Diccionario de Teología Dogmática

Pietro Parente (P. P.)

ENCARNACIÓN

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(gr. σάρκωσις): Término que tiene su origen en las palabras del Prólogo del Evangelio de S. Juan: «Et Verbum caro factum est». El Verbo se hizo carne, es decir, Hombre (cambio característico de las lenguas semíticas usado en la Biblia, p. ejemplo, Gen. 6, 12). La equivalencia de los dos términos fue consagrada en el símbolo Niceno-Constantinopolitano, que dice del Verbo que fue σαρκωθείς (= encarnado) y ἐνανθρωπήσας (= hecho Hombre). La Encarnación se llama también en la Sda. Escr.: manifestación (de Dios) en la carne, epifanía, anonadamiento, economía.

Se puede entender bajo dos distintos significados: a) Como acción divina, que forma en el seno de María Virgen una determinada naturaleza humana y la une y la hace subsistir en la Persona del Verbo. Esta acción es común a las Tres Personas divinas, porque es acción ad extra. b) Como término de la acción divina, y es la unión misteriosa de la naturaleza divina y de la naturaleza humana en la Persona del Verbo. El Verbo encarnado es Jesucristo.

Necesidad: la Encarnación no era absolutamente necesaria, porque Dios podía reparar de otra manera las ruinas producidas por el pecado de Adán. Pero fue necesaria hipotéticamente, es decir, supuesta en Dios la exigencia de una reparación según las normas de la Justicia. Frente a esta exigencia, que se encuentra implícita en las fuentes de la Revelación, ninguna criatura podía reparar la ofensa hecha a Dios, que era moralmente infinita y que, por lo tanto requería un Hombre-Dios, capaz de morir y de reparar infinitamente.

Fin: en este punto no están de acuerdo las escuelas teológicas. Los Escotistas sostienen que la Encarnación fue querida por sí misma por Dios, independientemente del pecado de Adán, por lo que el Verbo se hubiera encarnado aunque Adán no hubiese pecado. En cambio, los Tomistas defienden la tesis de la Encarnación ordenada a la Redención como a su fin principal: por lo que si no hubiera habido pecado original, atendido el orden presente del mundo, el Verbo no se hubiera encarnado.

La primera opinión parece más grandiosa, pero la segunda se funda sobre los argumentos de la Revelación, que son decisivos cuando se trata de cosas que dependen de la libre voluntad de Dios. La Iglesia canta todos los días: «Qui (Verbum) propter nos homines et propter nostram salutem descendit de caelis et incarnatus est».

Bibliografía

Sto. Tomás, , III, q. 1;
Hugon, , París, 1913;
Cordovani, , Roma, 1945;
Scheeben, , Barcelona, 1951;
Michel, «Incarnation», en DTC;
v. también los tratados (Billot, Van Noort, D’Alès, Parente, Solano). * Andrés, , Madrid, 1940.

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