Diccionario de Teología Moral

Daniele Stiernon, A.A. (Sti.)

IGLESIA ORTODOXA (Moral de la llamada)

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1. Noción. - Ortodoxo, del gr. orthós = recto, y doxa = opinión, en el campo teológico significa lo que responde perfectamente a la doctrina de la fe (su contrario, heterodoxo). La Iglesia bizantina, después del cisma (s. IX, XI), se ha atribuido este apelativo de I. ortodoxa, como si ella fuese la custodia de la verdadera fe. Si se prescinde del primado del Papa, la Iglesia llamada ortodoxa no presenta divergencias dogmáticas notables con la Iglesia católica. La misma teología moral ortodoxa es idéntica, fundamentalmente, a la de la Iglesia católica, ya que generalmente es conforme con las enseñanzas morales de la Biblia y de los Padres de la Iglesia y con las reglas fundamentales de la ética. Esto explica, sin duda ninguna, por qué son tan pocos los teólogos que se han preocupado de subrayar las ideas maestras o analizar su contenido. Merece, sin embargo, una particular atención, como ha demostrado muy bien el P. S. Tyszkiewicz, S. I., en un estudio reciente e interesante dedicado a los moralistas rusos. Ciertamente la enseñanza moral de los disidentes orientales en comparación con la teología moral católica se hace notar por sus deficiencias.

Reviste, sin embargo, cierta originalidad que sería injusto no poner de relieve. Señalemos ante todo los caracteres generales de la teología moral ortodoxa; y después consideraremos algún punto particular.

2. Caracteres generales. -

a) La moral y la espiritualidad. Estrictamente unida a la espiritualidad hasta el punto de confundirse con ella, la teología moral preeslava es más que una ciencia, un programa de exhortaciones parenéticas. Puede definirse: la espiritualidad del laico, la aplicación de los principios de perfección cristiana a la vida común de los fieles, la adaptación de la ascética monástica a la vida de las personas del mundo. Efectivamente, los teólogos orientales en el examen de los problemas morales tienen siempre en cuenta la acción de la gracia y de la ascética cristiana. Como punto de partida de su exposición los moralistas preeslavos ponen en general el principio tan querido a todos los padres griegos: restaurar en sí mismo la semejanza con Dios, reedificar en sí la imagen de Dios, destruida por el pecado. Partiendo de este principio y refiriéndose constantemente a él, los teólogos orientales fijan las reglas de la moral general y las aplicaciones particulares.

Este constante llamamiento al trabajo de santificación, fin de la enseñanza moral, no es precisamente cosa de desdeñar: más bien hoy, en la aspiración de las nuevas tendencias de la teología moral católica, se trata de corregir el defecto que hay que lamentar en nuestros manuales de teología moral que por motivos didácticos han insistido demasiado en la distinción, en sí necesaria, entre la moral y la espiritualidad. Esto es lo que deja entender el P. E. Dublanchy, en su artículo sobre la moral ( DTC , v. X), donde hace votos porque se vuelva a una concepción más adecuada de la teología moral (ibíd., col. 2466).

b) Falta de sistematización. Lo que más extraña al comienzo al moralista cristiano cuando recorre un tratado de moral preeslava es la falta de unidad y de cohesión. Habituado al orden, a la coordinación lógica de los manuales de Ballerini, D'Annibale, Prümmer, Genicot-Salsmans, se siente desorientado por lo vago, fluido e impreciso de las exposiciones ortodoxas. Aquí es donde más aprecia el valor del método especulativo. Mientras que este método lo consideran siempre sospechoso los moralistas orientales disidentes, que siguen más bien el método catequético-ascético, donde no entran ni la construcción lógica ni mucho menos las sutilezas escolásticas. La reglamentación detallada de la vida es contraria al espíritu cristiano, se complacen en repetir los teólogos disidentes. No es necesario hacer como los moralistas católicos que detallan los preceptos divinos recortándolos en pequeños artículos y recogen las reglas particulares diseminadas en la Sda. Escritura y en los Padres. El horror a la vivisección y a las deducciones especulativas ha impedido siempre a los teólogos ortodoxos el hacer de la teología moral una ciencia independiente con su asunto y su método propio.

c) El influjo protestante. Sin embargo, el método escolástico, en el s. XVII y ss., fue penetrando en las escuelas, en particular en las rusas; había llegado a aclarar algún punto acerca de las nociones fundamentales de conciencia, libertad moral, etc., y había permitido fijar las distinciones necesarias. Pero una fuerte reacción suspendió este trabajo de clarificación. A partir del s. XVIII y sobre todo entre los moralistas llamados científicos de finales del s. XIX fue preponderante el influjo de los moralistas luteranos. A este respecto el alemán Budde y el danés Martensen tuvieron un papel de primera importancia, dado que la teología moral ortodoxa no estaba todavía suficientemente elaborada. No hay que maravillarse por lo tanto de que recorriendo el curso de Juan Yanisev (m. 1910), moralista ruso muy influyente, no se encuentre cita ninguna de ningún autor búlgaro o griego, mientras que los autores protestantes son citados abundantemente.

Y dadas estas premisas habrá de considerarse natural que el moralista rumeno, el archimandrita Scriban, prefiera citar a Palmer, Smith, Luthardt, Göpfert y Martensen, en lugar de seguir la exposición de los moralistas rusos, los más ricos entre los teólogos ortodoxos. La influencia protestante en tanto que ha contribuido a atraer la atención de los moralistas disidentes orientales sobre cuestiones psicológicas, al mismo tiempo los ha inducido a descartar el fuerte intelectualismo de los Padres y los ha entusiasmado por el sentido moral, el gusto estético y lo irracional en moral.

d) Prejuicios contra la teología moral católica. Demasiado bien dispuesta para con los moralistas protestantes, la teología moral preeslava manifiesta gran desconfianza para con la moral católica. Esta desconfianza es el origen de la falta de cohesión que caracteriza los tratados de la moral ortodoxa. Es preferible quedar en lo impreciso, en la confusión, ver el caos, antes que ceder el paso a los papistas. A éstos los teólogos disidentes les reprochan en general una moral jurídica, fanática, como ellos dicen, y farisaica. Dicen que la moral católica no sería más que una ética imperativa, inspirada en el derecho romano que mata el espíritu de libertad y de beatitud para poner en su lugar el temor servil. Algunos ensayos de sistematización intentados por los moralistas ortodoxos, p. ej., por Solarskij (m. 1890), han sido juzgados por la crítica como contrarios al espíritu de libertad, por ser demasiado escolásticos. En Oriente se olvida fácilmente que la moral ortodoxa del s. XII al XIX, en Rusia sobre todo, era fuertemente jurídica, llena de prescripciones canonistas muchas veces, pesadamente onerosas.

Si hoy se comprueba por reacción un desprecio demasiado radical del elemento jurídico en moral es cierto que por largo tiempo el fiel preeslavo estuvo como el hebreo embrollado en las múltiples y difíciles prescripciones de sus moralistas. El Raskol refleja muy bien este jurismo legal, inspirado en el Antiguo Testamento, propio de la Rusia antigua. Pero el epíteto con que los polemistas ortodoxos se complacen en calificar, para denigrarla, la moral católica es sobre todo el despectivo de fariseísmo. Aquí aluden particularmente a la doctrina del probabilismo que desde el principio comprendieron ellos muy mal. Esta escuela, afirma Olesnitskij, enseña una moral inmoral, o por lo menos degenerada; afirma que el fin justifica los medios, que cometer un adulterio para tener hijos es una acción honesta, que no se deben confesar los pecados de embriaguez. Según el arzobispo Nicanor, el Papa en virtud de su infalibilidad, sancionó el probabilismo, hasta el punto de hacer de él la doctrina moral católica propiamente dicha. Algunas órdenes, y en particular los jesuitas, con San Alfonso de Ligorio fueron los promotores de esta doctrina, que es la negación plena de la ley moral natural.

A algunas órdenes religiosas, que en realidad no tienen relación ninguna con estos sistemas, se les atribuye el neopelagianismo, la casuística, el fanatismo como otras tantas perversiones morales propias de los católicos. Es inútil decir que éstas son verdaderas calumnias. Hay que responder sencillamente que el rigorismo y el pesimismo de muchos moralistas preeslavos han abierto el camino al laxismo y a peores excesos. Los moralistas ortodoxos no creen por lo tanto en la pureza y sinceridad de la moral católica. Según ellos ésta es una doctrina totalmente diplomática y superficial destinada a hacer triunfar la política del Papa. Al rito católico se le echa en cara el carácter puramente especulativo y los efectos escénicos; la vida interior no tiene en él parte ninguna; si alguna vez la devoción católica se aparta de este formalismo glacial es para caer en el sentimentalismo y en el sensualismo místico.

3. Puntos particulares. -

a) Valores religiosos y morales puestos en evidencia. Los moralistas ortodoxos insisten mucho en la veneración de las imágenes, en la utilización de los libros sagrados y de las obras de los Padres, en la necesidad, fecunda en bienes, de emplear los domingos y días festivos en la oración y en el recogimiento, en la obligación que hay de compensar con ejercicios de piedad la asistencia a la Sta. Misa, cuando no se ha podido satisfacer a ella por graves motivos. Entre las virtudes frecuentemente citadas por los moralistas disidentes orientales señalamos sobre todo la humildad, la dulzura, el amor al silencio, el respeto debido a las personas ancianas y el tratamiento caritativo para con los peregrinos. Añadamos además que las bienaventuranzas evangélicas ocupan un puesto importante y central en los tratados de moral preeslava.

b) Deficiencias y errores doctrinales. Hablando del Sacramento de la Penitencia los moralistas ortodoxos no ponen casi interés ninguno en la integridad de la confesión. Algunos llegan a reprobar a los católicos el insistir en la enumeración detallada de los pecados hecha por el penitente (I. Pianitskij). Parecen ignorar frecuentemente la cuestión del poder de jurisdicción y la reservación de los pecados. Los deberes del confesor en cuanto juez apenas son señalados: algunos moralistas afirman que el confesor no es más que médico. No se considera sino sumariamente el caso de la restitución. El tratado de iustitia no entra en el curso de la moral y la solución de las cuestiones de justicia queda frecuentemente a merced del Estado. Pocas indicaciones se dan igualmente sobre el modo de tratar las diferentes categorías de penitentes, en particular a los escrupulosos. No se encuentra distinción clara ninguna entre las condiciones de la validez y las de la licitud en la administración y recepción del sacramento de la Penitencia. En la distinción entre pecado formal y pecado material, entre pecado mortal y pecado capital los moralistas ortodoxos se muestran faltos de precisión.

Casi todos, notando las diferencias entre pecado grave y pecado venial, no se fundan precisamente en la definición de gravedad y parvedad de materia, sino más bien en la fuerza y evidencia con que una acción de orden moral es mandada o prohibida por Dios. El punto más grave, siempre en el campo penitencial, y donde la injerencia del poder civil (cesaropapismo) es más sensible, es la cuestión del secreto de la confesión. Después del Reglamento eclesiástico de Pedro el Grande, todos los moralistas preeslavos, aun los más practicistas, como Tikhon Zadonskij o Popov, obligan a los confesores a denunciar a la policía todo lo que hayan sabido por confesión que tenga relación con la seguridad del Estado y del Soberano o con los falsos milagros. La forma del matrimonio, según la mayor parte de los teólogos ortodoxos, es la bendición del sacerdote. Todos admiten al menos una excepción a la indisolubilidad de la unión matrimonial: el adulterio que disuelve automáticamente ( ipso facto ) el matrimonio. Para concluir diremos que los moralistas orientales disidentes rechazan como inmoral la doctrina de los consejos evangélicos y de las obras supererogatorias.

Ellos disponen de modo distinto los mandamientos de Dios; consideran doble el primer mandamiento; siguen después el decálogo hasta el IX mandamiento, que unen con el X (prohibición de todos los pecados internos). Deficiente en su presentación, y víctima de las infiltraciones protestantes, la teología moral ortodoxa contiene valores apreciables en la medida en que permanece fiel a la doctrina de los Padres de la Iglesia. Sti.

Bibliografía

O. Cavicioli, Teologia morale della Chiesa ortodossa , en Salesianum , 6 (1944), 32-50. Fundamental a falta de otros trabajos es el ensayo de
S. Tyszkiewicz, Moralistes de Russie , en Orientalia christiana periodica , 14-17 (1949-1951), editado aparte, Roma, 1951.

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