ORACIÓN
Se define comúnmente como una elevación del alma a Dios para expresarle los sentimientos y deseos propios. Psicológicamente la oración es un acto del entendimiento, mientras que la devoción es un acto de la voluntad, que se da prontamente al servicio de Dios; una y otra pertenecen a la virtud de la religión, que inclina al hombre a rendir a Dios la reverencia y el honor debido (Sto. Tomás). En sentido lato se suele llamar oración todo movimiento hacia Dios y toda obra hecha por Él. Pero estrictamente hablando la oración es la elevación de la mente a Dios (aspecto subjetivo) y una petición o súplica (aspecto objetivo).
El Padrenuestro es modelo divino de oración dictado por el mismo Jesucristo, quien nos dio ejemplo del uso continuo de la oración y nos exhortó a orar siempre.
La oración como acto de religión es un deber; pero es también una necesidad del alma, que siente sus debilidades y sus indigencias y se dirige humilde y confiadamente a quien puede ayudarla. La oración puede ser mental (silenciosa) y vocal u oral. El sonido de las palabras no sirve para comunicarse con Dios, que todo lo sabe, sino para excitar nuestros sentimientos y afectos.
Niegan el valor de la oración los que admiten el fatalismo o determinismo universal, negando el concepto de un Dios providente. Pero, aun admitida la divina Providencia, puede surgir una insidiosa dificultad: si la oración fuese válida mudaría los designios de Dios. Sto. Tomás responde que la divina Providencia ha dispuesto ab aeterno que algunos efectos estuviesen subordinados a la oración, la cual, por lo tanto, entra junto con los demás elementos dentro de los designios divinos.
El término de nuestra oración propiamente es sólo Dios Trino y Uno; sin embargo oramos también a la Sma. Virgen y a los Santos, para que intercedan por nosotros. La eficacia de la oración depende de la divina misericordia, pero ordinariamente es también proporcionada a la dignidad del que ora. El poder de intercesión de María lo expresan los Santos Padres con la frase: «Omnipotencia suplicante». Jesucristo oró en la tierra como Hombre, y de esta manera continúa, según S. Pablo, «interpellando» por nosotros en el cielo. También el pecador puede y debe orar de la mejor manera posible: Dios le escuchará no según la justicia, sino según su misericordia. Toda la Liturgia cristiana atestigua la utilidad, la belleza y la necesidad de la oración. V. Contemplación mística.
Bibliografía
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