PARAÍSO terrenal
Jardín ameno plantado por Dios y entregado por Él a nuestros primeros padres para que fuera su feliz morada (Gén. 2, 8; 3, 24). En el texto hebreo se emplea, para designarlo, el término súmero gan , que significa «vergel», terreno rico de aguas y de vegetación. Los Setenta, pensando en los bellos parques de los señores persas, lo tradujeron por παράδεισος (Gén. 2, 8, etc.), y después de ellos las antiguas versiones latinas y San Jerónimo «paradisus», de donde ha pasado, como nombre propio, a nuestras lenguas. Esa palabra procede de la persa «pairi daeza», que significa recinto, y, por tanto, «huerto con muro de cerca». En la literatura hebrea no aparece hasta bastante tarde el término «pardés» = jardín (Neh. 2, 8; Cant. 4, 13; Eclo. 2, 5). La Biblia nos dice que Dios había plantado «al oriente» (de Palestina ), en una región llamada «Edhen» (del acadio edinu = campo abierto, que a su vez procede del súmero edin = campo fértil y de regadío), rica de espléndida vegetación, en medio de la cual estaban los dos árboles de la vida (por el efecto de sus frutos) y de la ciencia del bien y del mal (por el efecto que siguió al pecado), y refrescada por abundancia de aguas (Gén. 2, 8-14; 3, 5.22).
Estas aguas, al salir del paraíso terrenal, se dividían en tres cauces o ríos cuyos nombres eran Phison (Pisón), que recorre la tierra de Evila, rica de oro; Gedhon (Guijón), que cruza el país de Cus; Tigris (Jidequel) y Éufrates (Perat). Después del pecado (v.), Adán y Eva fueron arrojados del paraíso terrenal, en cuya puerta puso Dios querubines con espada desenvainada para impedir la entrada en él (Gén. 3, 22-24). El recuerdo de este delicioso jardín, en el que Dios se comunicaba familiarmente con nuestros primeros padres (Gén. 3, 8), aparece muchas veces en la Biblia como término de comparación para significar la gran felicidad y abundancia (Gén. 13, 10; Cant. 4, 13; Eclo. 24, 41; 40, 17.28; Ez. 28, 13; 31, 8; 36, 35; Jl. 2, 3) que sobrevendrá en 445Blos tiempos mesiánicos (Is. 31, 3; 51, 3; Ez. 47, 12; Zac. 14, 8). Localización del paraíso terrenal. Es difícil, por no decir imposible, resolver tal problema, porque los datos geográficos que nos proporciona Moisés son vagos y en parte equívocos (por ejemplo, respecto de la región de Cus, con cuyo nombre hay una en Asia y otra África; Gén. 11, 7-8.29), y no siempre identificables, al menos para los que vivimos en los tiempos modernos.
Así no hay que extrañarse de que existan cerca de ochenta opiniones sobre ello. Hoy hay la tendencia a ver en la descripción de Moisés (dado el que el hombre fué creado al menos 100.000 años a. de J. C.), la idealización de un lugar que realmente existió, con un cuadro geográfico entonces conocido (A. Bea, P. Heinisch, J. Coppens, F. Ceuppens, J. Chaine, etc.). Sería, pues, trabajo duro y poco útil el empleado en señalar con exactitud el emplazamiento del paraíso terrenal basándose en elementos del texto, el cual nos autoriza a pensar en la región mesopotámica: o la septentrional (E. Kalt, A. Sanda, H. Gressmann, etc.) en la región de los lagos Wan y Urmia, donde nacen el Tigris y el Éufrates; y en tal caso el Pisón podría ser el Fasis o el Tsoroch en la Cólquida; el Guijón sería el Araxes, y el Cus la acadia Kas; o bien la centromeridional, y entonces los dos ríos desconocidos serían dos canales (Fr. Delitzsch, J. Theis, K. Jensen, A. Deimel). Hay quien piensa en Arabia (I. Feldmann), y hasta en Germania, etcétera. Historicidad.
Por más que se admita en la narración la presencia de innegables elementos literarios, no puede menos de admitirse como histórico, es decir, real, el hecho de la primitiva felicidad de los primeros padres elevados al estado sobrenatural (representado en la familiaridad con Dios ) y dotados de dones preternaturales (inmortalidad, inmunidad de error, de concupiscencia y de dolor); y siendo como eran de carne, tuvieron que habitar en algún lugar afortunado de esta tierra, al que llamamos paraíso terrenal. El texto y el contexto (creación, caída, etc.), y la Biblia entera (Sab. 2, 23-24; Prov. 3, 18; 11, 30; Rom. 5, 12.14, etc.), nos obligan a pensar de este modo. Las explicaciones simbólicas (Filón, Clemente Al., Orígenes, K. Barth, etc.), o expresamente míticas (Kant, Schiller, B. Marr, etcétera), no pasan de ser un parto de la fantasía.
Bibliografía
J. Feldmann, Paradies und Sündenfall , Münster 1913. A. Deimel, en Orientalia , 15 (1925) 44-54. A. Bea, De Pentateucho , 2 ed., Roma 1933, 446App. 149-52. B. Brodmann, en Antonianum , 12 (1937) 125-64. 213-36. 327-56. F. Ceuppens, Quaestiones... ex historia primaeva , 2 ed., Torino 1948, pp. 100 ss. 111-17. 175-79. 228- 31. J. Chaine, Le livre de la Genèse , París 1948, pp. 33- 38. P. Heinisch, Problemi di storia primordiale bíblica (trad. it.), Brescia 1950, pp. 67-77. 91-95. J. Pérez de Urbel, Leyendo la Biblia. El paraíso terrenal , Cons. 1953. Id., Leyendo la Biblia. De los árboles del paraíso , Cons. 1953.