BLASFEMIA contra el Espíritu Santo
«A quien dijere una palabra contra el Hijo del Hombre le será perdonada, pero al que blasfemare contra el Espíritu Santo, no se le perdonará» (Lc. 12, 10). Esta sentencia, pronunciada probablemente dos veces por Jesús; en el discurso a los discípulos (Lc. 12), y con ocasión de las expulsiones de demonios de los cuerpos de los posesos (Mt. 12, 22-32; Mc. 3, 22-30; y cf. Lc. 11, 15-22), queda exactamente explicada por este último contexto. No dudaban los fariseos de que en tales milagros hubiese intervención sobrenatural. Era, pues, evidente que Jesús obraba como Mesías imperando a Satanás y echando por tierra su reino en el mundo (Mt. 12, 25-29). Ahora no se rinden ante tal evidencia, antes bien atribuyen estos milagros, contra toda lógica, al poder del mismo Satanás, considerando a Jesús como instrumento suyo. Tal es la blasfemia contra el Espíritu Santo (siempre contra la persona del Redentor); el atribuir al maligno espíritu sus obras divinas que manifiestan a las claras la intervención, la acción de Dios (aquí el Espíritu Santo es sinónimo de «poder divino», como en Lc. 1, 35 y en el Antiguo Testamento, en íntimo paralelismo con «poder del Altísimo»).
Este pecado no será perdonado jamás (= M e.; la frase de Mt. «ni en este mundo ni en el futuro» era común entre los rabinos en el sentido de nunca: Strack-Billerbeck, Kommentar zum N. T. aus Talmud und Midrasch, I, Monaco 1922, p. 636 ss.). Está claro. Los fariseos obrando así rechazaron el medio más eficaz que Jesús ofrece para que se le reconozca por Mesías, legado divino, para adherirse a él y salvarse; excluyen la disposición básica: la fe, necesaria para obtener el perdón de los pecados (Sto. Tomás, Sum. Theol. 2.* 2ae, q. 14, a. 3). A esta blasfemia se opone el pecado contra el Hijo del Hombre. En éste no se da la malignidad ni la obstinación contra la evidencia, sino más bien la debilidad, la ignorancia de la gente que, engañada por las apariencias al ver a Jesús humilde, pobre, perseguido, fatigándose, 88Acomiendo, etc., como otro cualquier mortal, podía sentir fuertemente la duda al tratarse de reconocer en él un poder divino y el Mesías esperado (San Jerónimo, PL 26, 81).
Cf. las palabras de Jesús a los discípulos de Juan Bautista : Yo realizo los milagros que Isaías predijo habían de ser obrados por el Mesías, soy, pues, el Mesías vaticinado; lo demuestran los milagros; «bienaventurado el que no halla en mí ocasión de escándalo» (Mt. 14, 4 ss.), considerando únicamente su humanidad, semejante en todo a la nuestra, a no ser en el pecado. Jesús expresa abierta y claramente la diferencia que existe entre su humanidad y su poder divino, entre las dos naturalezas subsistentes en su única persona. [F. S.]
Bibliografía
E. Mangenot, en DThC, II, col. 910- 16. A. 88BLemonnyer, en DBs, I, col. 981-89. D. Buzy, S. Matthieu (La Ste. Bible, ed. Pirot, 9), París 1946, p. 160 ss. L. Pirot, S. Marc (ibíd.), p. 440 s. L. Marchal, S. Luc (ibíd., 10), 1946, p. 159 s. * Castrillo y Aguado, Spiritus blasfemiae non remittetur, en EstB (1929), 89A60-67.