MARTIRIO
1. Naturaleza y caracteres de m. - La palabra mártir y m. se derivan del griego μάρτυς y μαρτύριον, y significan testigo y testimonio. En el uso aceptado por la Iglesia se toma por testimonio de la verdad cristiana firmado con la sangre propia hasta llegar a sufrir la muerte corporal. El m. es el acto supremo de la virtud de la fortaleza (v.). Para el verdadero m. se requieren tres cosas:
a) Que se sufra verdaderamente la muerte corporal. El mártir es, en efecto, el testimonio perfecto de la fe cristiana, según la cual debemos sufrir todos los males antes que dañar a nuestra alma. Pero el que continúa viviendo la vida corporal no demuestra de un modo absoluto que desprecia todas las cosas terrenas por amor de Cristo, Señor Nuestro. Por lo tanto, antes de haber sufrido la muerte por el Señor, nadie puede ser llamado m. en un sentido absoluto. Por esta razón los que han sufrido tormentos por el Señor, pero no hasta llegar a la muerte, no son perfecta y completamente mártires, aunque hayan recibido heridas mortales, de las cuales ordinariamente hubiera debido haber seguido la muerte, de la cual, sin embargo, fueron librados de un modo natural o milagroso.
b) Que la muerte sea infligida en odio a la verdad cristiana.
A la verdad de la fe cristiana pertenece no sólo la adhesión interna de la mente a las verdades reveladas (p ia credulitas cord is), sino también la profesión externa, la cual se tiene no sólo con las palabras, sino con los hechos, con los cuales se demuestra la propia fe. Y por esta razón todas las obras de las virtudes, en cuanto que se refieren a Dios, son de algún modo profesiones y testimonios de fe, en cuanto que,por medio de la fe se nos da a conocer que Dios nos pide estas obras y nos premia por ellas y por esto pueden ser razón de m., ésta es la causa de que la Iglesia celebre el m. de San Juan Bautista, el cual sufrió la muerte no por negar la fe r sino por combatir el adulterio, y el de Santa María Goretti, heroína de la pureza. Se requiere además que la muerte sea infligida por el enemigo de la fe divina o de la virtud cristiana.
Por esta razón no son mártires en sentido estricto: a) los que sufren la muerte por enfermedad contraída al cuidar por amor de Dios de los leprosos o de los apestados: b) los que sufrieron la muerte por verdades naturales; c) los que sufrieron la muerte por defender la herejía; d) los que se mataron para conservar alguna virtud cristiana, porque este acto sería un verdadero suicidio y es ilícito, a no ser que sea excusado por la buena fe del que lo cometió o se haya realizado por impulso especial del Espíritu Santo.
c) Que la muerte haya sido aceptada uoluntariam ente. Por esta razón si el adulto es muerto por la fe durante el sueño, sin que antes haya pensado en el m., probablemente no es verdadero mártir.
Sin embargo, hay autores que defienden que el hombre que lo dejó todo por el Señor es verdadero mártir, aunque haya sido muerto durante el sueño en odio a la fe cristiana por los enemigos de la religión. Los niños que fueron muertos en odio a Cristo (Stos. Inocentes) se llaman verdaderos mártires, porque en este caso la aceptación de la voluntad fue suplida por una gracia particular. En las causas de beatificación y canonización de los mártires el examen se extiende a todos estos elementos (can. 2020), los cuales si se prueban, dispensan del examen de la heroicidad de las virtudes y a veces incluso de la prueba complementaria de los milagros (can. 2116, § 2).
2. Eficacia y efectos del m. -
a) El m. justifica al pecador, sea adulto o niño, sea bautizado o no bautizado. En los adultos, sin embargo, se requiere que el m. vaya unido a la atrición de los pecados cometidos. En efecto, si ni siquiera el sacramento del bautismo remite los pecados sin la atrición, con mayor razón la ha de exigir el m., en la s aceptación voluntaria de la muerte por amor de Dios va implícito ya el dolor de los pecados.
b) El m. por ser el acto más perfecto de caridad, destruye en los justos toda culpa venial y toda la pena temporal que se hubiera de pagar por los pecados pasados. Por esto todo mártir entra inmediatamente en el cielo sin pasar por el purgatorio, y por esta razón escribe Inocencio III que hace injuria al mártir el que ruega por el mártir (X, 3, 41, 6). Merece además un notable aumento de gracia y de gloria.
c) El m., finalmente, merece una especial corona en el cielo, que se llama aureola. Sto. Tomás la llama un gozo (gaudium J, un premio privilegiado, correspondiente a una victoria privilegiada (In 4 Sent., Dist. 49, q. 5, a. 5).
3. El m. en la vida de la Iglesia. - El m. fue predicho por Jesús como uno de los caracteres de su Iglesia (Mat., 10, 16-22; Luc., 21, 12). Los apóstoles afrontan serenamente la muerte protestando que son testigos de Cristo (Act., 2, 32; I Ped., 5, 1). El m. de los apóstoles y de los primeros cristianos es un sello de la realidad histórica del evangelio, como hecho, y de la verdad, como doctrina de Jesucristo* en cuanto que aquellos mártires atestiguaron con su sangre lo que vieron, oyeron y creyeron. El m. en su conjunto constituye un motivo apologético para defender la verdad de la fe cristiana. Pal.
Bibliografía
Bibliografía
Sum. Theol., II-II, q. 124 T h. R u in a r t, Acta primorum m artym m, París, 1689, Regensburg, 1859 H. D e le h a y e, Les orig. du culte des martyrs, Bruxelles, 1912 D. M a r s i g l i a, Il m. cristiano, Roma. 1913
P. Al la r d, El Martirio, Madrid, 1943
H. Schlatter, D er M ärtyrer in den Anfängen der Kirche, Gütersloh, 1915 J. P é r e z de U r b e l, Los mártires de la Iglesia, Madrid, 1955.