Diccionario de Teología Moral

Carlo Riz (Riz.)

CIVILIZACIÓN

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1. Premisas La c. es el conjunto de ciencias, artes y costumbres que forman el patrimonio de los pueblos que después de un largo recorrido han llegado a un elevado nivel social. Puede aplicarse también este término al conjunto de estos pueblos en oposición a aquellos que no han alcanzado más que alguno de los estadios del progreso. En los párrafos que siguen hemos de tratar sobre todo de la c. tal como es, no como debiera ser idealmente, y por esto examinaremos los principales aspectos favorables y nocivos, tanto para el individuo como para la colectividad, sobre todo desde el punto de vista de la moral.

2. Ventajas La c. es un hecho, no un problema: en los tiempos modernos asistimos —y no ya de siglo en siglo, sino de decenio en decenio y casi de año en año— al incesante, rumoroso y caótico progreso de la civilización que con una agresividad llena de audacia va conquistando rápidamente la humanidad entera, penetrando cada vez más en todos los estratos sociales o difundiéndose en regiones y en naciones que hasta hace poco tiempo vivían una vida tranquila y bastante primitiva totalmente alejadas de las complicaciones de la civilización. De este hecho innegable e insoslayable del progreso de la c., nacen importantes problemas sociológicos, que interesan tanto a la medicina como a la agricultura, a la industria como al comercio, pero sobre todo a la moral. Indudablemente la c. tiene sus grandes ventajas, de las que nos limitaremos a señalar esquemáticamente las más importantes.

a) Difusión de la cultura. Se verifica no sólo con la disminución más o menos rápida del analfabetismo, sino también merced a la difusión del cinematógrafo, de la radio y de la televisión, que divulgan por todas partes por medio de la imagen, el sonido, la palabra, informaciones y noticias sobre todo lo que acontece en el mundo, vulgarizan los descubrimientos científicos, nos hacen participar de los usos y costumbres de los países más lejanos, nos tienen al corriente de todo descubrimiento, de todo suceso, hasta el punto de hacer que nos sintamos por muchos aspectos ciudadanos del mundo.

b) Mejoramiento de las comunicaciones. Los medios de transporte, cada vez más cómodos, rápidos, seguros y económicos, no sólo permiten un mejor cambio de mercancías con ventaja para la alimentación de los pueblos que hoy prácticamente se encuentran a cubierto de aquellas carestías que en el pasado lanzaban periódicamente a naciones enteras a la miseria; facilitan también los viajes individuales o colectivos, el conocimiento directo de los países lejanos, y con esto un mayor sentimiento de comprensión recíproca y de fraternidad entre los pueblos. A esto se añade la posibilidad de difundir la religión en regiones antes inexplorables y salvajes, la ventaja no menos importante de poder alimentar e incrementar las prácticas del culto entre fieles diseminados en vastas regiones a los que antes difícilmente se podía atender.

c) Lucha victoriosa contra las enfermedades infecciosas y en general mejoramiento higiénico de la humanidad que hoy se encuentra en las naciones civilizadas no sólo al abrigo de los estragos epidémicos de la antigüedad, sino poderosamente defendida de las infecciones que hasta hace pocos años inexorablemente truncaban tantas y tan floridas vidas. Baste pensar en los portentosos resultados de los antibióticos (v. Medicamentos), que han contribuido mucho a aumentar en muchos años la duración media de la vida humana, que hoy alcanza los 65 años en muchos países civilizados.

d) Difusión del deporte. Éste es también bajo cierto aspecto una ventaja en cuanto que con el mejoramiento biológico no sólo de los atletas, sino también de las masas de espectadores, los llamados deportistas pasan hoy en los estadios, a lo largo de los caminos recorridos por los corredores o en otros lugares al aire libre, las tardes de los domingos que antiguamente se dedicaban a las tabernas o a otras diversiones aun más malsanas. Sin tener en cuenta que los niños y adolescentes que pasaban sus horas libres en el ocio o en pasatiempos sedentarios se ven hoy arrastrados por las competiciones deportivas, con indudable ventaja para su robustecimiento. Es necesario, sin embargo, que se eviten los excesos de toda especie y que los ejercicios físicos no impidan o hagan pasar a segundo plano el desarrollo de las facultades espirituales.

e) Mejoramiento de las condiciones de los obreros que en turnos de trabajos más breves y con prestaciones más racionales y más higiénicas —amparados por providencias sociales de todo género— están hoy en condiciones de desenvolver su actividad sin aquellos peligros y aquella depauperación física que hasta hace pocos decenios hundía en la miseria y embrutecía al obrero. Este mejoramiento permite además al trabajador dedicar más tiempo a los problemas de su vida intelectual, social y moral.

3. Daños de la c. Frente a éstas, que nos parecen las principales ventajas de la c., y que no son ciertamente despreciables si concurren a mejorar la salud física, a elevar los espíritus, a educar las mentes y a incrementar el espíritu de fraternidad entre los pueblos, no podemos pasar por alto los daños que proceden de la excesivamente rápida y tumultuosa civilización de la vida moderna. Bástenos recordar brevemente:

a) El urbanismo. Arrastradas por la ilusión de un trabajo menos fatigoso y más retribuido, así como por los espejismos hedonísticos de toda especie, las poblaciones rurales tienden cada vez más hacia la ciudad. Con esto se crean las metrópolis tentaculares, donde el campesino simple, ignorante, biológicamente sano, suele convertirse en el miserable obrero no cualificado y se ve obligado a vivir en ambientes insanos y superpoblados sin suficiente alimentación, presa fácil de los vicios y de las enfermedades. A consecuencia del urbanismo y de los pésimos ejemplos que se ven en las grandes ciudades, se reduce impresionantemente la natalidad de las naciones más civilizadas, al paso que aumenta la morbilidad, la prostitución, la delincuencia: de donde nace el empobrecimiento biológico general de la raza blanca. b) Esterilidad e impotencia. Son un derivado del urbanismo, ya que es sabido que por el simple hecho de vivir en la ciudad las poblaciones van esterilizándose y pierden su vigor genético.

Tal vez depende esto de la carencia de vitaminas, ya que el hombre civilizado se alimenta muy artificiosamente, y ha abandonado aquellas comidas sencillas —ricas en escorias, pero también en vitaminas— que suelen constituir la alimentación de los medios rurales; en parte este grave fenómeno depende del vivir desordenado, inquieto, preocupado, antinatural de los ciudadanos; en parte, tal vez mayor, se deriva de la masculinización de la mujer que por avidez de lucro o por una mal entendida libertad se emplea en medida creciente en ocupaciones mal avenidas con su naturaleza y que en todo caso la distraen de su fundamental misión biológica: el hecho, sin embargo, subsiste en toda su preocupante gravedad.

c) Aumento de las enfermedades crónicas: tumores, artritismo, cardiopatías, arterieesclerosis, etc. Esto depende en parte de la benéfica reducción de la mortalidad por formas infecciosas agudas, y en parte (para los tumores) de precisiones diagnósticas más cuidadosas; pero es muy verosímil que en definitiva sea la c. moderna la causa principal de la rápida y grave decadencia de la humanidad.

d) Aumento de las enfermedades neuropsíquicas. Ésta indudablemente es una de las más graves y ciertas consecuencias del tumultuoso y traumatizante vivir moderno. Las imperiosas preocupaciones económicas, el enorme aumento de estímulos (sobre todo acústicos), la necesidad de aprender cada día cosas nuevas, el trabajo emotivo, la prisa con que se ha de comer, el sueño escaso e irregular, el abuso de excitantes, del tabaco, a veces hasta de drogas, representan sólo alguno de los muchos escollos contra los cuales puede naufragar nuestro vigor intelectual. Actualmente la aglomeración urbana absorbe la mayor parte de los esfuerzos del hombre civilizado. La misma campiña está llena del rumor de los motores y de los talleres. En las ciudades los establecimientos han ocupado el lugar de los talleres artesanos, los grandes almacenes el de los pequeños comercios; los automóviles pasan estrepitosos, las sirenas chillan, el teléfono nos persigue hasta la intimidad. Se trabaja, se come, se duerme a prisa, en medio del ruido, de la trepidación, de la inquietud material y moral. Y nuestro sistema nervioso, nuestra inteligencia, nuestra emotividad pagan el precio de ésta nuestra evolución (Genil-Perrin).

De aquí el impresionante aumento de locos, neuróticos, desesperados, suicidas.

e) Amenazas de nuevas y más desastrosas guerras. El enorme mejoramiento de los medios de transporte, cuyas ventajas hemos señalado, ha hecho nuestro mundo mucho más pequeño e indirectamente ha incrementado la voluntad de dominio de las grandes potencias en lucha mutua fatalmente por la conquista de nuevos mercados a su producción, de nuevas fuentes de riqueza, de espacios vitales cada vez más amplios. Esta lucha, a menudo enmascarada tras de programas ideológicos, está favorecida por la posesión de las llamadas armas secretas, que dan a la nación que las posee la ilusión de un éxito rápido, en tanto que estas armas —desde la bomba atómica a los más recientes inventos de la cibernética (v.)— han de concurrir tan sólo a destruir la humanidad.

4. Remedios contra las desviaciones y excesos de la c. Sería cosa de preguntarse ante todo si la c. es en definitiva un bien o un mal; pero esta pregunta sería ociosa, ya que el progreso continuo de la civilización es un fenómeno al cual no se puede poner un freno eficaz. Considerados todos los puntos de vista juzgamos que la c. es un bien y será necesario más bien que todos los que se preocupan del porvenir del hombre civilizado —médicos, sociólogos, moralistas— cooperen asiduamente a fin de que el progreso de la vida moderna sea realmente sano y exclusivamente provechoso y reduzca al mínimo, si no los llega a abolir, los motivos, también graves, de sufrimiento material y de daño espiritual. La lucha contra el urbanismo (mejorando las condiciones de vida y de trabajo de los medios rurales, favoreciendo la pequeña propiedad, incrementando las obras de saneamiento, etc.); una distribución más racional de la población (mediante emigraciones bien controladas); el saneamiento de la vivienda (recuérdense las chabolas de los suburbios y aquel crudo aforismo de R.

Sand: «La moral es una cuestión de metros cuadrados»); las disposiciones en favor de las familias numerosas; el retorno de la mujer a su misión natural de madre y ama de casa: éstos son tal vez los medios principales para salir al paso de los daños crecientes de la vida moderna. La Iglesia, sobre todo por obra de sus últimos Pontífices, ha prodigado continua e incansablemente sus consejos y exhortaciones en este sentido: a fin de que el hombre no se convierta (nuevo aprendiz de brujo) en esclavo del maquinismo creado por él; a fin de que la mujer vuelva a ser la buena y prolífica reina del hogar; a fin de que cese la miseria: el más siniestro de los males sociales, cuyas causas principales consisten en el ciego egoísmo de los individuos y de las naciones más poderosas.

Porque —no hay que olvidarlo— los daños morales y materiales que se derivan de la c. tienen todos una sola raíz: la falta de caridad, y ésta es una fatal derivación del alejamiento del Evangelio característica de estratos amplísimos de la humanidad actual, que inconscientemente se ha hecho esclava de la soberbia, de la ambición, de la avaricia, del hedonismo, con la fatal consecuencia de la pérdida a breve plazo (como lo enseña la historia de las civilizaciones antiguas), de los valores espirituales y consecuentemente con el empobrecimiento general y el trastorno material de los pueblos. Es necesario, en una palabra, que la caridad (en la más noble y vasta expresión del término) avance al paso del progreso de la ciencia, de modo que el espíritu cristiano de solidaridad humana paralice y venza el egoísmo individual, el egoísmo clasista y el egoísmo de las naciones, eliminando tanto el paro, como la miseria, el vicio, la esterilización de las mismas fuentes de la vida.

Finalmente, en cuanto a los individuos en particular, éstos podrán aprovechar los beneficios de la c. y evitar al mismo tiempo sus graves daños si se educan en una equitativa distribución del trabajo y del descanso, en una prudente disciplina de los placeres, en evitar todo exceso, en mantenerse honestos, leales, altruistas, en conquistar —en una palabra— aquel equilibrio y aquella serenidad interior que son los únicos que permiten vivir bien, aun materialmente, en esta vida moderna de otro modo tan pobre y trabajada. Riz.

Bibliografía

P. Stura, Le convulsioni del nuovo secolo , Roma, 1906
C. Cocozzi y
P. Travagli, Trattato di medicina sociale , Milano, 1930 Genil-Perrin, Protégeons notre santé morale contre les dangers de la vie moderne , en Revue d’hygiène , 47, 1925 M.
F. Sciacca, La Iglesia y la civilización moderna , Barcelona, 1949 M. de Corte, Ensayo sobre el fin de nuestra civilización , Valencia, 1953.

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