Diccionario de Teología Moral

Gregorio Manise, O.S.B. (Man.)

ENVIDIA Y EMULACIÓN

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1. Naturaleza. - La e. es una especie de tristeza o dolor del bien del prójimo considerado como mal propio. P. ej., de los éxitos, riquezas, talento del prójimo, considerados como una disminución del bien propio o una injusticia. No hay que confundir la e. con la tristeza de verse privado de un bien poseído por otro, o de ver un bien poseído por una persona indigna, como tampoco con la tristeza causada por el temor de que un bien ajeno sea causa de mal para nosotros o los nuestros: estas tristezas no son de suyo pecaminosas; pueden serlo por causa del fin que se pretende o de la oposición a la voluntad divina. Conviene distinguir también la e. de la emulación, o sea, del esfuerzo para igualar o superar a otro: la emulación no es reprobable, a condición de que la intención sea recta y los medios empleados leales.

2. Moralidad. - La e. es un pecado contra la caridad. Por su naturaleza es pecado grave. La culpa, sin embargo, es leve cuando la e. no es plenamente consentida y cuando tiene por objeto una cosa de poco valor. Entre todas las envidías la más culpable es aquella que tiene por objeto los bienes que sirven para salvar el alma del prójimo.

3. Causas y efectos. - La e. nace del amor propio y de la soberbia; con frecuencia aparece en los que sufren al pensamiento de su inferioridad. La e. es fuente de otros muchos pecados: denigraciones, calumnias, alegría del mal ajeno, odio del prójimo; quita también la paz del alma cuando no daña a la salud y hace al hombre detestable a los ojos de los demás.

4. Remedios. - Una profunda humildad, la cual no excluye una estimación exacta de sí mismo (útil para combatir la e.) y un amor sincero y sobrenatural a todos son los grandes medios para evitar la e. Man.

Bibliografía

L. Desbrus, Envie, en DTC, V, 131-134
E. Janvier, Esposizione della morale cattolica, VI, Torino, 1937
A. Tanquerey, Compendio de teología ascética y mística, París, 1930, n. 345-852
A. Sertillanges, La philosophie morale de St. Thomas d’Aquin, París, 1922.

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