Diccionario de Teología Moral

Pietro Palazzini (Pal.)

ABANDONO (en Dios)

Recursos

1. Nociones El estado o espíritu de abandono en Dios es la conformidad completa con la voluntad de Dios, llena de amor y de entrega a la misma. Es una actitud de la vida espiritual de altísima perfección, pero que se puede prestar, si no se entiende bien, a muchos abusos. Los autores antiguos de ascética lo señalaban con el término resignatio ( Imitación de Cristo , III, 15, 17, 37; IV, 8).

2. Conformidad con la voluntad de Dios y grados de abandono El fundamento del acto o de la actitud del abandono es la doctrina de la doble voluntad de Dios y del hombre, presupuesto de perfección cristiana. La conformidad con la voluntad divina nos une directa e íntimamente con el que es la fuente de toda perfección. Sujetando a Dios nuestra voluntad, reinan todas las facultades, y todas éstas se ponen al servicio del Señor. Se puede decir, por lo tanto, que el grado de perfección depende del grado de conformidad con la voluntad divina. Ésta es doble: voluntad significada, la cual claramente indica lo que debemos hacer; y voluntad de beneplácito, la cual, por medio de los sucesos o acontecimientos providenciales, muestra cuál es el beneplácito de Dios. La voluntad significada comprende cuatro cosas: los mandamientos de Dios y de la Iglesia, los consejos, las inspiraciones de la gracia y, para los religiosos o religiosas y comunidades en general, las constituciones y las reglas. La obediencia a la voluntad de Dios significada es el medio normal para llegar a la perfección.

La voluntad de beneplácito se basa en el fundamento de que nada sucede contra la voluntad o el permiso de Dios, y que Dios, siendo infinitamente sabio y bueno, no quiere ni lo permite si no es por el bien de las almas, aun cuando no lleguemos a verlo. La conformidad con esta voluntad consiste en someterse a todo: sucesos providenciales, alegres o tristes, queridos o permitidos por Dios, para nuestro mayor bien y especialmente para nuestra santificación. En esta conformidad con la voluntad de Dios, aun frente a los fracasos, las humillaciones y las pruebas de toda clase, se pueden distinguir tres grados de abandono que corresponden a los tres grados de perfección cristiana: el incipiente, que movido del temor soporta solamente la cruz de Cristo (v. Resignación ); el proficiente, que movido por la esperanza lleva la cruz con cierto gozo; el perfecto, que consumado en la caridad, la abraza con ardor. El objeto del abandono es toda la voluntad divina manifestada por la voluntad de beneplácito o por la voluntad significada. Aun para los incipientes que se resignan a la voluntad divina hay una forma de abandono, una forma incipiente de la virtud del abandono.

Pero ésta se manifiesta sobre todo en los perfectos, que, guiados por el amor para glorificar a Dios, van al encuentro de las cruces, las desean y las abrazan con entusiasmo, no porque sean amables en sí, sino porque son un medio para manifestar nuestro amor a Dios. Llegan hasta sobreabundar de gozo en medio de las tribulaciones (San Francisco de Sales, Teótimo , l. IX, c. 16). Este último grado se llama santo abandono. Se presupone en los grados místicos más elevados. Como estado habitual no lo alcanzan sino muy pocos, no ya porque Dios niegue estas gracias, sino porque son muy pocos los que corresponden a ellas. 3. Efectos del abandono en Dios y falsas interpretaciones La conformidad con la voluntad de Dios produce la santa indiferencia para todo aquello que no es servicio de Dios. En la persuasión de que Dios es todo y la creatura nada, el alma no quiere sino a Dios y su gloria, quedando indiferente a todo lo demás. Esta es una indiferencia de estima y de voluntad; no es insensibilidad estoica, porque persiste la inclinación a las cosas que nos deleitan.

No es tampoco descuido en la gestión de lo que concierne al hombre en el ámbito temporal o imprevisión; más aún, todo esto puede formar parte de estrictos deberes. No es tampoco pasibilidad absoluta e inercia en la oración o en el combate espiritual; no es aceptación de los pecados propios antes de que ocurran, ni aceptación de la condenación propia, ni es tampoco absoluta indiferencia acerca de las virtudes y la perfección propia. Todas éstas son formas exageradas de abandono (v. Quietismo ). Este santo abandono a la voluntad de Dios causa una paz profunda, sabiendo que no ocurrirá nada que no sea útil a nuestra santificación (Rom., 8, 28), y nos conduce a la amistad íntima con Dios. Pal.

Bibliografía

M. Viller, Abandon , en DS , I
V. Lehodey, El santo abandono , Barcelona, 1950
T. Graf, Sí, Padre , Madrid, 1943
J. Schrijvers, El don de sí , Madrid, 1941
J. Brémond, Le courant mystique au XVIII siècle. L’abandon dans les lettres du
P. Milley , París, 1943.

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