Diccionario de Teología Moral

Gregorio Manise, O.S.B. (Man.)

BIENAVENTURANZA

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Índice interno:

1. Posición del problema ·

2. Solución del problema ·

1. Posición del problema La b. se puede considerar objetiva y subjetivamente. La b. objetiva (fin último objetivo) es el objeto capaz de saciar plenamente todas las necesidades del ser intelectual, es decir, de dar a éste su última perfección. La b. subjetiva (fin último subjetivo, o formal) consiste en la perfección plena del ser intelectual, de manera que no le quede ya nada que desear. Entre los antiguos filósofos paganos hubo algunos (Platón, Aristóteles) que dijeron que sólo la contemplación de Dios o la asimilación a Dios hace al hombre perfecto. Sostienen algunos que para el hombre no hay otro fin, ni más elevado, que contribuir al progreso del universo (panteístas), o de la cultura de la humanidad (Schleiermacher, Wundt), o también al aumento de la prosperidad material de la colectividad (marxistas). Ponen otros la b. del hombre en la posesión de bienes terrenos y en el goce de los sentidos y del espíritu (materialistas, hedonistas), o en el ejercicio de la virtud (estoicos, Kant). Los pesimistas se contentan con un fin negativo que consiste en la liberación de toda miseria con la extinción de la autoconsciencia.

2. Solución del problema De la naturaleza de nuestras facultades espirituales, que tiene por objeto el ser y el bien sin límites, resulta que sólo un Ser infinito, Dios, puede saciar toda nuestra exigencia y colmar todo nuestro deseo; cualquier bien finito, por noble y grande que sea, deja necesariamente en nosotros un vacío sin saciar; por otra parte es un hecho conocido por la experiencia que los bienes materiales, los honores y los placeres, incluso los espirituales, no hacen al hombre plenamente feliz. La perfección plena, o sea, la b. subjetiva del hombre se tiene sólo en la unión más íntima posible e imperecedera con el Bien infinito, unión que se realiza por medio del conocimiento y del amor y al cual va unido un elevadísimo gozo. En el orden puramente natural (que era posible, pero que no ha existido jamás) el hombre no hubiera podido conocer a Dios, sino por medio de las criaturas y por lo tanto analógicamente, y no hubiera podido amarlo más que con un amor natural.

En el orden sobrenatural (único efectivo), el hombre ha sido llamado a ver a Dios intuitivamente, es decir, sin ningún medio intermedio, cara a cara (I Cor., 13, 12; 1 Jn., 3, 2; Benedicto XII, Denz. 530; Concilio Florentino, Denz. 693). La visión de Dios que no cesará jamás y el amor sobrenatural de Dios con el gozo inefable unido a ellos hacen al hombre sumamente feliz, aun en el estado de separación del alma del cuerpo.

Sin embargo, en el juicio final el cuerpo, dotado de cualidades especiales, será unido de nuevo al alma, y tendrá parte de su b. La felicidad plena está reservada a la vida futura. En esta tierra puede existir tan sólo una b. imperfecta, que consiste principalmente en el conocimiento y amor de Dios, pero que requiere también la buena disposición del cuerpo, los bienes materiales necesarios a esta buena disposición, así como la ayuda y consorcio de los demás. Man.

Bibliografía

A. Gardeil, Béatitude , en DTC , II, 497-516 J. de Blic, Béatitude , en DS , I, 1297-1298 M. D’Hulst, La morale cristiana e sociale , I, Torino, 1938
P. Ramírez, De hominis beatitudine , Madrid, 1947.

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