ALTURA
Lugar de culto o santuario, construido en punto elevado (hebr. bámáh, pl. bámóth: Vulg. excelsa), que presto adquirió un sentido peyorativo, como nombre genérico de todo santuario, aunque estuviese construido en un valle (Jer. 7, 31), en un camino o en una plaza (Ez. 16, 24.31.39). Los cananeos construían sus alt. en lugares solitarios y elevados, junto a alguna fuente, bajo la sombra de un árbol frondoso, en medio de algún bosque 24Bseductor por su plácida lozanía (cf. Dt. 12, 3; y en cuanto a Israel: Ez. 6, 13, etc.). Eran muy numerosos los que tenían, y las excavaciones han descubierto muchos vestigios de ellos, especialmente en Gezer. En ellos desarrollaban su culto cómodo y sensual a los Baal y a la diosa Astarte, Aserah. La altura constaba de un altar (v.) de piedra; de una o varias massebáh (pl. massebóth: del v. nasal «erguir» = piedra erguida, cipo), gruesas piedras de la talla de un hombre y aun mayores (en Gezer las hay de hasta 3 metros de altura), sucias o gastadas, efecto de los besos y unciones a que estuvieron sometidas durante siglos, colocadas a distancias iguales, frecuentemente en dirección norte a sur. El número no era constante.
Los altares del campo probablemente sólo tenían una. No aparece claro qué relación pudieran tener con la divinidad, ni si eran su morada o un símbolo de ella. Por detrás y en la parte superior del altar estaban las piedras consagradas al sol (cf. Is. 17, 8, etcétera; hebr. hammanim sólo en plural; en hebr. al sol se le llama también hamman). Finalmente a los lados del altar y aventajándolo notablemente en altura, se erguían, elevadas en el suelo, las aáerim (aserah, en singular, del nombre de la diosa, cuya presencia parecían reclamar y de la cual debían de ser símbolo): tratábase de una o varias piezas de madera, sacadas de árboles o de troncos de árboles — quitados los ramos — apenas desbastados, ligeramente modelados en forma humana o con los emblemas del sexo femenino, más o menos rudimentariamente labrados. Si no había una fuente se abrían cisternas para proveerse del agua necesaria para las abluciones de los fieles, purificación del altar, etc. Había también unas fosas destinadas a la deposición de las cenizas y restos de los sacrificios.
Las alturas mayores poseían algunos edificios: un pequeño templo o «casa del dios» (I Re. 13, 32; II Re. 17, 29-32, etc.), un nicho, un baldaquino que cubría un ídolo o una piedra sagrada; una sala para la cena del sacrificio; dormitorios para quienes buscaban alguna respuesta durante el sueño; un armario para las vestiduras litúrgicas; cámaras para los sacerdotes y directores del culto; cobertizos para los peregrinos; almacenes para vino, aceite, harina e incienso que se vendían a los que acudían de lejos para sacrificar. De todo esto constaba una altura, cuyo recinto era más o menos espacioso, considerado como sagrado y cercado por uno o varios muros. Muchas de estas alturas cananeas que 25Aestaban en pie en el momento de la conquista fueron ocupadas por los hebreos, que las conservaron casi intactas, no obstante la orden formal de Yavé (Núm. 32, 52; Dt. 12, 2-5). Además los hebreos erigieron en honor de Yavé santuarios que sin duda se parecían bastante a los cananeos, con su altar , la piedra consagrada al sol o stela, el árbol sagrado y, como cosa más importante, una sala para la cena (I Sam. 9, 22).
Estas alturas, heredadas de los paganos o erigidas conforme al modelo de las mismas, debieron de perder muy presto su primitivo significado. Conservábanse los ritos, los objetos sagrados consagrados por un uso secular, pero su destino se había cambiado, lo mismo que el sentido de sus ritos y el significado de las ofertas: las formas externas de la religión de los Baal cananeos se empleaban ahora para el culto de Yavé. Algo así como lo ocurrido con muchos templos paganos que fueron transformados en iglesias cristianas. Hubo así algunas alturas que fueron frecuentadas por fervorosos yaveístas (Samuel en Gabaa; Salomón en Gabaón: I Sam. 9, 22; 10, 5; 22, 16; I Re. 3, 4). El mismo fraccionamiento y a veces aislamiento de las tribus menores que siguió a la ocupación discontinua de Canán, con la consiguiente dificultad para desplazarse y concentrarse, contribuía a que se considerase como natural esta multiplicación de las alturas para el culto de Yavé. Ya no era posible, como lo fuera en el desierto, el reunirse en torno al arca (v.), único símbolo sensible de la presencia divina.
No era posible entonces realizar el plan de Moisés sobre la unicidad del lugar del culto (Dt. 12; cf., por lo que se refiere al desierto, Lev. 17, 8 s.). Esta acomodación de las alturas cananeas al culto de Yavé constituía un gravísimo peligro para la pureza del yaveísmo. Efectivamente, la masa popular se dejó vencer por la tentación de acercar los Baal a Yavé, de frecuentar a veces las alturas que conservaban los cananeos y de aceptar, juntamente con las formas externas, ritos y prácticas idolátricas y condenadas por la ley (cf. Jue. 2, 11 s.; 3, 7; 6, 1: 10, 6). Era el comienzo fatal de aquel largo movimiento sincrético, unas veces lento, otras rápido, de desviación de la religión legítima (cf. Os. 9, 10; 10, 1; 11, 1 ss.; 13, 5 ss.; Jer. 2, 1 ss.; Ez. 20, 28), que llegará a su colmo en el s. VIII, primero en Samaria y luego en Judá, y que Dios castigará con la destrucción y el destierro (v. Religión popular). En las alturas se desarrollaba entonces y seguirá desarrollándose la casi totalidad de la 25Bpiedad de Israel, y con el correr de los años y de los siglos Israel se adherirá cada vez más firmemente a ellas.
El mismo templo de Salomón con todo su esplendor y grandeza no será capaz de apartar al pueblo de sus viejas alturas. El cisma, con la política religiosa de Jeroboam y de sus sucesores, consolidará este secular alejamiento (alturas de Bétel, Dan, etc.; I Re. 14, 9; cf. ibid. 15, 14; 22, 44; I Re. 12, 4; 14, 4; 15, 4. 35), completándose entretanto la transformación en alturas idolátricas con todas las consiguientes prácticas abominables. Los profetas (Am. 5, 21-26; 7, 9; Os. 2, 5-13. 16 s.; 3, 4 en Israel; los otros en Judá, cf. Jer. 2, 20; 3, 6. 13) protestarán enérgicamente contra ellas, pero no les prestarán atención. Las destruirá el piadoso rey Josías (II Re. 23, 8-20; II Par. 34-35), mas pronto serán reconstruidas por el fanatismo del pueblo secundado por los sacerdotes, interesados en recuperar la libertad y las ganancias que les proporcionaban sus propias alturas. Será preciso que el mismo Yavé desencadene sobre el país la desolación de la guerra, como sabrán hacerlo los asirios y los caldeos, para que al fin caigan en el olvido las alturas desmoronadas, 26Asepultadas entre el polvo de los escombros y perdidas bajo las ruinas (Ez. 6, 3-6. 13; 16, 23-31. 39 ss.; 20, 28 s.). [F. S.]
Bibliografía
L. Desnoyers, Histoire du peuple hébreu , I, París 1922, pp. 230-36. 274-86. F. Spadafora, Ezechiele , 2.ª ed., Torino 1951, pp. 62 ss., 66, 81 s., 205 s. En DAB , v. sanctuaires, achéra.