MARÍA SANTÍSIMA
1. Grandeza de M. - M. es la más excelsa entre todas las puras criaturas. Destinada a ser la Madre de Dios, fue preservada de la culpa original y colmada de gracias desde el primer momento de su existencia, gracias que aumentaron sin interrupción hasta el fin de su muerte. Después de Jesús, M. es también el modelo más perfecto de todas las virtudes: jamás resistió ni en lo más mínimo a los impulsos de la gracia y en todo momento se entregó a Dios con todo el ardor de que era capaz y en unión estrechísima con Jesús, fuente de todo mérito. Con su divina maternidad M. llegó a tocar los límites de la divinidad. Asunta después de la muerte en alma y cuerpo al cielo. M. reina junto a su Hijo sobre toda la creación. M. es también la madre de todo el género humano redimido por Cristo. Los Padres, desde S. Justino y S. Ireneo, ven en M. la nueva Eva prometida ya en el Génesis (3, 16) íntimamente unida al nuevo Adán en la obra de la Redención: como Eva fue causa de la muerte espiritual de toda su descendencia, así M. es la causa de la vida sobrenatural de toda la humanidad. Siendo, según la carne, Madre de Jesús no sólo en cuanto persona privada, sino también en cuanto Redentor y Salvador (Luc., l r 31 ss.), M. se convirtió al mismo tiempo en Madre, según el espíritu, de todos aquellos a quienes Cristo vino a redimir. No sólo M.
nos dio todas las gracias al darnos a Jesús, autor y causa meritoria de la gracia, sino que también mereció no con mérito de estricta justicia (de condigno), sino con mérito de conveniencia (de congruo,) todas las gracias merecidas por Cristo en toda ju sticia: las mereció no sólo pronunciando libremente su fia t, $1 día de la Encarnación, y preparando para la inmolación a la víctima del calvario, sino sobre todo consintiendo a los pies de la cruz en la inmolación de su Divino Hijo, y sufriendo con él (Pío X: Denz. n. 3034). Cristo, que se dio a sí mismo por todos y que no tenía necesidad de la cooperación de ninguna criatura para redimir al mundo, es el único Mediador perfecto entre Dios y los hombres (I Tim., 2, 5); sin embargo, esto no impide que haya podido y querido asociarse a su Madre como Corredentora del género humano (Denz. n. 3034, nota 4). Es doctrina cada vez más común entre los teólogos que junto con esta mediación universal ascendente de M. se ha de admitir también una mediación universal descendente: efectivamente, es sumamente conveniente que las gracias merecidas por M., junto con Jesús, no sean distribuidas sin una intervención suya.
Muchos teólogos admiten qúe M. implora y obtiene la aplicación de todas las gracias concedidas a la humanidad. No se afirma con esto que la persona que recibe estas gracias deba rogar necesariamente a M „ pudiendo intervenir ella, aun cuando no sea invocada; más aún, hay teólogos que admiten una intervención todavía más directa y física de M. en la distribución de las gracias. M.
es, por lo tanto, verdadera Mediadora de todas las gracias y siendo su mediación totalmente dependiente de la mediación de Cristo, hace que resplandezca mas aún el valor y fecundidad de esta ultima. 2. C u l t o. - L a dignidad personal de M. y la parte que ella tuvo en la obra de la Redención exigen de nosotros un culto que, aunque in ferio r al culto debido a Dios, o sea, no de latría, sino de dulia, es sin embargo un culto m ayor que el que se tributa a los ángeles y a los santos y por esto se le llam a culto de h iperdu lia: debem os tener un afecto verdaderam ente filial para M. y reconocer interna y externamente su excelencia con la sumisión debida.
Venérase a M., entre otras formas, alabando sus privilegios y conversando espiritualmente con ella; haciendo alguna mortificación u obra buena en su honor; exponiendo su Imagen y adornándola con flores y luces; poniendo bajo su especial protección la persona propia y los bienes propíos espirituales y materiales para que ella los conserve y los haga fecundos en frutos saludables para la eternidad; hay personas que dejan a M- la libre disposición de sus méritos« de sus satisfacciones y del valor impetratorio de sus buenas obras en la medida en que estos bienes son alienables: este acto de santo abandono no se debe hacer sin embargo sino después de una madura reflexión y con el consentimiento explícito del director espiritual.
Venérase a M.p finalmente, celebrando sus fiestas, no solamente su Inmaculada Concepción o su Asunción en alma y cuerpo a los cielos, sino también la Anunciación y la Natividad, la fiesta del Nombre de M. y de su Divina Maternidad, y tantas otras fiestas instituidas por la Iglesia en honor de la Madre de Dios; los cristianos fervorosos suelen prepararse a estas fiestas con obras de penitencia y de caridad. Los devotos de M. celebran además el mes de mayo y de octubre y dedican el sábado, especialmente el primer sábado de cada mes, al culto de M., haciendo algún acto especial en su honor y considerando sus privilegios y méritos. Siendo M. después de Jesús el modelo más perfecto de todas las virtudes es muy útil meditar frecuentemente en este modelo; los ejemplos de M. invitan a una vida de fe y de fidelidad al deber y llenan el corazón de celo por la salvación de las almas. La imitación de M. es el homenaje más delicado que se le puede tributar. El cuidado maternal que M. tiene por nosotros y su om nipotencia suplicante deben llenarnos de una ilimitada confianza e inducirnos a recurrir a M. en todas nuestras necesidades espirituales y corporales: esta invocación es otro modo de venerar a nuestra Madre Celestial. Pidamos humildemente a M. que nos obtenga un conocimiento profundo de los misterios de la fe y una alta estima de todo aquello que nos hace semejantes a Jesús, y una verdadera intimidad con Dios.
Recitemos frecuentemente el A vem a ria, que es una alabanza perfecta de la Madre de Dios, y una súplica en la que le pedimos nos obtenga todo aquello de que tenemos necesidad en el momento presente, y, finalmente, como la mayor entre todas las gracias, una buena muerte. Los hijos devotos de M. no dejan pasar día ninguno sin rezar devotamente el Sto. Rosario, uniendo a este rezo la consideración piadosa de los misterios de nuestra salvación: es una hermosa costumbre rezarlo todas las tardes en familia. El O fic io P a rvo de Nuestra Señora es para las personas que pueden rezarlo como un paralelo del breviario que le recuerda varias veces al día las grandezas y la mediación de M..L o s devotos de la Sma. Virgeo procuran también rezar tres veces al día al son de la campana el An gelu s que recuerda la Anunciación de M. y el titulo de Madre de Dios. Man. s
Bibliografía
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