IDOLOTITOS
271ALiteralmente, del griego = «sacrificado al ídolo»; es la parte de la ofrenda, en general, o de la parte del animal inmolado en sacrificio a la divinidad, que por derecho pertenecía a los sacerdotes, los cuales, después de haber tomado cuanto necesitaban, hacían vender lo restante en las carnicerías públicas (I Cor. 10, 25). Según la mentalidad de aquellos tiempos, el comer de tales carnes equivalía a participar del sacrificio, participar del culto, entrar en comu- unión con la divinidad (v. Eucaristía). ¿Era lícito a un cristiano, invitado a un banquete, comer de dichas carnes notoriamente idolátricas? En general, ¿qué comportamiento debería observarse en tales mesas? El concilio de Jerusalén acogió la sugerencia de Santiago el Menor: que en las comunidades mixtas, los convertidos del paganismo se abstuvieran de comerlas para no herir el sentimiento de los judíocristianos (Act. 15, 28 s.). Para los fieles de Corinto (I Cor. 8, 1-13; 10, 14-23), San Pablo no da una prohibición general; en realidad para el que conoce la nada de los ídolos el idolotito no tiene nada de especial. Trátase, diría yo, de materia indiferente.
Por tanto el cristiano que tiene bien formada la conciencia se regula libremente; pero debe tener siempre presente el principio de oro de la caridad fraterna para evitar el acarrear un daño a algún hermano de conciencia todavía flaca, que sería inducido por su ejemplo a comer de aquella carne, aun manteniendo la antigua mentalidad, y por lo mismo contra conciencia. Por tanto, el fiel regulará su conducta con arreglo a ese principio, teniendo siempre en cuenta la ardiente expresión del Apóstol: «Si inquieta la conciencia de un hermano, no comeré jamás esa carne». [N. C.]
Bibliografía
Büchsel, en ThWNT, II, p. 375 s. E. B. Allo, Première épître aux Corinthiens, 2.ª ed., París 1935, pp. 195-215. 236-45.