Diccionario de Teología Moral

Gregorio Manise, O.S.B. (Man.)

DIRECCIÓN ESPIRITUAL

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1. Naturaleza. - D. espiritual significa dar y también recibir normas de conducta concretas y adaptadas al estado de ánimo de aquel a quien se dirigen. Suponen por parte del dirigido cierta manifestación y apertura de ánimo. En tanto que el ámbito de la confesión se extiende sólo a las culpas cometidas, el de la d. espiritual incluye además de los pecados y sus causas todo aquello que tiene alguna relación con el progreso espiritual: la índole natural con sus aspectos favorables y desfavorables, los hábitos adquiridos buenos o malos, los gustos y las repugnancias, las dificultades especiales, las tentaciones y los peligros, las imperfecciones, las imprudencias y las inconstancias, los medios para evitar la culpa, para desarraigar las tendencias menos buenas o para hacer crecer las buenas inclinaciones; para los que no han elegido todavía un estado de vida entra aquí también la cuestión de la vocación y, una vez resuelta ésta, de los medios que se han de emplear para prepararse al estado al que uno es llamado.

2. Utilidad. - Una d. espiritual prudente y firme es de gran importancia y en general necesaria también para hacer progresos en la vida espiritual. Ya los Padres antiguos, y después de ellos los escritores eclesiásticos, recomiendan una manifestación de la conciencia no limitada sólo a los pecados, sino extendida también a los defectos, a las tentaciones y a las dificultades especiales. León XIII sancionó esta doctrina tradicional (Testem benevolentiae, 22 enero 1899). La necesidad de una buena dirección se hace más urgente en períodos de especiales pruebas y dificultades.

3. Modo de establecerla. - Aunque no es necesario, es útil sin embargo que el director espiritual y el confesor sean la misma persona y que la dirección vaya unida con la confesión de los pecados en el tribunal de la penitencia. Se ha de tener un profundo respeto al director en el cual se ha de ver al ministro de Jesús y al mismo tiempo que se ha de evitar toda familiaridad con él se ha de tener en él una gran confianza y manifestarle de un modo breve, claro y sincero el estado del alma cuidando de no buscar cierta satisfacción hablando de uno mismo o interesando a otro por la persona de uno; recibiendo con humildad y docilidad sus consejos y poniéndolos fielmente en práctica. Si estas disposiciones llegaran a faltar, la d. no produciría sus frutos. Una vez elegido un director no conviene cambiarlo fácilmente. Man.

Bibliografía

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