Diccionario de Teología Dogmática

Pietro Parente (P. P.)

CONTEMPLACIÓN

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Significa, en sentido genérico, la atenta observación visual e intelectiva de una cosa atrayente que hiere los sentidos y la inteligencia. Pero en sentido religioso la contemplación pertenece a la Mística (v. esta palabra) y se puede definir, con Santo Tomás (S. Theol., II-II, q. 180): una simple intuición de la verdad, cuyo motivo y término es el amor. Igualmente S. Buenaventura la define diciendo que es un conocimiento sabroso de la verdad.

Sobre la naturaleza de la contemplación hay dos corrientes en pugna: la intelectualista y la voluntarista; pero es preferible la vía media, acentúando la función intuitiva del entendimiento y añadiendo la función afectivo-volitiva que aguza el intuito. El objeto de la contemplación es Dios, sus misterios, sus obras, especialmente con relación al hombre. La contemplación admite grados, por los cuales el alma puede elevarse desde un fugaz intuito que la ilumina en un momento de gracia, hasta una prueba de la visión beatífica de la divina esencia, como la experimentó S. Pablo.

Por esto algunos autores (Lejeune, Poulain) distinguen una contemplación adquirida (actividad humana en cooperación con la gracia) y una contemplación infusa o propiamente mística (don exclusivo de Dios), la cual tendría como nota característica una percepción experimental de Dios acompañada de fenómenos psicológicos extraordinarios (éxtasis, estigmas, etc.). Otros autores recientes (Gardeil, Garrigou-Lagrange) prefieren reducir toda la vida contemplativa a una sola especie divina en varios grados, identificándola sin más con la vida mística, que sería un desarrollo progresivo de la vida sobrenatural que vive el cristiano en virtud de la gracia y de los dones sobrenaturales en Cristo y por Cristo.

Esta contemplación no lleva consigo necesariamente los fenómenos psíquicos extraordinarios que no le son esenciales, pero sí exige un conocimiento muy particular de Dios y de las cosas divinas, un conocimiento deleitable, que anticipa en cierto modo la visión beatífica a la que se ordena toda la vida sobrenatural. Los místicos le denominan conocimiento experimental, por analogía con la sensación, que es inmediata y muy viva. El místico contemplante, efectivamente, no sólo conoce a Dios, sino que en cierto modo lo siente presente en sí: más que una clara visión, la suya es una obscura percepción del Amigo divino, cercano a él en las sombras misteriosas. Ontológicamente hablando, el hombre santificado es templo de Dios que habita en él; psicológicamente, por la contemplación mística llega a experimentar la divina presencia.

Todos los cristianos pueden y deben aspirar, por medio de un sano ascetismo, a esta mística perfección espiritual en que la intuición y el amor de Dios preludian la vida eterna. Los fenómenos extraordinarios que acompañan a veces esta elevación del espíritu pueden determinar funestas desviaciones cuando el hombre los pretende, descuidando la vida sobrenatural del espíritu, que es al mismo tiempo don de Dios y conquista cotidiana. La oración (v. esta pal.) es como la trama de la contemplación mística.

S. Gregorio Magno en Occidente es maestro de la vida contemplativa, en quien se inspira Santo Tomás; en Oriente predomina el seudo-Dionisio Areopagita. En tiempos más cercanos a nosotros España ha dado dos grandes místicos: San Juan de la Cruz y Santa Teresa, glorias Carmelitanas, que nos han dejado descripciones maravillosas de sus experiencias sobrenaturales. En Italia son dignos de recordar S. Francisco de Asís y Sta. Catalina de Sena, con sus preciosos escritos.

Bibliografía

Poulain, , 1906;
A. Gardeil, , París, 1927;
Garrigou-Lagrange, , 1923;
Grabmann, , Milán, 1930;
A. Stolz, , Madrid, 1951;
A. Tanquerey, , París, 1928;
P. Lejeune, «Contemplation», en DTC;
Fonck, , ibid. * Arintero, , Madrid, 1952;
Delgado, , Madrid, 1943.

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