Diccionario de Teología Moral

Giuseppe Graneris (Gra.)

MORAL INDEPENDIENTE

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1. D iv e r s a s - Bajo este nombre se esconden a c e p c io n e s. doctrinas muy diversas, cuyo único aspecto común es negativo, y consiste en la independencia señalada: pero difieren en sus elementos positivos, esto es, en la identificación objetiva del yugo de que se quieren librar y en la actitud subjetiva que asumen frente a dicho yugo. Considerando las diferencias objetivas tenemos la m. independiente de la religión (cristiana, positiva), de la idea de Dios, de la metafísica, de la sanción, de la obligación. En cambio, considerando las diferencias subjetivas tenemos la m. agnóstica, que se contenta con ignorar todos los yugos; la m. escéptica que se encierra en la duda y no se atreve a pronunciarse sobre el valor de los yugos que rehúsa; la m. dogmática, pero de un dogmatismo revolucionario, que rechaza los viejos dogmas, venerandos e incómodos, para sustituirlos por dogmás nuevos, irrespetuosos, excesivamente cómodos.

En nuestro examen no seguiremos estas actitudes subjetivas, porque nos obligarían a revisar todos los sistemás de filosofía, desde el idealismo al materialismo; en cambio, hemos de caminar sobre las huellas de las diferencias objetivas, descendiendo por una escala de cinco grados.

2. M. in de p en d ie n t e de la moral c r is t ia na - Este primer grado, si quere (p o s i t i v a). mos identificarla de un modo positivo, hemos de llamarlo el grado de la ética natural. La doctrina encerrada en él puede entenderse de un modo conforme con la católica, en cuanto se limita a afirmar que el hombre, aún sin el auxilio de la revelación divina, es capaz de conocer las normas de la acción humana, que reciben el nombre de ley natural. Sin embargo, esta doctrina se entiende con frecuencia en un sentido que está en pugna con el pensamiento católico, en cuanto rehúsa toda intervención de la religión revelada en el mundo moral; esto es, niega que Dios pueda ayudar al hombre a conocer mejor el contenido de la ley natural y excluye que Dios pueda añadir nuevos mandatos a esta ley. En estas negaciones y exclusiones convienen muchos apóstoles fanáticos de la religión natural y de la ley natural, tipo Rousseau.

3. M. IN D E P E N D IE N T E DE L A IDEA DE D lO S. Éste es el grado de la m. atea; y su posición es bastante más delicada que la anterior. Es tal vez posible dar a la frase un sentido aceptable, pero a condición de distinguir bien dos problemas: uno psicológico y otro metafísico. La psicología humana es tan compleja que crea posiciones difíciles de explicar. Precisemos los términos. Mientras permanecemos en el campo de los hechos o de los estados de conciencia comprobamos que el hombre puede dejar convivir en sí mismo teorías ateas y un sentido moral digno; puede negar a Dios y continuar sintiendo la voz imperiosa de la conciencia; y puede esforzarse también por obedecer a esta voz misteriosa. Pero si traspasando el hecho nos preguntamos por el origen, el significado» el valor de los mandatos de nuestra conciencia, esto es, si ponemos el problema en términos metafisicos, entonces en la hipótesis atea no encontramos ninguna respuesta satisfactoria. SL no hay Dios no sabemos qué valor puede tener la voz de la conciencia, que nos impone estas obligaciones.

El imperativo ético desciende entonces al nivel de una ilusión, de la que el hombre sabio se libra o de una violencia ante la cual se rebela el hombre digno. La imposibilidad metafísica de una ética sin Dios es la profunda enseñanza de las filosofías que, como la de Kant, negándose a llegar a Dios por los caminos de la razón especulativa se dejan conducir a él siguiendo los senderos de la razón práctica.

4. M. IN D E P E N D IE N T E DE LA M E T A FÍSIC A. - ESta fórmula viene casi a coincidir con la anterior en cuanto que muchos rehúsan acercarse a la metafísica porque temen que ésta les conduzca hasta Dios. Dejemos a estos cobardes en el recinto de los ateos. Nos ocupamos aquí, en cambio, de;los que renuncian a la metafísica por motivos más laudables, reducibles todos al deseo de dar a la m. (y tal vez también a la fe en Dios) una base más sólida y más universalmente admitida que los abstrusos y siempre variables argumentos filosóficos. Aplaudimos tan nobles motivos, pero observamos que la renuncia, inspirada por ellos', es imposible, porque la acción humana se encuentra insolublemente relacionada con los problemas de la metafísica. La doctrina y la práctica moral dependen necesariamente de la respuesta que se dé a las eternas preguntas sobre el origen y el destino del hombre, que envuelven toda la concepción del universo, y por lo tanto, están ancladas en la metafísica.

Mientras no respondamos a estas preguntas nuestra ética estará siempre en el aire; por donde tuvo mucha razón el que dijo que abandonar la metafísica por miedo a construir en la arena es lo mismo que reducirse a edificar sobre las nubes. Una contraprueba de esta imposibilidad se puede ver en la debilidad de todos los sustitutos de la metafísica llamados sucesivamente en sostén del edificio tnoral, de la fisiología a la socio-« logia, de la estética a la solidaridad.

5. M. IN D E P E N D IE N T E DE LA S A N C IÓ N. — Esta independencia es una forma de orgullo unas veces infantil y otras heroico, que afecta no 'temer castigos ni aspirar a premios y protesta que cumple con el deber por el deber, que realiza el bien por el bien. La m. católica no rehúsa ningún heroísmo, pero, consciente de la debilidad humana, no prohíbe recurrir a la esperanza del premio y al temor del castigo, como para buscar en ellos una ayuda para obrar el bien y huir el mal. Ciertamente condena también el espíritu ruin del mercenario que no busca más que las recompensas; pero tampoco tiene mucha confianza en la ostentación sistemática del desinterés. Imponer el uso de multas a quien tenga las piernas sanas sería una necedad;, pero prohibir su uso a los cojos, sería una crueldad; y en el mundo ético hay muchos cojos y también los sanos tienen sus momentos de debilidad. El puritanismo de los estoicos y de Kant no es a propósito para el género humano, tal como es.

6. M.1 IN D E P E N D IE N T E DE L A O B L IG A C IÓ N. — Ésta es la ultima etapa del descenso y el punto extremo del puritanismo ético, que, para librar la conciencia de toda sombra de constricción, llega a suprimir el sentido del deber. Nos limitaremos a dos comprobaciones. La primera es que el miedo del deber se debe a una confusión del mundo moral con el jurídico. Es en la cicunscripción del derecho, rincón angosto del gran reino ético, donde la obligación se presenta revestida con los caracteres de exterioridad, coactividad, hostilidad, que la hacen tan odiosa. La' conciencia moral, especialmente cuando es un poco refinada, no experimenta nada de esto; su deber coincide con su amor. La segunda comprobación es que la muerte del sentido del deber podría preverse como término obligado del descenso que hemos visto reCbrrer a la m. independiente. Caídas una por una todas las bases del edificio había de arruinarse el mismo edificio; y el edificio ético, para la filosofía del buen sentido, ha sido siempre el reino del deber. Era, pues, lógico que m. y deber cayesen juntos.

Quien dió forma a esta ultima proclama de independencia (Guyau) no hizo otra cosa que manifestar explícitamente lo que ya se contenía de un modo más o menos subrepticio en las fórmulas precedentes. Sólo conocemos un método, abierto y sincero, para fundar un edificio de m. realmente independiente; y tonsiste en cancelar el primer término del trinomio en que se presentó siempre el bien; honesto» útil, deleitable. Suprímase el bien honesto y dígase que la moralidad se encierra toda en la busca de lo útil económico y del placer. Entonces el edi-’ flcio quedara en pie., en independencia completa de todo lo que tiene algo de trascendente. Pero ya no será el edificio ético como fue siempre entendido por los hombres honestos. Habrá, por el contrario, dos edificios: uno de carácter económico, el otro de carácter voluptuoso; en las salas del segundo se amontonarán los deseosos de embrutecerse en el alboroto de las orgias báquicas. Éste es el desahogo fatal de las morales independientes. Gra. B IB L i. — G. B o no m e ll i, La inórale sema D io, Roma, 1912; G. S e m e ria, La morale e le m orali, Firenze. 1934; G.

T y s k ie w ic z, G li assiomi della morale soviética, en La ctviltá cattolica (1647), III, 385-397; U. Padovanx, II ! andamento e il c ontenuto della morale, Milano, 1947; J. M. Rubeat, Fundamento constitutivo de la moral. Madrid, 1955.

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