Diccionario Mariano

Gabriele M. Roschini

SODALICIOS MARIANOS

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I. Qué son. Son «asociaciones que toman el nombre de María o de alguno de sus misterios, y que se sirven, como medio de santificación, de una devoción del todo particular hacia la Virgen o hacia alguno de sus misterios». Para que se dé, pues, un S. M. en sentido estricto, se requieren dos cosas: 1) que dicha asociación tome el nombre de María (por ej., congregación de las hijas de María) o de alguno de sus misterios (cofradía de la Inmaculada Concepción, o de la Dolorosa, etc.); 2) que se sirva, como medio de santificación, de una devoción del todo particular hacia María o hacia alguno de sus misterios (por ej., hacia la Inmaculada, hacia la Dolorosa, etc.). La primera condición —denominación de María o de alguno de sus misterios— es la base y la razón de ser de la segunda —la devoción particular a María o a alguno de sus misterios—, pues en vano una asociación se denominaría de María o de alguno de sus misterios si después no alimentase una particular devoción hacia Ella o hacia cualquiera de sus misterios.

Por defecto de la primera condición, que es la base de la segunda, no pueden denominarse sodalicios estrictamente marianos, por ej., varias órdenes o congregaciones religiosas que, no obstante, alimentan una devoción muy particular a María (por ej., la orden de los Frailes Menores, de los Predicadores, etc.). Por defecto de la segunda condición —devoción particularísima a María o a alguno de sus misterios— se puede decir que sólo materialmente, y no formalmente, pertenecen a un S. M. todos aquellos que se contentan únicamente con estar afiliados o con llevar su nombre, sin vivir de su espíritu. Estos tales pertenecen a algún S. M., pero casi es como si no perteneciesen, ya que sólo pertenecen materialmente. II. Cuáles son. Pueden dividirse en dos grandes categorías, a saber: 1) S. M. para religiosos, 2) para laicos.

1. Entre los S. M. para religiosos son dignos de particular mención: los Carmelitas o Hermanos de Santa María del Carmen (aprox. en 1226); los Mercedarios (1218); los Siervos de María (1233); los Clérigos Regulares de la Madre de Dios (1574); los Sacerdotes Misioneros de la Compañía de María o Monfortianos (1705); los Oblatos de María Inmaculada (1816); los Oblatos de María Virgen (1815); la Sociedad de María o Maristas (1822); la Sociedad de María o Marianistas (1817); los Hijos de María Inmaculada o Pavonianos (1821-1847); los Agustinianos de la Asunción o Asuncionistas (1845); los Hijos de la B. V.

Inmaculada de Luçon (1828); los Misioneros Hijos del Corazón Inmaculado de María o Claretianos (1849); los Misioneros de la Inmaculada de Lourdes (1848); los Canónigos Regulares de la Inmaculada Concepción (1866); los Misioneros de N.ª S.ª de la Salette (1852); los Sacerdotes de Santa María de Tinchebray (1851); la Congregación del Corazón Inmaculado de María o Misioneros de Scheut (1862); los Religiosos Terciarios Capuchinos de Nuestra Señora Dolorosa (1889); los Hijos de María Inmaculada (1866); la Congregación de los Clérigos Regulares Marianos (1670); los Hermanos de N.ª S.ª de la Misericordia (1839); los Pequeños Hermanos de María o Maristas de las Escuelas (1817); los Hermanos Hospitalarios Hijos de la Inmaculada Concepción o Concepcionistas (1857). Varios de estos institutos tienen también la rama femenina.

2. S. M. para laicos. Se pueden subdividir en dos grandes categorías: 1) para jóvenes de ambos sexos, y 2) para los fieles en general. Comenzamos por los S. M. para los jóvenes. El principal, entre estos sodalicios, lo constituyen las Congregaciones Marianas fundadas por los PP. Jesuitas, y, para las jóvenes, el principal S. M. está constituido por la Pía Unión de las Hijas de María, pedida por la misma Virgen en 1830 a Santa Catalina Labouré (durante una aparición). Ambos S. M. están ampliamente difundidos por el mundo entero. 2) Entre los S. M. para los fieles en general, recordemos: a) las Terceras Órdenes estrictamente marianas (la de los Carmelitas y la de los Siervos de María); b) las Cofradías Marianas (del Rosario, del Carmen, de la Dolorosa, de la Virgen de las gracias, del Corazón Inmaculado de María, de María Consoladora, de María Reina de los Corazones, de N.ª S.ª del Sagrado Corazón, de N.ª S.ª del Santísimo Sacramento, de N.ª S.ª de la Buena Muerte, de la Madre de la Divina Providencia, y de las tres Avemarías); c) la Milicia de María Inmaculada, fundada en 1917 por el S. de D.

Maximiliano Kolbe, Menor Conventual († 1941), y la Legión de María, fundada en Irlanda en 1921 y definida «el milagro del siglo XX». III. El alma de los S. M. Está constituida, evidentemente, por una devoción muy particular a María o a algún misterio de su admirable vida. Pero no está de más poner de relieve antes de nada que decir particular devoción a María no significa, en último análisis, sino decir particular dedicación o consagración a María (de devoveo = dedicarse, consagrarse), y decir particular dedicación o consagración equivale a decir donación total y perenne a María. Se puede distinguir una doble dedicación o consagración y, por consiguiente, una doble dependencia: la de un hijo con relación a su propia madre y la de un siervo en relación con su propia señora y reina. Siendo la Virgen, respecto de todos, verdadera madre (espiritual, sobrenatural) y verdadera reina, es claro que la actitud (la dedicación o dependencia de quienquiera que esté adscrito a un S. M.) debe ser, de un modo muy particular, la de un hijo para con su propia madre y al mismo tiempo la de un siervo para con su señora o reina.

Se requiere, por tanto, particular devoción o dependencia de hijo y particular devoción y dependencia de siervo. He dicho particular: porque lo que debe practicar cualquier cristiano de un modo ordinario debe practicarlo de un modo particular el que esté adscrito en un S. M. Ante todo, particular devoción y dependencia de un hijo para con su propia madre. Pero hay que entenderlo bien. Se puede, en efecto, distinguir una triple dependencia de un hijo respecto de su madre, según el triple período de vida en que el hijo se halla: el de un hombre adulto, el del niño ya nacido y el del niño no nacido todavía. En el primer período (el del hombre adulto) la dependencia del hijo respecto de la propia madre es muy relativa. En el segundo período (el del niño ya nacido) la dependencia del hijo respecto de la madre es mucho más acentuada, por más que pueda continuar viviendo sin ella, confiado a otra persona. En el tercer período, en cambio (el del niño no nacido todavía, todavía incapaz de vida autónoma), la dependencia del hijo respecto de la propia madre es una dependencia continua, total, absoluta: no puede vivir ni desarrollarse independientemente de su mamá.

Dicho esto, nos preguntamos: ¿a cuál de estos tres períodos de vida corresponde nuestra vida terrena, en lo que se refiere a nuestra madre espiritual? Si se tiene en cuenta que cada uno de nosotros es concebido a la vida sobrenatural de la gracia por medio del santo bautismo (gracia que, como todas las demás, pasa por las manos de María) y nace a esta perfecta vida sobrenatural en el momento de la entrada en el cielo, cuando se alcanza «la plenitud de la edad de Cristo» (Ef. 4, 13), es evidente que el período que abarca toda nuestra vida terrena corresponde, análogamente, al período de la vida del niño antes de nacer. Así como la acción de la madre es indispensable, insustituible durante todo aquel período para la conservación y desarrollo progresivo del nuevo ser concebido, así también, analógicamente, la acción de la madre sobrenatural es indispensable, insustituible durante toda nuestra vida terrena para la conservación y el progresivo desarrollo del nuevo ser sobrenatural por Ella concebido.

En este período de vida, en efecto, la vida sobrenatural de la gracia —analógicamente a la vida de la naturaleza— se halla en una situación muy precaria, sujeta a los asaltos de nuestros espirituales enemigos (mundo, demonio y carne), furiosos por aniquilarla. Para superar todos estos asaltos y, por consiguiente, para conservar y desarrollar la vida sobrenatural de la gracia, se requiere la ayuda de las gracias actuales, las cuales, por libre disposición de Dios, pasan todas por las manos de María.

De aquí la dependencia total y continua de todos los cristianos respecto de nuestra madre espiritual. Esta fundamental verdad de la vida cristiana la ha expresado S. Luis de Montfort en estos términos: «Los predestinados, para ser conformes a la imagen del Hijo de Dios, mientras permanezcan en este mundo, están ocultos en el seno de la Santísima Virgen, en el cual están guardados, alimentados, mantenidos y desarrollados por esta buena madre, hasta que Ella los saque a la luz de la gloria después de la muerte, que es, con toda propiedad, el día de su nacimiento, como la Iglesia llama a la muerte de los justos.

¡Oh misterio de gracia, desconocido de los réprobos y poco conocido de los predestinados!» (Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, n. 33). Pero, además de esta particular dependencia, continua y total, del hijo (en el período de vida que precede al nacimiento) para con la propia madre, todo aquel que esté adscrito a cualquier S. M. se debe también distinguir en la particular dependencia propia de un siervo para con la propia señora o reina. El siervo vive, se puede decir, para su reina, para ella lo hace todo, para su provecho, para su gloria. Otro tanto ha de hacer aquel que está adscrito a algún S. M. Las ventajas de esta fiel esclavitud mariana son incalculables. «Ella —ha dicho Raimundo Jordano— sirve a los que la sirven»: «Ipsa servientibus se servit» (Contemplationes de B. Virgine, Proem., en Bourassé, Summa aurea, t. IV, col. 851). BIBL.: Campana, E., Maria nel culto cattolico, volumen II.

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