UNIDAD (de la Iglesia)
La unidad es la primera propiedad que el símbolo Niceno-Constantinopolitano enuncia de la Iglesia y que nace de la naturaleza y del fin de la misma. Siendo, en efecto, la Iglesia «la unión del hombre con Cristo en forma social», no puede menos de ser una, como uno es Cristo y una es la estirpe humana que trajo Cristo con la Redención a la órbita de su divino influjo.
Esta deducción se confirma con la Sda. Escritura, que, sirviéndose de imágenes arquitectónicas («un edificio»: Mt. 16, 18), sociales («un reino»: Mt. 16, 19), antropológicas («un cuerpo»: Rom. 12, 4-6; I Cor. 12, 12-27; Efes. 4, 4), sacramentales («una esposa»: Efes. 5, 24-32), pastoriles («un redil»: Jo. 10, 16), pone de relieve esta propiedad de la Iglesia. El mismo Cristo en su oración sacerdotal al pedir al Padre «Ut unum sint» (Jo. 17, 20-22), presenta la unidad natural que reina en el seno de la Trinidad como arquetipo de la unidad mística que debe reinar entre los miembros de la Iglesia.
Esta unidad comprende la profesión de la misma fe (vínculo simbólico-dogmático), la participación de los mismos medios de salvación (vínculo litúrgico-sacramental), la sumisión a los mismos pastores, especialmente al Romano Pontífice, eje, centro y vértice de la unidad eclesiástica (vínculo jerárquico-social).
A la unidad de la fe se opone la herejía; a la unidad de la gracia causada por los Sacramentos se opone el pecado, que no separa de la Iglesia, sino que paraliza solamente al miembro dañado; a la unidad del régimen se opone el cisma.
La unidad no suprime la diversidad, no es un rasero para los diversos valores humanos, sino que más bien les da nuevo valor favoreciendo aquellas libertades que hacen de la Iglesia la esposa de Cristo «circumdata varietate». En la unidad dogmática reina la libertad teológica de las escuelas; en la unidad del culto resplandece la variedad de ritos que nutren la piedad de los fieles; en la unidad del régimen existen particularidades nacionales o regionales con que la jerarquía, imitando en cierto modo a Dios, que «disponit nos cum magna reverentia», respeta el carácter de los pueblos.
Sobre la unidad de la Iglesia escribieron tres magníficas Encíclicas León XIII, Satis cognitum, 1896; Pío XI, Mortalium animos, 1928; y Pío XII, Mystici Corporis, 1943.
Bibliografía
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