Diccionario Bíblico

Luigi Vagaggini

CITAS implícitas

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Consisten en expresar palabras o sentimientos ajenos sin nombrar al autor o la fuente; y en eso se diferencian de las citas explícitas. Es cierto que se dan en la Biblia citas implícitas, si bien no siempre es fácil reconocerlas y aislarlas con seguridad. Puede servir de guía la identidad o gran semejanza de palabras entre un pasaje y otro, aun cuando sea pagano: una notable divergencia con el estilo general del libro (p. ej., en la historia de Elías y Eliseo: I-II Re.); genealogías, elencos y censos (Gén. 5; 10; 11, 10-30; Núm. 1, 1-46; I Par. 1-9; Esdr. 2, 1-70; 7, 4-66; Mt. 1, 1-17; Lc. 3, 23-38, etc.) no siempre podrán referirse de memoria; puede, además, pensarse en la presencia de proverbios, dichos populares, versos poéticos que, por ser muy conocidos de los contemporáneos, no necesitan ser presentados con la indicación de la fuente.

Así vemos muchos fragmentos narrativos de Reyes y Paralipómenos muy semejantes en la colocación, en la disposición interna, en las palabras o en las frases con que son presentados (cf. también Is. 36-39 y II Re. 18, 13-20, 20; Jer. 39, 1-10 y II Re. 25, 1-12; Is. 2, 2-4 y Mi. 4, 1-3; Sal. 104 y I Par. 16, etc.): en semejantes casos es posible que haya una dependencia mutua, o que los hagiógrafos dependan de fuentes extrabíblicas. Es evidente la cita implícita en II Par. 5, 9, ya que no era posible que el arca estuviese en el Templo en los tiempos del autor del libro, 114Aposterior a la cautividad.

La misma frecuencia con que el autor sagrado remite a sus fuentes (I Re. 14, 29; 15, 7, etc.) induce a pensar en la posibilidad de citas implícitas aun en los lugares en que no aparecen otros indicios. A veces entre fragmentos en prosa hállanse frases poéticas de contenido proverbial (p. ej., Ecl. 1, 8. 15. 18; 2, 2. 14; 4, 5 s., etc.) que bien pueden ser sentencias y dichos populares muy conocidos entonces. I Cor. 15, 33 cita un verso de la Taide de Menandro fácilmente reconocido por los lectores ya que había adquirido carácter de proverbio (cf. Gál. 5, 9 y I Cor. 5, 112A6).

Ef. 5, 14 y I Tim. 3, 16, son tal vez citas de himnos litúrgicos de la Iglesia primitiva. Jds. 14 cita tácitamente el apócrifo de Enoc 1, 9. Son también frecuentísimas las citas o claras alusiones al A. T. por parte de los hagiógrafos del Nuevo, sin precisión alguna (Mt. 18, 16; II Cor. 13, 1; Mc. 10, 7; Ef. 5, 31; Rom. 10, 13. 18; Hebr. 10, 37 s.; I Pe. 3, 10 ss.; Apoc. 2, 26, etc.). Sucede a menudo que, aun siendo cierta la cita implícita, el hagiógrafo no aprueba ni desaprueba. Resulta delicado para el exegeta el cometido de distinguir entre «verdad de la cita» y «verdad del contenido» de la cita misma, cosa clara cuando se trata de citas explícitas. Es decir, que el mero hecho de citarse una frase no quiere decir que la frase sea verdadera, sino que conserva el valor que tenía en su fuente (v. Inspiración). Se presume que el hagiógrafo garantiza el contenido de las citas implícitas, pero sin perder de vista el modo de componer propio de los semitas, que van colocando unos tras otros los diferentes documentos tal como los encuentran. La «teoría de las citas implícitas» fue presentada por primera vez como sistema por F. Prat (La Bible et l’histoire, París 1904).

En las citas implícitas el hagiógrafo no siempre garantiza la verdad del contenido, o al menos de cada uno de los detalles; y dado que los lectores inmediatos reconocían la alusión a las fuentes utilizadas, suficientemente conocidas, no incurrían en error. Esa teoría parecía exagerar las citas implícitas no aprobadas por el hagiógrafo con lo que se abría un camino cómodo en demasía para eludir las dificultades exegéticas. La Pontificia Comisión Bíblica admitió (1905) la posibilidad de las citas implícitas no aprobadas, pero exige una demostración seria y atenta de su existencia, que debe obtenerse caso por caso, para evitar arbitrariedades y ligerezas (EB, n. 160). Semejante actitud de reserva se encuentra en otros documentos pontificios (Denz. 2090. 2188). 114BTodo lo que se refiere a las citas implícitas constituye un principio que el exegeta puede aplicar siempre que se vean fundados motivos para ello, después de un esmerado estudio. [L. V.]

Bibliografía

L. Venard, Citations de l’A. T. dans le N. T., en DBs, II, col. 23-51. A. Lemonnyer, Citations implicites, ibid., col. 51-55. G. M. Perrella, Introd. gen. alla S. Biblia, 2.ª ed., Torino 1952, pp. 98-102.

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