Diccionario de Teología Moral

Ludovico Bender, O.P. (Ben.)

MENTIRA

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1. Naturaleza. - La m. es una frase o un dicho contrario a lo que se piensa. Existe también la mentira cuando no se dice nada, pero se usa de algún signo externo cualquiera, con el cual manifestamos de ordinario nuestros pensamientos (escritura, movimiento de la cabeza, gestos, etc.) y que en el caso expresa lo contrario de lo que pensamos. La malicia de la mentira no consiste precisamente en la falsedad de las palabras, sino en el desacuerdo entre las palabras (signo) y el pensamiento (significado). Por esta razón si digo lo que pienso, aunque esto sea objetivamente falso, digo una falsedad, pero no una m.; por el contrario, si digo lo que creo falso, aunque sea una cosa verdadera, no digo una falsedad, sino una mentira.

No se requiere la intención de hacer creer la falsedad dicha; incluso sin ella nuestra frase puede ser una verdadera m. Pero si la expresión es abiertamente falsa, de manera que las palabras tal como se dicen y se entienden no afirman nada, sino que son un chiste o gracia para hacer reír, no hay m.; lo mismo vale para las expresiones o frases irónicas, hiperbólicas, exageraciones manifiestas o para aquellas expresiones que se emplean y entienden comúnmente en un sentido diverso de aquel que tienen las mismas palabras en otras circunstancias, p.

ej., «la señora no está en casa» es una frase cortés para decir «la señora no puede o no quiere recibirle a usted». « La razón de esta doctrina es siempre la misma: la frase, entendida en el sentido os que tiene en las circunstancias en las cuales se pronuncia, y por lo tanto en el sentido manifestado a los oyentes, no está en desacuerdo con lo que se piensa, sino que corresponde realmente al pensamiento. Por el uso díario pueden los hombres establecer el sentido de una frase, de una manera de decir, que antes tenía un significado distinto. Es preciso también observar que la frase o el dicho, que no corresponde al pensamiento, no es m., en cuanto que el otro tenga derecho a saber la verdad. Este derecho no entra en la cuestión de la m. La malicia de la m. no consiste en el hecho de que no digamos la verdad a la persona que tiene derecho a conocerla; sino en la disconformidad entre la palabra y el pensamiento. Teniendo presente el derecho ajeno, pudiéramos decir: hay casos en los cuales uno no tiene derecho a conocer la verdad; pero todos tienen siempre el derecho a no ser engañados con palabras mentirosas.

Por esta razón podemos tal vez ocultar la verdad conocida por nosotros; pero no decir palabras falsas, a menos que se trate de cosas que es temerario o indiscreto preguntar o que »razones superiores prohíben manifestar; en los cuales casos quien pregunta ha de entender también razonablemente el tenor de la respuesta.

2. División. - Distínguese la m. oficiosa, proferida para desembarazarse de una situación enojosa o para provecho propio o ajeno; la m.

jocosa, por la cual hacemos creer al prójimo una cosa falsa para divertirnos por lo demás inocentemente; la m. perniciosa, que perjudica al prójimo. Esta última se verifica, sobre todo, cuando el error que provoca es en sí un grave daño, p. ej., error acerca de la fe, de los deberes morales, de la ciencia; cuando provoca un error que siempre o en virtud de las circunstancias tiene consecuencias notablemente perjudiciales para la persona misma o para otros o para la sociedad, p. ej., una m. por la cual uno hace inútilmente un viaje costoso.

3. Moralidad. - La m. es por naturaleza propia un pecado. Por esta razón no es nunca lícita, ni siquiera para alcanzar cualquier fin bueno o para evitar cualquier mal o daño. Lo que es pecado por su naturaleza no se puede emplear jamás como medio y no puede ser justificado por el fin. La buena marcha de la vida humana social exige que la palabra y demás signos que por su naturaleza son medios para dar a« conocer a los demás nuestro pensamiento, no sean empleados para sugerir lo contrario de lo que pensamos. La m. es la violación del orden natural, fundado en la misma naturaleza de la palabra, para el bien de nuestra vida social. Por lo tanto, es una violación del orden moral. La Sagrada Escritura condena frecuentemente la m.; Jesús dice que el padre de la m. es el demonio (Jn., 8, 44). Cuando no es dañosa, sino sólo jocosa u oficiosa, la m. es un pecado venial. Si es dañosa y el daño es grave es pecado grave;

si el daño es sólo leve o de poca importancia, entonces es pecado venial, de la misma manera que el hurto de una cosa de poco valor es pecado venial. Es un triste fenómeno ver cómo muchos hombres, incluso buenos y honrados, fácilmente dicen mentiras, sobre todo, como ellos dicen, para evitar disgustos. Respecto de este pecado la conciencia, incluso de.personas piadosas, se halla frecuentemente mal educada. La corrección y la formación de la conciencia es difícil, porque entre las personas que usan frecuentemente la m. se encuentran también los padres y ios educadores. Ciertamente, hay entre éstos muchos a quienes disgusta que sus hijos sean mentirosos. Comprenden que es difícil educar, formar los caracteres, dirigir bien la familia, si los niños no se habitúan a decir la verdad. Por esto se encolerizan y castigan a los niños cogidos en mentira. Y no se dan cuenta de la verdad clara y patente de que nadie puede esperar obtener sinceridad de los niños si él mismo les está dando el ejemplo contrario.

Si los niños oyen mentiras y ven que se las excusa como señal de astucia o prueba de prudencia, cuanlos mismos padres les aconsejan que digan cosas falsas al maestro, a los empleados, a los comerciantes, por ahorrar o por otros motivos, se puede perder definitivamente la esperanza de que los niños sean a su vez sinceros para con sus propios padres. En las cosas prácticas los pequeños son terriblemente lógicos, sobre todo cuando se trata de su propia ventaja. Un medio eficaz para evitar a la m. oficiosa es la honradez bajo todos aspectos.

Quien no tiene nada que temer de la verdad, no tiene tampoco necesidad de la m. Ben.

Bibliografía

Bibliografía

A. V e r m b e r s c h, D e mendacio et necessitatibus commercii humani, en Gregorianum, l (1920), 11-40, 225-474 J. C r e u se n, Le mensonge et les mensonges, en Nouv. Revue Théol., 55 (1928), 50-65
M. Ledru s, D e mendacio, Roma, 1945.

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