EVOLUCIONISMO
Es la teoría científica según la cual todos los seres vivientes actuales son resultado de una transformación progresiva de uno o más elementos primordiales. Se llama también transformismo. Esta teoría nació a principios del siglo pasado por obra del botánico francés Juan de Lamarck, y más aún del inglés Carlos Darwin, de quien tomó el nombre de Darwinismo.
Lamarck señalaba como causa de la evolución de las especies la adaptación al ambiente y la tendencia natural finalista de los organismos (factores internos). En cambio, Darwin la ponía en la selección natural y en la lucha por la existencia (factores externos). La teoría evolucionista recibió también una notable ayuda del holandés H. de Vries, quien sostenía haber mutaciones naturales verdaderas y propias en las plantas (Mutacionismo). La nueva teoría suscitó gran entusiasmo: el materialista Haeckel hizo de ella un arma de propaganda para su Monismo ateo, llegando incluso al fraude en sus experimentos científicos. Muy pronto, pasados los fervores del primer entusiasmo, comenzaron las dudas y los desengaños, cuando se pasó a un examen más cuidadoso de los hechos.
No es éste el lugar más a propósito para una exposición científica y una crítica adecuada de este complejo sistema. Interésanos tan sólo señalar su valor desde el punto de vista filosófico-teológico. El evolucionismo materialista ateo, filosófica y teológicamente, es tan absurdo como el materialismo y el ateísmo (v. estas pals.). Pero hay un evolucionismo teísta que quisiera incluso recibir el Bautismo cristiano; puede ser integral o parcial. El primero sostiene la evolución de todos los seres vivientes a partir de uno o muy pocos organismos primordiales hasta llegar al cuerpo humano (no al alma, que ha sido creada por Dios). El segundo, el parcial, admite una ampliación de varios organismos primitivos, aunque restringida al ámbito de los principales grupos o géneros.
El evolucionismo teísta en cualquiera de sus dos formas supone siempre un influjo de Dios, inmediato o mediato, en el desarrollo progresivo de los organismos. Sus secuaces recurren, aunque sin razón, a S. Agustín (v. Cosmogonía). Científicamente el evolucionismo no tiene base sólida: contra él se levantan muy graves dificultades de la sistemática, la geología, la paleontología y la embriología, que en un tiempo parecieron estar de su parte. La estabilidad de la especie es el escollo de todo el sistema.
Filosóficamente, si se prescinde de una directa intervención divina, el evolucionismo choca con el principio de causalidad que no admite que un efecto superior se derive de una causa inferior (lo más de lo menos). Teológicamente se podría en hipótesis conceder un evolucionismo parcial subordinado al influjo de la Causa Primera, tanto en el reino vegetal como en el reino animal, pero excluido el hombre, del que dice la Revelación que fue creado por Dios en el alma y plasmado en el cuerpo. Algunos teólogos, en sentido hipotético, no ven la imposibilidad de que el cuerpo humano se derive de los antropoides, por cuanto Dios podía servirse de materia ya organizada y adaptarla a recibir el alma racional. Pero tales concesiones se han de condicionar a la evidencia científica de las pruebas, que faltan hasta el presente. El evolucionismo, por lo tanto, se reduce, hoy por hoy, a una simple hipótesis.
Bibliografía
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