HONORARIOS
Los h. es la tarifa de las prestaciones profesionales. Todo profesional por la prestación de sus servicios tiene derecho a un congruo emolumento (v. también Salario). Del convenio, exacción y pago de estos honorarios surgen diversos problemas de justicia y de caridad que interesan a la teología moral. De esta cuestión se trata en las voces correspondientes a cada profesión. Aquí diremos algo en particular de los honorarios de los médicos cuya prestación de servicios y exacción de emolumentos presenta problemas más complejos.
1. Honorarios de los médicos. - En tiempos normales los h. que un médico puede exigir por su trabajo están regulados por un arancel de prestaciones médicoquirúrgicas elaborado por el Consejo de Médicos. En él se señala el límite mínimo de los emolumentos que corresponden a los sanitarios en cada tipo de prestación (visita, consulta, inyecciones, intervenciones quirúrgicas, exámenes o análisis de laboratorio, etc.): límite por debajo del cual normalmente ningún médico puede descender para no envilecer la profesión y no ejercitar una ilícita competencia con sus colegas. Un límite máximo no es fácil de codificar, ya que los h. pueden presentar variaciones, a veces muy notables, según las condiciones financieras del paciente, los resultados terapéuticos conseguidos, el valor profesional y la fama del médico, su jerarquía académica, etc. En efecto, es comprensible que un enfermo rico pague más que los que tienen menos o que un especialista de gran fama tenga tarifas superiores a las de un joven de medicina general. En tiempos de conmociones políticas y desequilibrio de la moneda no subsiste casi nunca una reglamentación de las tarifas sanitarias.
Éstas, sin embargo, tienden a mantenerse en un nivel medio que refleja hasta cierto punto la desvaloración de la moneda y que tienen en cuenta la jerarquía profesional y académica de los médicos.
a) Variabilidad de los honorarios. Cualesquiera que sean los tiempos y las circunstancias políticas y económicas del momento conviene que el médico siga la norma ética de la variabilidad de los honorarios: en el sentido de pedir una recompensa mayor a los clientes ricos, y contentarse con una remuneración bastante inferior con la clientela menos pudiente, renunciando espontáneamente a cualquier compensación con los pobres. A este último propósito se han de tener en cuenta dos extremos a fin de evitar que el que no es pobre se declare tal para no pagar la parte que le corresponde y que una consulta resulte ineficaz para el enfermo, especialmente cuando se trata de un neuropático, sólo por haber sido gratuita. Acerca del primer punto no parece práctico pretender la presentación de un documento de pobreza, sin decir que muchos presuntos pobres a veces no son realmente tales, mientras que muchas personas (p. ej., empleados con numerosa familia) son a veces verdaderos indigentes, aun cuando no figuren en la lista municipal de beneficencia.
Conviene, por lo tanto, fiarse de lo que el cliente declara, aun a riesgo de ser engañado, en la certeza de que es moralmente mejor para el médico un exceso de caridad, aun cuando tenga que perder lo que por justicia le corresponde. Acerca del segundo punto no faltará —al médico avisado— el modo de dar al enfermo la sensación de haberle visitado con la más escrupulosa atención, aunque después se renuncie a los honorarios por un sentido superior de caridad.
b) Mercantilismo médico. De todos modos el médico —lejos de un vil mercantilismo— habrá de abstenerse cuidadosamente de negociar los honorarios que corresponden. Pedirá una cantidad justa, aceptará prontamente la suma más exigua que eventualmente le ofreciere el cliente, estará dispuesto incluso a renunciar a toda compensación, sin discutir nunca en tono mercantilista; ganará con ello sobre todo en dignidad, con ventaja al fin incluso del aspecto profesional, ya que el cliente le quedará agradecido por su pronta y cordial condescendencia y podrá hacer útil propaganda en su favor. Ni siquiera en aquellos casos en que el médico sepa que su cliente tiene bienes de fortuna le conviene negociar la compensación de sus prestaciones y ser demasiado solícito en obtener el saldo de una nota: mucho más digno para él será acudir a las vías legales, sin discusiones personales. A este último propósito se ha de tener presente, siempre a los fines de la moral, que si el médico debe evitar cualquier forma de odioso mercantilismo, por otra parte los clientes no deben abusar de las caritativas disposiciones del facultativo.
Convendrá, por lo tanto, que éstos se abstengan, cuando el caso no sea de excepcional importancia y gravedad, de consultar con médicos de mucha fama con el propósito deliberado de no retribuirles adecuadamente: y convendrá también que dentro de lo posible satisfagan las obligaciones contraídas con el médico. En una palabra, si es cierto que la del médico no es tanto una profesión como una misión, no es menos cierto que tiene derecho a vivir y, por lo tanto, a sacar del ejercicio de su arte los medios necesarios para hacer frente a las necesidades espirituales (estudios, libros, etc.) y materiales suyas y de su familia. Si el médico supiese que su clientela no había de abusar nunca de él, estaría mucho mejor dispuesto a favorecer a los enfermos verdaderamente necesitados y ejercitar su noble profesión con absoluto desinterés. Ocurre no rara vez que el enfermo, bajo el peso de la angustia, del sufrimiento o del temor a la muerte, promete al médico grandes recompensas, que alcanzada la curación se reducen notablemente, o se niegan u olvidan. Ésta es una historia muy vieja de la que nos habla ya en el siglo XVIII Hoffmann en su curioso tratadito de deontología titulado Medicus politicus .
Hablando en el capítulo De prudentia medici circa aegros del cobro de los honorarios, aconseja seguir esta norma: Accipe dum dolet; post morbum medicus olet , e invita al médico a que acepte cuanto le ofrezca el enfermo bajo el peso del dolor. En estos casos, sin embargo, el médico evitará aprovecharse de las necesidades del enfermo y de su estado particular de ánimo para pedirle u obtener de cualquier modo que sea un lucro superior. No es decoroso pactar con el cliente una compensación distinta según el distinto resultado del tratamiento; el médico debe poner por obra todos los medios posibles para sanar a su enfermo, por lo tanto el establecer dos honorarios distintos según que la cura tenga o no éxito es deontológicamente incorrecto, ya que puede dar a sospechar que el médico prescribe fármacos más eficaces y asiste con diligencia al enfermo sólo porque espera mayores emolumentos, lo cual daría pie a acusar de venalidad a una profesión que se ha de basar principalmente en un caritativo desinterés. Altamente inmoral (el citado Hoffmann lo califica de infame) es prolongar la cura de un enfermo a fin de obtener un lucro mayor.
c) Publicidad. Un aspecto particular del llamado mercantilismo médico, al cual nos hemos referido antes, es según muchos la publicidad. Moralmente no es reprobable la propaganda siempre que no salga del ámbito de la verdad y de la decencia, pero ha de ser condenada cuando promete lo que no sabe si podrá cumplir, ya que no es lícito nunca mentir, o cuando puede ser fuente de escándalo. Este género de publicidad, frecuente en los específicos, es ciertamente excepcional entre los médicos. Es condenada igualmente la publicidad por la deontología cuando es excesivamente descarada, condena sugerida por la conveniencia de guardar el decoro y dignidad propios de la profesión sanitaria.
d) Asistencia a asegurados. Hoy en día que cada vez se extienden más las prestaciones médicas mutualistas, caracterizadas generalmente por visitas apresuradas y honorarios mínimos, hay que señalar la posibilidad de una incorrección que se trata de justificar precisamente con la modestia excesiva de las cuotas. El médico de mutuales puede caer en la tentación de completar sus ingresos induciendo a algún asegurado a hacerse visitar particularmente, asegurándole un examen más detenido y mejor tratamiento terapéutico. Este procedimiento es moralmente ilícito, ya que el médico debe hacer todo lo posible por la más rápida y completa curación de los que se confían a él, y no vale alegar que las cuotas son irrisorias, ya que voluntaria y conscientemente se ofreció a la entidad aseguradora o aceptó su proposición. Ni siquiera en el caso de que el mismo asegurado le pida una visita particular habrá de apresurarse el médico a plegarse al deseo del cliente.
Será más bien conveniente que le explique cómo aquella visita con sus gastos ha de ser inútil, ya que él pone todo su cuidado y diligencia en atender a los asegurados, consintiendo sólo en un caso extremo, para que el enfermo le pueda confiar con toda libertad sus miserias. En semejante caso convendrá que el médico aplique una tarifa mínima. Riz.
Bibliografía
L. Scremin, Diccionario de moral profesional para médicos , Barcelona, 1952.