CUERPO (Amor y respeto al)
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1. Valor del cuerpo. - Entendemos por c. la parte material y sensible que junto con el alma forma el compuesto humano. La doctrina católica no lo ha negado nunca como realidad funcionante, incluso a los fines de la elevación humana, pero más bien ha tomado su defensa contra las diversas tentativas de una interpretación pesimista de esta materia (gnósticos, maniqueos, albigenses), y ha demostrado al mismo tiempo a cuán alta función ha sido llamada la carne en el mismo orden sobrenatural y en el plano, mismo de la Redención. Los misterios de la vida de Cristo, que en la realidad de su cuerpo ha querido verificar nuestra redención, consumándola en el sacrificio de su Carne y de su Sangre, y que por medio de ésta ha escogido en una mujer a su Madre y Corredentora del género humano; la institución de los ritos sensibles que sólo llegan a santificar el alma tocando el c.; y, finalmente, el dogma de la resurrección y de la glorificación de los cuerpos tiene un valor demostrativo contra el cual se estrellan las dificultades y las acusaciones que se levantan contra la espiritualidad cristiana.
El contraste entre la carne y el espíritu, que constituye uno de los motivos más frecuentes de la teología paulina, no toca en lo más mínimo a la doctrina expuesta. Para S. Pablo, la carne entendida en su significado físico, no es mala en sí misma; el antagonismo existe entre la carne, como expresión de la criatura vieja, y el espíritu, entendido como criatura nueva, regenerada y reeducada por la gracia (Rom., 8, 1 ss.; 12; 13; 14; I I Cor., 1 0, 3; Gál., 5, 1 7, etc.). Es necesario, sin embargo, reconocer que en el hombre caído, el c. es estimulo e incentivo del pecado; de aquí la necesidad de dominar, mediante una verdadera disciplina, sus instintos desordenados. Pero para evitar que esta afirmación, que por lo demás se apoya en una experiencia vulgar y cotidiana, esté en contradicción con los datos precedentes es necesario interpretar rectamente el significado y la fuerza de esta causalidad. No conviene, en efecto, olvidar que el pecado, aunque ocasionado por la carne, tiene siempre su causalidad formal en el espíritu: en el fondo es el espíritu el que arruinándose a sí mismo profana también la carne.
Por lo demás no se puede atribuir al c., ni siquiera en el orden de la culpa, una primacía que no le corresponde en el orden ontológico, teniendo en cuenta su esencial inferioridad y subordinación al espíritu. Su valoración ética se subordina necesariamente a su posición ontológica en sus relaciones con el alma. Unido con ella en unidad de sustancia participa a su modo tanto de su malicia como de su santidad» ofreciéndose a su vez como arma de pecado o instrumento de justicia. Subordinado por valor y por función a la misma, no puede ser fin en sí mismo, ni puede subordinar a sí como a fin las actividades del espíritu; sino que más bien debe estar subordinado a éstas, dispuesto pór ello, si fuese el caso, incluso al sacrificio.
2. Amor y respeto al c. - El deber de amar y respetar el propio c. se deduce lógicamente de su naturaleza y de su función. Prácticamente el amor del c. exige que exista un cuidado moderado de la salud, no sólo en razón de la función instrumental del c. y de la relación natural de la salud física con la salud del espíritu, sino también a la vista del valor intrínseco de la vida terrena.
Por otra parte, sin embargo, la natural subordinación de estos valores a los de orden superior, la provisionalidad esencial de la vida terrena y el empleo que de la misma hemos de hacer para que sea verdaderamente útil y responda a sus finalidades, impiden que el cuidado de la salud subordine a sí todas las demás solicitudes y justifican plenamente la actitud del que, a la vista de un bien superior, sacrifica a éste, en medida proporcional a su valor, sus energías físicas y el vigor de su salud física.
De aquí la honestidad de algunas profesiones que dañan indirectamente al cuerpo. De aquí también, y con mayor motivo, la plena licitud de algunas durísimas penitencias que los santos infligieron a su propio c. S.
Pablo podía muy bien, y sin contradecirse, dar sugerencias higiénicas y estimular a sus discípulos a crucificar su propia carne con sus vicios y con sus concupiscencias (I Tim., 5, 23; Gál., 5, 24). Pal.
Bibliografía
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E. Boganelli, Cuerpo y espíritu. Madrid, 1963 R.
P. Ducapillon, Valeur humaine et chrétienne de la santé, Lyon, 1951, p. 153-173
A. Bonna, II medico cattolico, Alba, 1953 A. de Castro Albarrán, Concepto pagano y concepto cristiano de nuestro cuerpo, Salamanca, 1942.