Diccionario Mariano

Gabriele M. Roschini

MISIONES (REINA DE LAS)

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Nadie, después de Cristo, tiene tantas y tan estrechas relaciones con las M. como María, su Madre. «En los dos términos “María” y “Misiones” se expresa todo nacimiento, desarrollo y perfeccionamiento del reino de Dios en la tierra, en todos los tiempos y en todos los campos, en todos los pueblos y en todas las naciones. Solamente por María puede llegar el mundo a Cristo y a Dios» (Freitag, A., María e le M., p. 95, v. bibl.). La revelación cristiana confirmada por la experiencia de los siglos, nos ensena que María es inseparable de Jesús, que el conocimiento y el culto de la una es inseparable del conocimiento y del culto del otro. Por eso los progresos del cristianismo en el mundo van a la par con el progreso de la devoción a María, y viceversa. Las razones de este hecho incontestable son varias. La primera y fundamental razón hay que buscarla en la imposibilidad de concebir al Verbo encarnado, Cristo, sin aquella arosa en la que el Verbo divino se hizo came» (Parafso, XXIII, 73-74). Aquel mismo decreto que se referfa a Cristo, comprendía también a María (v. Predestánacióri).

Por eso Cristo y María se presentan indisolublemente unidos en la luz profdtica (de la mujer del Protoevangelio a la mujer del Apocalipsis), en el deseo, en la esperanza y en el culto de los pueblos. Y tambiSn por eso se nos presentan fntimamente unidos mente y corazón, primero con una estrechísima unión ffsica (durante los nueve meses en que Jesús vivid, literalmente, la vida de María) y luego con una estrechísima unión moral, en toda la obra de nuestra salvación, en la adquisición y distribución de todas las gracias de la redención. La segúnda razón la encontramos en la sapientisima disposición de la Providencia divina, la cual ha querido que, así como María fue el camino por el que Jesús vino a nosotros, asi fuese el camino por el que nosotros vayamos a Jesús. El movimiento luminoso «Ad Jesum per Maríam» se ha realizado y sigue realizdndose en el mundo. María es el camino por el que el hombre va a Cristo: camino fdcil, breve, perfecto, seguro. La tercera razón podíamos encontrarla en la perenne solicitud invisible y, a veces también, visible por la difusión y conservación de la fe en su divino Hijo.

Es sintomltico, a este respecto, el primer milagro obrado por Cristo en Cand de Galilea, después de la intercesión de María (Jn. 2, 1-11). El evangelista tiene cuidado en poner de manifiesto que, a travds de la primera entre las asehales» generadoras de la fe, «los discipulos creyeron en El». Por tanto, el primer surtidor de fe cristiana, y el que más cuenta por parte de los mismos pregoneros de la fe, tiene su origen en María. Luego nos dirl la historia que muchos otros milagros mariaños empujarán a multitud de almás a la fe de Cristo. La cuarta razón podemos verla en el delicioso encanto que Ella, en su cualidad de mujer, en su candor de virgen y en su ternura de madre, viene a afiadir al dogma cristiano, a todo el cristianismo. La belleza natural y sobrenatural, y la bondad, convierten a la Virgen en verdadero imán de los corazones, en verdadero alimento de las almás ansiosas de luz y de amor. El nombre de María, madre de Dios y madre nuestra, es como mirra preciosa que con su perfume atrae, deleita y recrea. Es el cami no deleitable que conduce a Jesús. Hacer que brille la Virgen ante los ojos de los infieles y ver los corazones fascinados y encantados por Ella es todo uno.

El cardenal Pie, des puds de baber relatado cómo S. Francisco Javier había encontrado «rebeldes al evangelio siempre que se había olvidado de mostrar la itnagen de la madre al lado de la cruz del Salvador», confirm a esta tesis relatando las siguientes a firm ad ones salidas de los labios de un misionero { aCuando se les habla (a los infieles) de Dios Creador, Omnipotente, se quedan pasmados, y si lo adoran, lo hacen temblando; en cambio, cuando se les habla de Jesús y se les dice que este Hijo de Dios ha nacióo de una mujer, que ha tenido una madre, y que esta madre de Dios es al mismo tiempo madre de todos los hombres, entonces se deshacen en ldgrimás y se muestran rebosantes de alegria» (CEuvres, t. VI, pp. 448-449, Pa ris 1801). A nadie, pues, puede causar maravilla el hecho de la pronta y extensa difusión del culto mariano en todos los pueblos en que ha sido predicada la fe de Cristo. Los frutos maraviliosos de este culto, especialmente en el mundo pagano, son verdaderamente incalculables.

En efecto, a nadie puede ocultdrsele la influencia moralizadora.y civilizadora que ejercid por si misma la Candida y encantadora figura de la Virgen, tan trascendente y al mismo tiempo tan cercana a la humanidad, en la mente, en los corazones, en las costumbres de los iniieles. Es particularlsimo el influjo que Ella ejerce en la mujer, la cual, privada a menudo de los derechos de persona, se encuentra rebajada al nivel de simple objeto, de esclava del hombre. Y no es menos notable el influjo ejercido por la Virgen en las artes en los diferentes paises del mundo. No exageraba, ciertamente, Nicolds, cuando escribia: «Tout ce qu’il y a eu de grand, de saint, de fort, de fdcond, de crdateur et de civilisateur dans le monde chrdtien s’est inspird de la devo tion k Marie# (La Vierge Marie, t. IV,

L. III, c. IX, p. 238). Una rdpida ojeada a los diferentes paises del mundo misionero de ayer y de hoy prueba con datos reales la presencia materna y medíadora de María en el mundo misionero, conflrmando plenamente las palabras del P.

Poire: aSi se ha visto a la idolatria arrojada de Europa, de Asia, de Africa y de una parte de América; si han cesado los ordculos, si los templos han sido demolidos, los altares destruidos, los dioses despedazados y arrastrados ignominiosamente por los caminos; si el verdadero Dios ha sido conocido en donde el demonio era adorado, esto se debe, después del Salvador del mundo, a su bienaventurada madre, que ha movido cielo y tierra para esparcir por todas partes las lágrimas de su honradisimo Hijo# (La triple couronne de la Mtre de Dieu. t. III, pp. 244-245, Casterman, Tournai 1849). Y ya antes que el P. Poire había escrito con mayor fuerza y autoridad S.

Cirilo de Alejandria: a Salve, oh madre de Dios, María, tesoro venerado por todo el mundo..., por quien la preciosa cmz es celebrada y adorada en todo el uni verso; por quien el cielo se regocija, los ingeles y los arcdngeles se alegran, los demonios huyen, el díablo tentador cae del cielo, y la criatura caida es levantada al cielo; por quien toda criatura, amarrada por la locura de los ídolos, ha venido al conocimicnto de la realidad; por quien el santo bautismo y el dleo del regocijo ha sido administrado a los creyentes; por quien en toda la tierra han sido fundadas las iglesias; por quien las gentes son conducidas a la penitencia...; por quien los apdstoles predicaron la salud a las gentes...# (Homil. IV. PG 77, 991). Ella —isegún se expresd Felipe de Harveng— preside los destános de la Iglesia, siguiendo con ojo vigilante los trabajos de los apdstoles, mientras están dispersos en el espacio y en el tiempo, siempre pr’onta a socorrerlos y vigilando sobre cada uno de ellos con corazón de madre (PL 203, 253). BIBL.: Ciarapfa. A.. Marie e le M., eo «Euntes» cRevista para seminaristas), mayo 1940. pp. 1-4; Caldentey. M., T. O. R..

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