Diccionario de Teología Moral

Carlo Riz (Riz.) · Ludovico Bender, O.P. (Ben.)

ANIMALES (Protección de los)

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1. Nociones históricas y generales Corresponde a Inglaterra el mérito de haber fundado en 1824 la primera sociedad para la protección de los animales; instituciones semejantes han ido surgiendo en casi todos los Estados y las naciones civilizadas han considerado un signo de mejoramiento en las costumbres toda actividad y providencia legislativa encaminada a suprimir los actos de crueldad contra los animales. Han sido dictadas sanciones contra quienes maltratan los animales domésticos, se emplean métodos especiales e instrumentos particulares para suprimir sin hacerlos sufrir los animales peligrosos o los destinados a la alimentación humana, en conferencias y actos propagandísticos se trabaja para inculcar, sobre todo a los niños, el respeto a las bestias, con todo lo cual se ha contribuido eficazmente a mejorar las costumbres y hacer desaparecer las desagradables escenas de los seres racionales enfurecidos bestialmente contra los animales, olvidados si no de los dictámenes de la moral católica, al menos de las suaves enseñanzas de S. Francisco de Asís, amoroso patrono de todas las criaturas.

El sentido común tan equilibrado en los pueblos latinos encuentra tal vez excesiva la protección de los animales, tal como se practica en los países de lengua inglesa donde existen hospicios, clínicas especializadas y hasta ambulancias que transportan los enfermos a los sitios que conviene; y en realidad no puede menos de juzgarse excesivo semejante conjunto de providencias si se piensa en la deficiencia de los hospitales y de subsidios higiénicos que subsisten en los mismos países para con las clases inferiores de la sociedad y en el derroche de dinero, que podría encontrar empleo más útil al servicio del hombre. 2. Vivisección Mucho más discutida —y discutible— es la campaña desarrollada por la Sociedad protectora de los animales contra la vivisección. Con este último término no nos referimos a la operación cruenta ejecutada en un ser viviente —ya que en este caso habríamos de dar este nombre aun a las operaciones quirúrgicas efectuadas en el hombre—, sino a cualquier experimento biológico —operaciones, inyecciones de gérmenes, estudios de agentes farmacológicos o físicos, etc.— hechos sobre animales.

En general se ha tratado siempre de practicar la vivisección, reduciendo al mínimo los sufrimientos del animal en experimento; y hoy gracias a la anestesia general y local, la asepsia, la conservación de los animales en instalaciones higiénicas, etc., se ha alcanzado universalmente esta meta. La moral católica, consciente de los inmensos resultados conseguidos por la ciencia médica gracias a la vivisección, no se opone a este procedimiento, siempre que sirva —como investigación especulativa o como enseñanza práctica— al progreso de la ciencia. En el orden de la Providencia Divina los animales han sido efectivamente creados al servicio del hombre.

En los países protestantes las asociaciones protectoras de los animales han conseguido en casi todas partes que la ley controle estrictamente y discipline la vivisección: en algunos de ellos, como en Inglaterra, los investigadores están obligados a pedir licencia cada vez que han de practicarla, razonando su petición con los proyectos especulativos que han de exponer a personas que niegan con frecuencia su autorización por falta de preparación para comprender las ideas del experimentador, o bien se ve éste obligado a obrar clandestinamente con peligro de terminar ante el juez.

De aquí se sigue un obstáculo evidente —no conocido en los países católicos— para el progreso de la fisiopatología, que tiene su principal medio de estudio en la vivisección: « nam —como sentenció en el s. XVII Willis— aut hac via, scilicet per vulnera et mortes, per anatomiam, et quasi caesareo partu, in lucem prodibit veritas, aut semper latebit ». Nos encontramos aquí frente a una subversión de valores y del orden jerárquico de las criaturas querido por el Creador, que ha puesto al hombre como rey y, por lo tanto, como propietario y usufructuario de todos los seres inferiores. Riz.

3. Valoración moral Los zoófilos pierden de vista con frecuencia el fin para que fueron creados los animales, criaturas irracionales, que es el servicio y utilidad del hombre. La moral católica enseña que los animales no tienen ningún derecho sobre el hombre, pero éste debe tratarlos bien y no abusar de ellos, como criaturas que son de Dios. Es pecado —no fácilmente grave— maltratar a los animales, sobre todo porque este proceder hace al hombre duro, cruel e insensible incluso a los sufrimientos del prójimo. Pero no todo acto que produzca sufrimiento a un animal es un maltrato. Hacer sufrir a un animal sin razón ninguna y maltratarlo es ejercer un acto de crueldad. Pero si nosotros sufrimos por nuestro bien, es justo a fortiori que el animal sufra por ese mismo bien nuestro. Pero hacer sufrir a un animal sin razón proporcionada, o lo que es peor, gozarse en los sufrimientos causados a los animales y hacerles sufrir sólo por gusto es reprobable y cruel. Es necesario, pues, educar al pueblo y sobre todo a los niños para que se acostumbren a tratar bien a los animales y guardarles ese respeto que se debe a toda criatura de Dios.

La Sagrada Escritura lo recomienda (Prov., 12, 10; Éx., 29, 19); los Santos han sido siempre benignos y han dado ejemplo de dulzura para con los animales, de una manera especial S. Francisco de Asís. Ben.

Bibliografía

Marquise de Rambures, L’Église et la piété envers les animaux , París, 1908 C. Foà, Vivisezione , en EI , XXXV, 530
A. Palmerini, La protezione degli animali , en EI , III, 375
L. Scremin, Diccionario de moral profesional para médicos , Barcelona, 1953.

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