CARIDAD
Es una virtud infusa, comunicada junto con la gracia, que inclina a la voluntad a amar a Dios por ser quien es.
Las tres virtudes teologales (fe, esperanza y caridad) tienen a Dios por objeto, pero en tanto que la fe mira a Dios como no visto, y la esperanza tiende a Dios como a bien no alcanzado, la caridad tiende, y se adhiere a Dios como a bien absoluto en sí mismo. La primacía de la caridad la afirma claramente S. Pablo en una bella página de la I Cor., c. 13: «Ahora permanecen estas tres virtudes: la fe, la esperanza y la caridad, pero de las tres es la caridad la más excelente.» Añade el Apóstol que en esta vida nada vale, ni siquiera el martirio, sin la caridad, y en la otra cesarán la fe y la esperanza, pero la caridad no se extinguirá jamás.
No menos luminoso es el testimonio de San Juan sobre la excelencia de la caridad: define a Dios con esta expresión de Caridad y revela la eficacia de esta virtud al determinar una mutua inmanencia entre Dios y el hombre: «Dios es caridad y quien permanece en la caridad permanece en Dios y Dios en él.» (I Jo. 4, 16.) Por lo demás, todo el Evangelio es el gozoso mensaje del amor. Este motivo fundamental de la Revelación lo encontramos ampliamente desarrollado por los Padres, especialmente por San Agustín.
Para la Teología basta recordar la doctrina de Sto. Tomás, quien, a pesar de su tendencia intelectualista, admite el primado de la caridad (al menos en esta vida) y da de ello profundas razones. Según Sto. Tomás la excelencia de la caridad se demuestra principalmente por su objeto o motivo formal, que es la bondad de Dios considerada absolutamente en sí misma; por esto la caridad no es amor interesado («amor concupiscentiae»), sino amor de pura amistad («amor benevolentiae»), que busca y descansa no en el bien propio, sino en el bien del amado. Aun cuando la caridad nos hace amar las criaturas, su motivo es siempre la bondad de Dios, que resplandece en ellas. Demuestra además el Sto. Doctor que la caridad es la raíz, el motor y la forma de todas las demás virtudes, porque tiene por objeto el fin último, Dios, en sí mismo, a quien la caridad ordena toda la actividad sobrenatural del espíritu con un influjo continuo latente o manifiesto. La caridad está ligada tan íntimamente con la gracia santificante (Escoto y otros las identifican) que con el pecado se pierden las dos, mientras que las demás virtudes quedan, si bien en condiciones de esterilidad (virtutes informes).
La caridad puede ser más o menos perfecta, pero de su grado de intensidad y de pureza depende toda la vida moral del hombre y su suerte eterna: «Caritas ergo inchoata, inchoata iustitia est; caritas provecta, provecta iustitia est.» (San Agustín, De natura et gratia, 70.) En el amor de Dios distinguen los teólogos varios grados desde varios puntos de vista; es sobria y eficaz la distinción de Sto. Tomás (S. Th., II-II, q. 24, a. 9): primer grado, de los principiantes (desprendimiento del pecado, liberación de la esclavitud de las pasiones); segundo grado, de los proficientes (lucha tenaz por la conquista estable del bien); tercer grado, de los perfectos (adhesión a Dios, preludio de la vida bienaventurada).
Bibliografía
Sto. Tomás, , II-II, q. 23 ss.;
H. D. Noble, , París, 1927;
R. M. Schultes, , en «Divus Thomas», 1928, pp. 1-28;
M. Cordovani, , Roma, 1939, pp. 435-507;
F. Dentinle, , Turín, 1930;
P. Parente, , en «Acta Pont. Acad. Rom. S. Thomae», 1945, X, p. 197 ss.;
R. Balduccelli, , Roma, 1951. * Beraza, .