BIENAVENTURANZA
Es la última perfección del ente intelectual. Boecio la define: «Estado perfecto por la acumulación de todos los bienes.» (De Consol. philos., III, 2.)
La Bienaventuranza se puede considerar objetiva y subjetivamente (formaliter): en el primer sentido es el bien sumo, capaz de hacer feliz al ente intelectual; en el segundo es la felicidad del sujeto intelectual, que goza de aquel bien. Escoto y en parte S. Buenaventura sitúan preferentemente la bienaventuranza en un acto de voluntad (amor); Sto. Tomás, en cambio, la coloca en el entendimiento (cognición), tras del cual se mueve la voluntad. Para el hombre en el estado actual la bienaventuranza consiste en la visión beatífica (v. esta pal.), es decir, en la visión intuitiva de Dios en su esencia (fin supremo sobrenatural).
Pero la bienaventuranza compete a Dios sobre todo en grado sumo: Él es de hecho objetivamente el bien sumo; subjetivamente se conoce y se ama infinitamente, y por ello es infinitamente feliz. Esta divina beatitud no puede ser aumentada ni disminuida por las criaturas. Cuando la Revelación habla del dolor o del aumento de gozo en Dios usa un lenguaje figurado, para hacerse entender de los hombres. Con la Encarnación Dios se puso en condiciones de poder gustar nuestras alegrías y nuestros dolores con corazón humano.
La palabra Bienaventuranza se usa también para significar las ocho normas promulgadas por Jesús en el Evangelio (Mt. 5, 3-11): «Bienaventurados los pobres... Bienaventurados los mansos...», etc. Se designan también bajo el nombre de Sermón de la Montaña, y son la síntesis del mensaje evangélico.
Bibliografía
Sto. Tomás, , I, q. 26;
Sertillanges, , París, 1925, I, p. 273;
P. Parente, , en «Acta Pont. Acad. Rom. S. Thomae», 1945, p. 197 ss.;
A. Portaluppi, , Roma, 1942;
«Béatitude» y «Béatitudes Évangéliques», en ;
Ramírez, S., , Madrid, 1942-1947.