Diccionario Bíblico

Francesco Spadafora

SACERDOCIO (N. T.)

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El sacerdocio cristiano, fundado por el Redentor, Dios y hombre, es la meta y el coronamiento de las aspiraciones y manifestaciones sacerdotales que se hallan en la base de casi todas las 524Areligiones; el punto de llegada y de superación de la organización sacerdotal unitaria del Antiguo Testamento. El Hijo de Dios se convierte al encarnarse en mediador único, en sacerdote supremo y definitivo, entre Dios y la humanidad. Todo el culto y todo el sacerdocio del Antiguo Testamento se sublima en Él, lo mismo que el tabernáculo o Templo de Israel se sublima en el Cielo, Santuario en el que Jesús, después de su victoria sobre el pecado y sobre la muerte, eterniza el culto místico de su sacrificio redentor, que es único, porque es completo, perfecto, y su valor infinito y eterno, como infinita y eterna es su eficacia (Hebr. 5-10). Hebr. y Ap. explican cómo Jesús, crucificado y resucitado, es el supremo sacerdote, y que es único, porque es eterno, divino y eterno; su muerte es el sacrificio, es el cielo en donde está sentado con gloria, es el templo que se yergue sobre la tierra. Pero este sacerdocio espiritual no excluye el culto externo y social, antes lo requiere.

Jesús (« sacerdos suae victimae, victima sui sacerdotii », San Paulino de Nola) transmitió a sus «doce» Apóstoles su misión sobrenatural de salvación, que juntamente con el poder de gobierno y de magisterio llevaba consigo el oficio sacerdotal de mediación y de propiciación (Jn. 20, 21). Especialmente les comunicó, a ellos y a sus sucesores, «hasta la consumación de los siglos» (Mt. 28, 20) el poder de renovar el sacrificio eucarístico (Lc. 22, 19; I Cor. 11, 24 s.), de bautizar (Mt. 28, 19 s.), de perdonar los pecados (Jn. 20, 22 s.; Mt. 18, 18), funciones que son el ejercicio del sacerdocio de Jesús que, inmolándose a sí mismo, «quita el pecado del mundo» (Jn. 1, 29) y perpetúa tal sacrificio y lo aplica mediante los sacramentos. Entre los cristianos se perpetúa «el misterio de la reconciliación», idéntico al de Cristo (II Cor. 5, 17-21): el ministerio de los Apóstoles y de sus sucesores es, juntamente con el de Cristo sacerdote, uno de los dos aspectos de la redención del mundo.

Los Apóstoles, «ministros ( ὑπηρέται ) de Cristo y distribuidores ( οἰκονόμοι ) de los misterios de Dios » (I Cor. 4, 1), transmitieron su autoridad, prolongación de la de Cristo en el tiempo y en el espacio, a fieles anteriormente elegidos mediante la imposición de las manos (Act. 13, 3; 14, 22; I Tim. 4, 14; 5, 22; II Tim. 1, 6). Pero el título explícito de ἱερεῖς del N. T. queda reservado para Cristo, que es el único sacerdote. Hasta la segunda mitad del s. II jamás se da el título de ἱερεῖς a los sucesores de los Apóstoles, participantes del sacerdocio de Cristo, incluso por evitar 524Bconfusiones con el sacerdocio judío o pagano: llámaseles episcopi y presbyteri .

El título de πρεσβύτερος «anciano» (lat. presbyter , de donde proviene «preste», término que se ha hecho exclusivo en muchas lenguas modernas: prêtre , priest , Priester ), muchas veces es equivalente a ἐπίσκοπος («vigilante»). Los presbíteros eran «segregados» (Act. 13, 2), como los Apóstoles (Rom. 1, 1; Gál. 1, 15), como los sacerdotes de Israel. Cuando menos en el año 100, «en cada ciudad» (Tit. 1, 5) se colocaba a un solo obispo al frente de todas las iglesias locales (Ap. 2-3; epistolario de S. Ignacio); a ellos se les comunicó en su plenitud la autoridad apostólica (Clemente Romano, Ad Cor. , 40-42), y juntamente con ellos al colegio de los «presbíteros» (en el N. T. y en los Padres apostólicos aparecen en plural) que los rodea y ayuda.

El obispo, juntamente con los presbíteros, formaba en toda iglesia local el grupo (Act. 20, 18-28 = presbíteros — obispos de Éfeso) de los «prebostes» ( προϊστάμενοι : I Tes. 5, 12; Rom. 12, 8; cf. I Tim. 5, 17) o «superiores» ( ἡγούμενοι : Heb. 13, 7-17.24). Más adelante se inculcará la distinción precisa entre el sacerdocio pleno del obispo y el de los simples presbíteros (Conc. Trid., Sess. 23; Denzinger-Umberg, nn. 957-968).

El poder sacerdotal se comunica mediante el sacramento del Orden (imposición de las manos), que imprime indeleblemente en el alma el carácter o «sello» del sacerdocio de Jesús, ya que Jesús es el único sacerdote del Nuevo Testamento, y los Apóstoles, los obispos y los presbíteros no son sacerdotes por título propio, sino únicamente en cuanto son los continuadores y como embajadores de Jesucristo (II Cor. 5, 17-21; cf. I Cor. 4, 1).

Así como todo Israel estaba ya investido de una misión sacerdotal entre los pueblos (Éx. 19, 6), así todos los cristianos constituyen el «regio sacerdocio» (I Pe. 2, 5; Ap. 1, 6; 5, 10) mediante su participación de Cristo, sellada con el carácter bautismal y del santo crisma; son mediadores entre Dios y la humanidad infiel, dirigiendo hacia Dios toda su vida y su acción, y ofreciendo el sacrificio eucarístico mediante el sacerdote consagrado y en unión con él; pero tal sacerdocio ha de entenderse en sentido lato e indirecto, pues los simples fieles no son «distribuidores de los sacramentos de Dios». Los protestantes, al propugnar la igualdad democrática entre todos los cristianos, niegan las prerrogativas del apostolado y todo sacerdocio propiamente dicho en el seno del cristianismo (Lutero, De captivitate babylonica , 525Aen Opera omnia , ed. Weimar, t. VI, pp. 561-566).

Después de Lutero se reivindica la base del poder y de la autoridad religiosa en favor de la comunidad, con exclusión de todo mediador y todo superior de derecho divino: todo bautizado y creyente es sujeto y fuente exclusiva del sacerdocio, supuesto que la religión es un «asunto privado» que se explica cumplidamente en la vida religiosomoral del individuo. Entre los protestantes, el párroco o ministro del culto, que se reduce a la predicación y al símbolo bautismal, llega a ser tal por encargo o elección de la colectividad, que lo elige de entre los más aptos por su cultura. En el tiempo de los Apóstoles, la consagración sacerdotal del nuevo presbítero era conferida por el colegio de los presbíteros durante una solemne asamblea litúrgica mediante la imposición de manos y la oración (Act. 13, 3; c. 6, 6; I Tim. 4, 14; 5, 22; II Tim. 1, 6). En el s. II ya se había desarrollado el rito, especialmente en la liturgia romana.

El más antiguo formulario que se conoce está en la Traditio Apostolica (año 200) de San Hipólito de Roma: imposición de las manos del obispo consagrante y de los presbíteros presentes sobre la cabeza del elegido, con una oración de consagración elevada por el obispo a Dios Padre. Este rito se propagó considerablemente. En el 350 el Sacramentario de Serapión (n. 27) presenta una breve oración análoga para ser pronunciada sobre los ordenados durante la imposición de las manos; y también es análogo el rito que figura en Constit. Apostol. VIII, 16, año 400 (ed. F. X. Funk, 1905, I, pp. 250 ss.; II, pp. 188 ss.), y más adelante, año 420, en el Testamentum Domini (ed. J. E. Rahmani, 1899, pp. 68 s.). El Seudo Dionisio (h. 500) en una interpretación mística del rito hace mención de la lectura de los nombres y del beso final de paz ( Eccl. Hier. en PG 3, 509.516). El rito romano antiguo se halla descrito en el Sacramentarium Leonianum (s. VI), en el Sacramentarium Gregorianum (s. VIII), y en los Ordines Romani (siglos VIII y IX). La unción de las manos proviene del rito galicano ( Statuta Ecclesiae antiqua de San Cesáreo de Arlés, en PL 56, 879 ss.).

En el siglo IX aparecen fusionados los elementos romanos y los galicanos en el rito milanés, que practica la vestición de la casulla, llevado a Roma en el s. X, juntamente con la entrega de los instrumentos (cáliz y patena). Habiendo sido constituido por vocación divina (II Tim. 1, 9-10; Hebr. 5, 4), el sacerdote del N. T. participa del sacerdocio de Cristo, único y eterno (Heb. 7, 24 s.; 8, 1, ss.), que 525Bresplandece en la gloria celestial (Ap. 5), único sacerdocio que ofrece un sacrificio perfecto y salvador (Heb. 9-10); y de él participa para ejercerlo entre los fieles. Es inmensamente superior al mosaico (II Cor. 3, 7 ss.), pues continúa y aplica la redención de Cristo (II Cor. 5, 17-21), e irradia su verdad, su vida (Jn. 1, 6 ss.; 17, 7; Flp. 2, 17), su amor (Jn. 21, 15 ss.). La misión sacerdotal es ensalzada en el N. T. como luz, conservación de la vida, legación y función divina, continuación necesaria de la obra salvadora de Jesús (Mt. 5, 13 ss.; 9, 38; I Pe. 5, 2; I Tim. 5, 12-17; II Tim. 2, 3 s., etcétera).

De tan sublime dignidad provienen deberes de santidad y de abnegación, que se inculcan especialmente en las epístolas pastorales: conservar la gracia de la vocación y corresponder a ella (II Cor. 4, 6; II Tim. 1, 6-14), llevar una vida irreprensible (I Tim. 4, 12 ss.; 6, 11 ss.; II Cor. 6, 3 s.), prudencia (II Tim. 2, 1 ss.), humildad y abnegación (I Cor. 3, 7; Gál. 1, 10), amor a Cristo y confianza en Dios (II Cor. 4, 7 ss.); paciencia y amor al prójimo (II Tim. 2, 22 ss.).

Bibliografía

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