Diccionario Bíblico

Francesco Spadafora

POBREZA Y RIQUEZA

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En el Antiguo Testamento, respecto de la retribución colectiva de la nación, en cuanto tal, la prosperidad temporal era considerada como bendición de Dios y premio de la observancia de los divinos preceptos: cf. Lev. 26; Dt. 28, y en diferentes lugares de los libros proféticos. Trátase de una sanción proporcionada al sujeto. Así, de un modo análogo, para cada individuo en particular se consideraba la riqueza como bendición y premio de Dios, la pobreza como castigo. La razón está en que los hebreos, como los antiguos semitas, tenían una idea elevadísima de la justicia divina, y querían comprobar, tocar con la mano las correspondientes sanciones, entre las cuales la miseria para el pecador o sus descendientes, la riqueza para el justo (cf. Sal. 109 [108]). Pero era notoria la prosperidad del impío, por lo que a la retribución personal de aquí abajo la literatura sagrada de los hebreos —único ejemplo entre los semitas— añade la retribución de ultratumba, que compensa y subsana todo desequilibrio (cf. Sal. 49; 73 [48; 72]; en Rivista Bíblica 1 [1953] 207-215).

El problema general se trata en Job (v.) con la tajante afirmación de que los padecimientos (y por lo mismo también la pobreza) pueden afectar al justo, para probarlo, para purificarlo. Y en los Salmos, en los libros Sapienciales, se alaba al pobre que se mantiene fiel a Dios, en oposición con el rico necio: cf. Prov. 19, 1.22; 28, 6; Ecl. 4, 13; 6, 8; 9, 15, etc. Muchas veces en los Salmos el pobre perseguido no es otro que el justo que sufre por permanecer fiel al Señor, en cuya protección y Providencia confía. En la nueva Economía, en el reino espiritual del amor fundado en el Redentor, los valores humanos ceden resueltamente el puesto al único valor inmutable y real, el del alma adornada de la gracia , hija de Dios, heredera del cielo.

En las Bienaventuranzas (v.), preludio 469Ade la carta magna del Reino, Jesús fijó con acentos sublimes este trastrueque: «Bienaventurados los pobres.» «Ay de los que anhelan las riquezas, de los que ponen en ellas su consuelo.» Los desfavorecidos de la fortuna, los «hambrientos y sedientos», que aceptan tal estado como venido de manos del Señor, están en situación ventajosa para acoger su invitación: «El que quiera venir en pos de mí, tome su cruz asiduamente y sígame» (Mt. 16, 26; Lc. 9, 23). Y Jesús precisa su enseñanza (Mt. 5; 6). Lejos de ser un estado privilegiado, las riquezas constituyen un peligro. No hay obligación alguna de deshacerse de ellas, pero sí el deber de emplearlas bien, subordinándolas al precepto fundamental y único, el del amor de Dios y del prójimo (cf. Mc. 10, 17-25). En efecto, si la riqueza es un peligro, una tentación, hay otra cosa que es más fuerte, más poderosa, que ayuda al hombre, siempre que éste lo quiera, a vencer incluso ese obstáculo: esa cosa es la gracia (v.) de Dios.

La limosna (v.) es el medio que se nos ofrece para la reparación, cuando se trate de riquezas mal adquiridas. «Vosotros limpiáis la copa y el plato por de fuera, pero vuestro interior está lleno de rapiña y de maldad. Dad el contenido en limosnas, y todo será limpio para vosotros» (Lc. 11, 39.41). La parábola del pobre Lázaro y del rico, cuyo corazón estaba cerrado a la caridad y era insensible para los bienes del espíritu (Lc. 16, 19-31), confirma y sintetiza los diferentes elementos ahora expuestos.

En I Tim. 6, 5-17, San Pablo se hace eco de las enseñanzas de Jesús: «En cuanto a aquellos que quieren enriquecerse... y por la intensidad de su deseo muestran cuán apegados están a las riquezas, caen en tentaciones, en lazos y en muchas codicias locas y perniciosas que hunden a los hombres en la perdición y en la ruina, porque la raíz de todos los males es la avaricia, y muchos, por dejarse llevar de ella, se extravían en la fe..., y a los ricos encárgales que no sean altivos ni pongan su confianza en la incertidumbre de las riquezas, sino en Dios, que abundantemente nos provee de todo, para que lo disfrutemos, practicando el bien, enriqueciéndonos de buenas obras, siendo liberales y dadivosos y atesorando para lo futuro con qué alcanzar la vida eterna». En la graduación que va desde lo estrictamente necesario para la eterna salvación hasta el más alto grado de la perfección cristiana hallamos estas dos máximas evangélicas: «No 469Bpodéis servir a Dios y a las riquezas», es preciso elegir; la justicia y la práctica de la caridad (Mt. 6, 24; cf. Col. 3, 5), y la otra: «Si quieres ser perfecto, vete, vende cuanto tienes y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo, y ven, y sígueme llevando la cruz» (Mc. 10, 21).

Bibliografía

F. Spadafora, Temi d’esegesi , Rovigo 1953, pp. 320-44. A. Gelin, Les pauvres de Yahvé ( Testimonios de Dios , 14), París 1953.

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