Diccionario de Teología Dogmática

Pietro Parente (P. P.)

INFIELES

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Según el sentido obvio de la palabra, infiel es el que no tiene fe (en sentido moral es quien no cumple sus promesas, sus obligaciones, sus deberes). La fe (v. esta pal.), entendida teológicamente como adhesión del entendimiento a las verdades reveladas por Dios, puede faltar por culpa del individuo o sin culpa suya. Distínguese, pues: a) el infiel positivo, que rehúsa su asentimiento a la verdad revelada propuesta como tal con pruebas suficientes; b) el infiel negativo, que de hecho no conoce la Revelación divina y por lo tanto no tiene manera de ejercitar un acto de fe.

El infiel propiamente dicho positivo o negativo es el no bautizado. Pero a veces se extiende también el nombre de infiel al bautizado caído en la herejía (v. esta pal.), que es la negación de alguna verdad de fe definida por la Iglesia, o en la apostasía, que es el abandono de toda la doctrina de la fe. El infiel positivo, el hereje y el apóstata, si lo son de mala fe, se cierran voluntariamente el camino de la salvación. Pero los que nacen en la herejía y en ella están de buena fe (herejes materiales, no formales), pueden salvarse aunque no hayan sido incorporados a la Iglesia Católica (cuya existencia o verdad ignoran invenciblemente) bajo la acción de la gracia divina.

El problema más grave es el de la salvación de los infieles que ignoran inculpablemente la Revelación divina y, por tanto, a Jesucristo y su Iglesia. Sin la Revelación no es posible la fe, sin la fe no es posible la salvación (S. Pablo y Conc. Trid.). Agrava la situación aquel conocido adagio: «Extra Ecclesiam nulla salus» (fuera de la Iglesia no hay salvación). Los teólogos tratan de resolver el problema de diversas maneras: 1) Dios quiere que todos se salven (I Tim. 2, 4 ss.) y a este fin da a todos las gracias suficientes y medios para salvarse, aunque estén fuera de la Iglesia, cuando se ignora su existencia; 2) Dios puede hacer que llegue alguna huella de la Revelación a los infieles para hacerles posible, bajo el impulso de la gracia, un acto de fe en que pueda iniciarse la salvación; 3) el que, bajo el influjo divino hace un acto de fe y alcanza después la santificación, adhiriéndose a Dios y a su voluntad, pertenece ya de alguna manera a la Iglesia (suele decirse: al alma de la Iglesia), y teniendo un deseo implícito del Bautismo pertenece también al cuerpo de la Iglesia in voto; 4) el infiel que muriese con sólo el pecado original, sin pecados personales, no iría al infierno, sino al limbo.

En todo caso, la salvación del infiel es más difícil que la de un cristiano. De aquí la importancia y necesidad de las Misiones.

Bibliografía

L. Capéran, , Toulouse, 1934;
E. Hugon, , París, 1927;
R. Lombardi, , Roma, 1943.

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