Diccionario de Teología Moral

Ludovico Bender, O.P. (Ben.)

EJEMPLO

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1. Fuerza del e. - El hombre tiene la propensión a hacer lo que ve que hacen los demás, o sea, a imitar la conducta moral del prójimo. Esta tendencia es mayor en las personas menos fuertes de carácter y menos capaces de dirigirse por sí mismas, esto es, en los hombres sencillos, poco instruidos, o todavía no formados, como son los niños y los jóvenes. Ésta es la razón por la cual nuestra conducta, en cuanto que es observada por los demás, se convierte casi automáticamente, e incluso sin que nosotros lo pretendamos, en e. bueno o malo. La fuerza de este e. es tanto mayor cuanto la persona que lo da es más amada o estimada, sea por causa de su oficio o estado (autoridad, educador, padre, sacerdote, religioso, patrono, etc.), sea por causa de su ascendiente personal. Dar un mal ejemplo es un pecado contra la caridad y una forma del pecado llamado escándalo (v.).

2. Obligación del buen e. - Dar un buen e. es una obra de caridad para con el prójimo obligatoria o de consejo según las circunstancias. Es evidente que todos los que tienen obligación de educar a otros tienen también obligación de dar también buen e. los padres, los maestros, los sacerdotes que tienen cura de almas no pueden educar suficientemente a las personas que han de dirigir si les dicen solamente cómo se han de conducir y no les dan buen e. Además, dar buen e. públicamente puede ser de obligación cuando sabemos que otros por debilidad espiritual no se atreven o se avergüenzan de hacer el bien si no ven a otro que lo haga públicamente. El buen cristiano no se limita a dar el buen e. obligatorio. Persuadido de que hace un bien inmenso a la patria, a la Iglesia, al pueblo y especialmente a las almas inmortales, con una vida cristiana vivida públicamente, sin falsa vergüenza o temor a las burlas o a los insultos de los malos y de los indiferentes, movidos del amor a Dios y al prójimo, trata de dar siempre y claramente el buen ejemplo. Ben.

Bibliografía

F. Tillmann, El Maestro llama, San Sebastián, 1955, p. 351 ss.

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