Diccionario de Teología Moral

Gregorio Manise, O.S.B. (Man.)

MORTIFICACIÓN

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1. Naturaleza. - La m. consiste en abstenerse de cosas agradables y en imponerse cosas desagradables a la naturaleza. El que se mortifica en último análisis se priva de un placer o se inflige un sufrimiento voluntario. 2. N e c e s id a d. — Es evidente que ciertas mortificaciones son materia de precepto, pero no podemos limitarnos a estas mortificaciones. En nuestra naturaleza, herida por el pecado original y por los pecados personales, existen en efecto Inclinaciones perversas, en particular una fuerte tendencia al goce (Rom., 7, 22 ss.): El que no reprime las tendencias perversas de su corazón, mortificándose incluso en cosas lícitas, se esclaviza a sus pasiones y cae en el pecado.

Además, tenemos que satisfacer a Dios por las culpas cometidas: no podemos reparar estas culpas si no es sufriendo con paciencia las penas de la vida y privándonos de placeres incluso lícitos. La m. cristiana no es un fin en sí mismo, sino un medio, y un medio absolutamente necesario (Jn., 12, 25; Rom., 8, 13) para evitar él pecado y para desarrollar la vida sobrenatural en nosotros. No estando inspirada ni en la soberbia ni en cierto pesimismo, sino en el amor de Dios y en el odio del pecado, la m. cristiana se distingue de cierto fanatismo como el de los montañistas, en los primeros tiempos de la Iglesia y en algunas sectas de la Edad Media.

3. E j e r c ic io s.

— El campo de la m. en p ri mer lugar son los sentidos externos, la vista, el oído, el paladar, la lengua, el olfato y el tacto; pero £xiste también la m. de las facultades internas: p rivarse de la im aginación y de la mem oria de ciertas cosas, a le ja r de la mente los pensamientos inútiles, reprim ir los m ovimientos desordenados del afecto, especialmente los movimientos de amor propio y de soberbia. Entre estas mortificaciones hay un orden Jerárquico; las mortificaciones internas tienen por objeto más directamente la raíz del mal y son por lo tanto de mayor valor, pero las mortificaciones externas facilitan mucho la práctica de las internas; es necesario usar ¿1 mismo tiempo las unas o las otras. La m. Se ha de practicar con generosidad, pero también con discreción: ha de ser proporcionada a nuestras fuerzas y en armonía con los deberes del propio estado. Conviene sobre todo esforzarse por aceptar y sufrir sin quejas las contrariedades y molestias que nos vienen sin que las busquemos; a esto conviene añadir voluntariamente pequeñas renuncias, practicadas con regularidad y constancia. Man.

Bibliografía

Bibliografía

A. Tanquerey, Compendio de teología ascética v mística, París, 1830, p. 751-817
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