DEFECTO DOMINANTE
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1. Naturaleza. - Con la palabra d. se designa entre otras cosas la propensión o proclividad a un determinado acto pecaminoso producida por la repetición frecuente del mismo acto. Todos nacemos con predisposiciones naturales a ciertos actos buenos y a otros malos. Si la voluntad no se opone desde el principio a estas predisposiciones connaturales al mal, éstas adquieren pronto mayor vigor y se convierten en verdaderos defectos. D. dominante en el hombre es aquella proclividad cuyo impulso es más frecuente y más fuerte, aunque no siempre se observe. 2. Efectos. - El d. dominante es un enemigo que llevamos siempre y en todas partes con nosotros y que a menudo nos lleva a cometer faltas o pecados. Este d. es tanto más temible cuanto que es un arma poderosa de la cual se sirve el demonio para inducirnos al pecado. Si el d. dominante no es combatido enérgicamente irá cegando poco a poco la mente llevando al hombre a culpas cada vez más frecuentes y más graves.
3. Modos de combatirlo. - Para combatir el d. dominante es necesario ante todo conocerlo, lo cual no se consigue fácilmente; más aún, muchas veces parece que no hay cosa que nos repugne tanto o nos dé tanto miedo como conocernos a fondo. Para conocer nuestro d. dominante hemos de orar y examinarnos acerca de las infidelidades que más fácilmente y a menudo cometemos, indagando la causa íntima de estas culpas; es también conveniente observar el objeto a que se dirigen nuestros pensamientos y deseos espontáneamente, así como lo que más nos desagrada en los demás, que con frecuencia suele ser lo que domina en nosotros. Otro medio de actuar es abrir sinceramente el corazón al confesor que de esta manera nos conocerá a fondo y podrá indicarnos nuestro d. dominante. Demos también oídas a las reprensiones que se nos hacen, frecuentemente nos pueden servir para conocer el estado de nuestra alma. Después de haber conocido nuestro d. dominante es necesario trabajar sin tregua en extirparlo, especialmente con el ejercicio de las virtudes más directamente contrarias a él.
Para conseguir nuestro intento habremos de orar mucho y examinarnos sobre los progresos que hacemos: San Ignacio y otros santos aconsejan que se anoten las veces que durante el día o durante la semana cae uno en el d. dominante, para poder darse cuenta del adelanto o del posible retroceso. Para desarraigar el d. dominante es un medio muy eficaz el excitarse internamente a dolor e imponerse una pequeña penitencia cada vez que se cae en tal d. A veces se requieren varios años de dura lucha para desarraigar un d., pero no se crea nunca que estos esfuerzos son inútiles: con la gracia del Señor se pueden reformar las naturalezas más rebeldes. Tampoco nos hemos de creer vencedores hasta el punto de descuidar toda vigilancia. Man.
Bibliografía
R. Garrigou-Lagrange, Las tres edades de la vida interior, Buenos Aires, 1944, p. 365 ss.