PAPA
(gr. πάπας = padre): Es el nombre que la Tradición ha reservado al Obispo de Roma, el cual, como sucesor de S. Pedro, es el heredero del Primado sobre toda la Iglesia (v. Primado de S. Pedro, Pontífice Romano). Por esta prerrogativa el Papa es, desde hace veinte siglos, la más grande realidad en la historia de la Urbe y del Orbe.
Después que Constantino pasó la corte imperial a Bizancio, Roma, meta anhelada de los bárbaros, de los aventureros y de los conquistadores, que la amenazaron con periódicas invasiones, se hubiera convertido muy pronto en un montón de ruinas si su Obispo no la hubiera defendido. Desde León Magno a Pío XII, el Papa ha recibido ininterrumpidamente el título universalmente reconocido de «Defensor Urbis».
El Orbe a su vez consciente o inconscientemente gravita totalmente en torno al Vicario de Cristo. El mundo cristiano ha sido constituido, consolidado y defendido por el Papado. De Roma, como de un centro luminoso, se extienden los rayos que, rechazando las tinieblas del paganismo y de la barbarie, dilatan la esfera de la divina influencia. Irlanda, los Francos, los Germanos, los Países Escandinavos, los pueblos Eslavos, entran en la órbita luminosa de la Cruz, porque el Papa confió a Patricio, a Bonifacio, a Anscario, a Wilibrordo, a Cirilo, a Metodio, la missio canonica, que los convirtió en auténticos heraldos y avanzados del Evangelio.
Constituida de esta suerte la Europa cristiana, el Papa la unifica y consolida, creando el Sacro Romano Imperio, que sirvió para asegurar en la Edad Media el sentido de la unidad y de la universalidad. Cuando la amenaza de la Media Luna, la discordia de los príncipes rebeldes y el pulular de las herejías davan la cuña destinada a trocear el gran bloque de la cristiandad, el Papa levanta Cruzadas, fulmina anatemas, reúne Concilios. Y después que la fiebre del nacionalismo y la rebelión de Martín Lutero (verdadera parálisis del cristianismo) sembraron la confusión en la Europa cristiana, y el Jansenismo y Galicanismo hicieron su último esfuerzo por deshacer la trabazón interna de la Iglesia, el Papado reunió el Conc. Vaticano, destinado a neutralizar definitivamente y para siempre los últimos gérmenes disolventes de la unidad de la Iglesia. La Iglesia, concentrada en su Cabeza visible, después de haber dado al mundo cristiano cuanto le ha sido posible, vuelve hoy su mirada materna al mundo pagano, del que espera confiada una abundante compensación por la defección de tantos hijos.
Bibliografía
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