 41 y 46; II Tes., 1, 9; Apoc., 14, 9 ss.; 21,8; Benedicto X II, o. c.: Denz. n. 531).

La privación del Sumo Bien es necesariamente la misma para todos los condenados;

pero las penas positivas difieren según el numero y gravedad de las culpas.- Los que mueren con sólo el pecado original (niños muertos sin el bautismo, antes del uso de la razón) quedan privados para siempre de la visión de Dios, pero no experimentan dolor por esta privación, ni sufren ninguna otra pena positiva; gozan de un conocimiento natural de Dios, al cual aman sobre todas las cosas, con amor natural, y gozan también de otros bienes naturales, esto es, están en el Limbo. Man.

Bibliografía

Bibliografía

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N. Iesu Christi sententiae eschatologicae, Madrid, 1942.

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