Diccionario de Teología Dogmática

Pietro Parente (P. P.)

PERSEVERANCIA (final)

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Es un gran don de Dios, por el cual el hombre se encuentra en el momento de su muerte en estado de gracia santificante y se salva. En realidad, la perseverancia abraza todo el desarrollo de la vida bajo el influjo de la gracia de Dios.

El hombre adornado de la gracia santificante, teniendo en cuenta la debilidad de su naturaleza herida por el pecado original y las tentaciones diabólicas, está siempre en peligro de perder la amistad de Dios, volviendo a caer en el pecado, no obstante sus propósitos en contra. Ordinariamente no existe en esta vida una estabilización del alma en la gracia que haga imposible, como en los bienaventurados, la recaída en la culpa.

Santo Tomás, con fino sentido psicológico, da de ello la siguiente razón: como la gracia santificante sana la mente, pero no extingue la concupiscencia, surgen en el hombre movimientos imprevistos de pasiones, las cuales no siempre consigue dominar el ánimo, que falla a veces en su vigilancia y diligencia: una tensión continua psicológicamente imposible. De aquí la culpa, que vuelve de cuando en cuando: resístese por algún tiempo, pero cansado de vigilar y combatir el hombre termina capitulando, aun deliberadamente.

El Conc. de Trento definió (Sesión VI, cap. 22) que el hombre adornado de la gracia santificante no puede perseverar en la santidad sin un auxilio especial de Dios. Más aún, según el mismo Concilio (cap. 18), el hombre santificado tiene necesidad de un particular auxilio divino para su perseverancia final, que es magnum donum velado por el misterio de la predestinación (v. esta pal.).

En realidad, el don de la perseverancia final es muy complejo, porque supone el estado de gracia santificante y requiere además un influjo continuo de gracia eficaz durante toda la vida y especialmente en la hora de la muerte, erizada de dificultades psicológicas y de tentaciones. Este don importa, además, una feliz disposición de la Providencia que asegure la unión entre el estado de gracia y el instante preciso de la muerte, del cual depende la suerte eterna del hombre.

Ciertamente el hombre debe colaborar con Dios, cooperar libremente con su gracia, para merecer la salvación eterna; pero es también cierto que aquel momento decisivo en el cual confluyen tantos elementos diversos está en las manos de Dios. El hombre no puede estar seguro de su perseverancia final, ni puede merecerla en el verdadero sentido de la palabra (v. Mérito); pero puede, según una feliz expresión de los Padres, merecerla con la oración (suppliciter merere).

Bibliografía

Sto. Tomás, , II-II, q. 137;
I-II, q. 109, aa. 9-10, y q. 114, a. 9;
, (PL, 44);
I. Jaroszkiewicz, , Kielce, 1932;
A. Michel, «Persévérance», en DTC.

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