Diccionario de Teología Moral

Carlo Riz (Riz.)

CIBERNÉTICA

Recursos

Conclusiones ·

1. Definición Con este término (del griego κυβερνήτης = piloto) se denomina una nueva ciencia (Wiener) que, como sugiere precisamente su nombre, estudia los mecanismos que a guisa de pilotos regulan la conducta y la guía de las comunicaciones en las máquinas. Por analogía a lo que sucede en las máquinas algunos físicos y biólogos han intentado reducir a un común denominador, el cálculo matemático, el estudio de todos los fenómenos que implican comunicaciones entre estructuras organizadas. Así se ha tratado de establecer también una analogía entre la máquina y el sistema nervioso y en particular el cerebro. Éste es el tema que aquí nos interesa.

2. C. y actividad nerviosa El mecanismo fundamental de las máquinas modernas autocomandadas (o sea capaces de gobernarse y dirigirse por sí solas, como la calculadora electrónica y el aeroplano sin piloto) se denomina feed-back : término inglés, casi intraducible, al que corresponde hasta cierto punto la palabra contrarreacción. Reducido a su expresión funcional más esquemática, según ciertos autores el sistema nervioso es también una especie de máquina autocomandada, la cual fundada en las señalaciones que continuamente provienen de otros órganos y del ambiente externo modifica la acción de estos órganos y de todo el organismo para el logro correcto de su fin: el mantenimiento del individuo en las mejores condiciones biológicas.

Efectivamente, el hombre posee una especie de máquina autocomandada en el propio sistema nervioso vegetativo (o sea en la parte del sistema nervioso destinada a la regulación de las funciones vitales internas que se llama también sistema autónomo: nombre que implica el concepto de autorregulación, esto es, de regulación automática, independiente de la voluntad); y un ejemplo bastante fácil de cómo esta máquina explica sus actividades lo tenemos en el mantenimiento del llamado equilibrio ácido-base que es de fundamental interés para el normal funcionamiento de nuestro organismo.

Toda variación de la relación entre iones oxhidrílicos e hidrogeniones —p. ej., la acumulación de anhídrido carbónico en la sangre— estimula un centro bulbar, esto es, le envía señales particulares que le advierten del desequilibrio verificado; el centro bulbar, excitado de esta manera, transmite estímulos a los centros medulares de los músculos respiratorios, los cuales acelerando sus habituales movimientos, reavivan la respiración y facilitan la eliminación del anhídrido carbónico en exceso, hasta que el citado centro bulbar es advertido de que el equilibrio fisiológico entre las valencias ácidas y las básicas ha sido nuevamente restablecido. Una analogía menos destacada, pero siempre notable con la máquina autocomandada la encontramos examinando algunos procedimientos más simples de la vida de relación, como, p. ej., las acciones automáticas que componen nuestra vida cotidiana de hábitos.

Si analizamos una de estas acciones (como puede ser el gesto automático de espantar con la mano una mosca que se nos posa en la cara mientras estamos absortos en la lectura) nos damos cuenta de que implica una cantidad de elementos de señalación y de control que aparentemente tienen todas las características del feed-back de una máquina autorregulada. Apenas es avisado el cerebro, por medio de neuronas aferentes, de la existencia de un estímulo perturbador, entran automáticamente en acción procesos destinados a localizarlo y a valorar su entidad; por lo tanto, si el estímulo es trivial, común, habitual, el cerebro provee casi automáticamente (sin dar la alarma a las actividades conscientes, a las que es inútil apartar de su ocupación más importante: en nuestro ejemplo, la lectura), a fin de que de los centros parta una serie de impulsos que a lo largo de las neuronas eferentes vayan a los músculos destinados a cada movimiento cuyo conjunto constituye el acto idóneo para espantar la mosca importuna. Se trata de órdenes predispuestas desde el principio y que han sido impartidas una después de otra a medida que el acto se iba desarrollando.

Nótese además que desde el principio del movimiento los músculos entrando en acción envían sensaciones (esto es, señales) que subiendo por las vías sensitivas, alcanzan centros especiales destinados a regular los reflejos tónicos musculares y proporcionando la contracción o el relajamiento de los músculos agonistas y antagonistas del miembro corrigen la ejecución del movimiento. En cada instante, por lo tanto, por toda la duración de la acción que examinamos, impulsos y señales de todo género recorren el organismo, del ojo a la corteza, de la corteza a la mano (y viceversa) y vienen a constituir en su conjunto un feed-back análogo en diversos aspectos al existente en el aeroplano autocomandado, que corrige continuamente la ruta a medida que sus instrumentos le señalan las condiciones ambientales.

3. C. y funciones psíquicas Ésta y otras acciones bastante simples se reducen en último análisis a un juego de reflejos elementales, interpretables —hasta cierto punto— con los procedimientos de la c. Pero no se sigue de aquí precisamente que esta interpretación sea válida también para los fenómenos psíquicos, los cuales implican, por lo menos, tres distintas facultades: memoria (para retener los mensajes, las informaciones recibidas), asociaciones (para concordar los mensajes con los recibidos anteriormente y elaborarlos a fin de hacerlos utilizables), selección (mediante un razonamiento crítico del mensaje que entre tantos como se conservan tenga las características útiles en las circunstancias del momento). La c. ha tratado de acercarse a los esquemas más complejos de la funcionalidad cerebral superior introduciendo el concepto de los circuitos reactivos, esto es, de circuitos cerrados en los que las señales circulan continuamente con las características de un sistema oscilante de ritmo determinado.

Con este sistema funcionan las modernísimas calculadoras electrónicas (las cuales, precisamente por la semejanza de las funciones que desempeñan, han recibido el nombre de cerebros electrónicos). Estas a fin de poder utilizar, para operaciones ulteriores, los resultados de cálculos precedentes, han de conservar estos últimos por algún tiempo (como si fuesen capaces de memoria); esto se ha hecho posible de hecho precisamente mediante los circuitos reactivos en los que una señal (p. ej., el resultado de una operación) circula continuamente, volviendo continuamente al mismo punto. La analogía de algunas de estas máquinas, con ciertas propiedades del sistema nervioso, ha hecho nacer el deseo orgulloso de crear algo que repita en líneas esenciales las propiedades del cerebro humano. Así se han construido en estos últimos años el homeóstato (Ashby) y la tortuga electrónica (Grey Walter), la cual con un ingenioso conjunto de células fotoeléctricas, de mecanismos propulsores, etc., se dirige hacia la luz, evita los obstáculos y presenta otros comportamientos, a primera vista maravillosos, de un animal vivo.

Fáltale, sin embargo, a estos mecanismos —entre otras cosas— aquella variedad en la conducta, que se encuentra cuando estímulos y situaciones de suyo indiferentes se hacen estímulos condicionados y les falta sobre todo la libertad.

4.

Conclusiones Indudablemente en nuestro cerebro existen numerosos e importantes procesos (el lenguaje —p. ej.— o la escritura, o la portentosa memoria parcial de ciertos frenasténicos) que podemos comprender mejor con el auxilio de la c. Sin embargo, las máquinas inventadas por esta nueva ciencia no se parecen en nada a los procesos del cerebro humano. En realidad la analogía entre el cerebro y la máquina es solamente aparente, no sólo en relación con su constitución, sino también con la magnitud de sus respectivos rendimientos. Baste recordar que los 20.000 circuitos del autómata más perfecto ocupan un espacio enorme con relación a la capacidad del cráneo donde se albergan más de 10.000 millones de neuronas. En cuanto al rendimiento, el del cerebro mecánico está ligado a la lógica de los números, desarrollada únicamente en direcciones preestablecidas, mientras que el cerebro humano tiene la conciencia, la iniciativa, la elección de las acciones, condicionadas y moduladas por el tono afectivo, de donde nace una múltiple y casi infinita capacidad de pensamiento y de provecho. Entre la máquina y el cerebro existe, pues, un abismo insuperable.

La c. nos puede ayudar a adentrarnos en los meandros de la funcionalidad cerebral, con ventaja, como es de esperar, para la mejor comprensión de los problemas de la neurofisiología y de la neuropatología, pero el pensamiento escapa completamente a esta mecánica, aunque se sirva de ella como de un instrumento de trabajo. Riz.

Bibliografía

M. Gozzano, Attività elettrica e funzioni cerebrali , en Bollettino ed Atti dell’Accademia medica di Roma , LXXVII, 1951 (Ses. del 18 mayo 1951) N.
P. Wiener, Cybernetics, or control and communication in the animal and the machine , New York, 1948
J.
Puig, S. I., Recientes progresos en electrónica , Madrid.

Voces relacionadas

Internas