Diccionario de Teología Moral

Igino Giordani (Gio.)

CONVERSIÓN

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1. Noción. - Entiéndese por c. generalmente una mutación del espíritu que lleva a Dios. De un ateo que adquiere la fe se dice que se convierte. De un hereje o de un cismático que abraza la ortodoxia se dice también que se convierte, e igualmente se dice de un pecador o de un indiferente que vuelve a la práctica de la religión. Los tipos de c. son, pues, muchos, así como son innumerables sus modos. Los místicos hablan de una segunda y tercera c., incluso del cristiano ordinario, que ya acepta todos los dogmás y practica su fe; y hablan de una primera c. que introduce al alma en la vía purgativa, de una segunda que la introduce en la vía iluminativa y de una tercera que la introduce en la vía unitiva. Dicese también que un cristiano debiera convertirse de continuo» esto es. hacerse cada vez mejor, acercándose de día en día a Dios. Pero ordinariamente se dice convertido al que del paganismo, del ateísmo, de la herejía o de la hostilidad viene a la Iglesia y se pone a vivir su doctrina.

Puede producirse de los modos más dispares: p. ej., por el raciocinio, la observación, la experiencia, los estudios, acontecimientos extraordinarios, relaciones personales, por medio del dolor y por medio del amor. Hay quien se ha convertido por el llamamiento directo del Señor (Pablo de Tarso), por la lectura de un libra, por la observación del mal en el mundo, por la visita de Roma y de los lugares santos, por el espectáculo del Pontificado Romano invicto en medio de las tormentas de la historia; no pocos se sintieron conmovidos ante las persecuciones o las obras asistenciales, de cultura, de arte de la Iglesia, etc., de suerte que realmente «todos los caminos llevan a Roma».

Sin embargo, el influjo decisivo lo da siempre la gracia. Sin ésta puede suceder que uno acepte conceptualmente todo el catolicismo y no se haga católico. Es siempre la gracia la que decide.

Y la historia de estos cambios, unos graduales, otros fulminantes, unos en plena juventud, otros a la hora undécima, pero producidos todos librem ente en una crisis personal (no hay c. si hay coacción), forma la tram a humana y divina de un drama estupendo en que bajo innumerables aspectos se revela el misterio del hombre con la obra de Dios.

2. C. y convertidos. - Desde que Jesús pronunció su llamamiento: jistavoeiT«(convertios), medíante la c. han venido a la Iglesia los espíritus más generosos: recuérdese a Pablo de Tarso, a San Cipriano, a San Agustín, a Clodoveo, Francisco de Asís, Jacopone da Todi; hasta llegar a los conversos de nuestros tiempos que no tanto se apartaban de la herejía cuanto, más a menudo, de un cientifismo desdeñoso, de un agnosticismodestructor, de un idealismo o de un materialismo que hablaban de la m uerte de Dios; y recuérdese a Manzoni, Chateaubriand, Brentano, Newman, Soloviev, Benson, Chesterton, Thompson y Bourget, Claudel y Maritain,. Hopkins y Peguy... Un capítulo aparte constituyen las conversiones obradas por los misioneros en tierra pagana o no cristiana: dificultades graves las encuentran entre los musulmanes y en general en los países donde la legislación se opone a la acción de la Iglesia. En algunos países comunistas (Rusia, Rumania, etc.) prácticamente está prohibido el paso al catolicismo, esto es, el derecho a la fe.

Por motivos doctrinales y tradicionales es difícil la c. de los israelitas, aun cuando no pocos han venidoai catolicismo en los años de la guerra, especialmente bajo el huracán de las leyes raciales, cuya acción se enfrentaba contra el universalismo del catolicismo y la caridad de Cristo. Se puede decir actualmente que (especialmente en los países anglosajones) la literatura católica más famosa se debe a escritores convertidos, los cuales han sabido exponer el drama de su busca de la fe: recuérdese a Evelyn Waugh, Graham Greene, Papini, Claudel, Jammes, Chesterton, en tanto que del materialismo socialcomunista han venido también a Roma testimonios elocuentes, como Luis Budenz, Douglas Hyde, Dorothy Day, etc. Es impresionante el retorno de los sabios, pensadores, científicos que han recuperado la fe en la aridez de un cientifismo que con Renán pretendía hacerse religioso y de un nihilismo que con Nietzsche había llegado a hablar de la m uerte de Dios: recordemos a Alexis Carrel Lecomte de Noüy, los esposos Maritain, Bergson (que murió con el deseo del bautismo), el P.

Bibliografía

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