MATRIMONIO
(lat. matris munus = oficio de la madre): Es el Sacramento que prepara a los nuevos candidatos al reino de Dios.
En las primeras páginas de la Sda. Escritura (Gen. 2, 23 ss.; cfr. Mt. 19, 4 ss.) se perfila la estructura del matrimonio como contrato natural (officium naturae). He aquí sus elementos: 1) ha sido instituido indirectamente por Dios por la constitución de los dos sexos, que por instinto natural se atraen, directamente por intervención positiva del Creador, narrada en el Génesis; 2) se constituye en cada caso por el mutuo consentimiento con que un hombre y una mujer se unen a los fines queridos por Dios; 3) se caracteriza por dos cualidades fundamentales: la unidad y la indisolubilidad, «dos en una sola carne»; 4) está orientado al fin principal de la procreación: «creced y multiplicaos» (Gen. 1, 27-28), al secundario de la ayuda mutua: adiutorium simile sibi (Gen. 2, 18), y al accesorio de disciplinar el instinto desordenado; 5) desde sus orígenes lleva consigo algo de sagrado, que todos los pueblos reconocieron en las ceremonias religiosas de que rodearon las bodas y que Dios reveló claramente en el N. T. poniéndolo como símbolo de la unión futura de Cristo con su Iglesia (Ef. 5, 32).
De la caída de Adán a la Redención no fue siempre observada la primitiva unidad e indisolubilidad, ni en el pueblo elegido, que por su dura cerviz alcanzó una especie de dispensa del mismo Dios, ni mucho menos entre los paganos, que, admitiendo el divorcio y la poligamia, descendieron muy pronto a aquel bajo nivel moral de que Cristo vino a libertar al mundo. En efecto, Él, ante todo, restituyó al matrimonio su primitiva pureza, volviendo a poner en vigor la ley de la unidad (Mt. 19, 9; Mc. 10, 11; Lc. 16, 18) y sancionando la de la indisolubilidad con la célebre frase: Quod Deus coniunxit homo non separet (Mt. 19, 6); después elevó la institución matrimonial a la dignidad de Sacramento.
Esta elevación esbozada en el modo de obrar de Cristo, sugerida más claramente por San Pablo (Ef. 5, 20-32) y enseñada abiertamente por la Tradición, levantó al orden sobrenatural el officium naturae y lo puso bajo la luz de la unión de Cristo con la Iglesia, de la que recibe su fisonomía propia. En efecto, así como la unión de Cristo con la Iglesia 1) nace de aquella generosa entrega, 2) por la cual Jesucristo en la efusión de su amor se da para siempre (indisolubilidad) a una sola Esposa (unidad), 3) para fecundarla espiritualmente, a fin de que se complete su Cuerpo Místico; así el matrimonio cristiano a) encuentra su génesis en la mutua entrega, expresada externamente en las palabras del contrato (rito sensible del Sacramento), b) que produce entre el hombre y la mujer un vínculo único, con absoluta exclusión de terceros, e indisoluble, duradero hasta la muerte, c) con el fin principal de la fecundidad, ordenada a multiplicar los ciudadanos del reino de Dios, al cual se agrega el fin secundario de ayudarse y confortarse mutuamente y el accesorio de mitigar el fomes de la concupiscencia.
Para la consecución de tales fines produce el matrimonio ex opere operato la gracia santificante y sacramental, que establece una orientación constante del organismo sobrenatural de los cónyuges, al cual va anejo un espíritu de rectitud en la procreación de la prole, de justicia y caridad mutua en levantar las cargas de la familia y en realizar la difícil misión de educar cristianamente a los hijos. Por su elevación sobrenatural el matrimonio se sustrae a la ingerencia civil y queda sometido a la vigilancia de la Iglesia, que determina las condiciones de validez del contrato conyugal, establece sus impedimentos y juzga de todas las causas relativas al vínculo sacramental (cfr. Conc. Trid., Ses. 24). Sobre la dignidad del matrimonio cristiano y los remedios contra los abusos modernos publicó Pío XI su espléndida Encíclica Casti connubii, 1930.
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