CRISTIANISMO
María en el C. no es un elemento accesorio (que puede o no utilizarse salvando la esencia de una cosa), sino que es un elemento esencial, sin el cual el C. no puede ni existir, ni concebirse. Una expresión pldstica, digdmoslo así, se puede ver en una tPiedade de 1400, muy vencrada en Mussidan (didcesis de Pdrigueux, Francia). A la Virgen Dolorosa se la representa sentada con un niño en los brazos y con Jesús muerto sobre las rodillas. iQ i»6 ha querido expresar con esta singular represen tation el desconocido artista? Varias han sido las respuestas a esta pregunta. La más digna de atención parece ser dsta: el escultor ha querido expresar, de manera eminentemente pldstica, la doble Maternidad de María: física y natural para con «Cris to a, y espiritual y sobrenatural para con todos los «cristianos», místicos miembros de Cristo. La muerte física del Redentor, a la que hizo eco la muerte mistica de la Corredentora, fue la vida sobrenatural de la humanidad. Cristo y los cristianos (misti cos miembros de Cristo, cabeza de la humanidad regenerada): he ahi a los hijos de María.
Al engendrar físicamente a Cristo, nuestra cabeza, María cngendrd espiritualmente a todos los hombres, sus místicos miembros, ya que los injertd en Cristo, nuestra vida, y al injertarlos en Cristo les comunicd la vida sobrenatural de la gracia divina. La Virgen, por consiguiente, es la madre universal, es decir. la madre de Cris to y de todos los cristianos. Esta previa comprobación nos dispone para comprender cómo María es un ele mento esencial (no accidental) al
C. Esen cial a una cosa es aquello sin lo cual esa cosa es ininteligible. Y el C. es de todo punto ininteligible sin María. El C., en efecto, está comprendido todo 61 en Cristo y en los cristianos. esto es, en el Cristo total, cabeza y miembros. Y tanto Cristo, nuestra cabeza, como los cristianos, sus místicos miembros, son del todo ininteligibles sin María, ya que Dios ha dispuesto, con decreto divino, que de tal forma dependan de Ella, que sin Ella no puedan ni concebirsc. Comencemos por Cristo. Crislo es ininteligible sin María, ya que en realidad no es sino el Verbo encarnado: es como la palabra escrita sobre una hoja blanca.
Y así como es imposible separar la palabra escri ta, sin destruirla, de la hoja blanca sobre la que está escrita, así es imposible separar el Verbo encarnado, sin destruirlo, de Aquella en quien se ha encarnado. Mons. Fulton Sheen ha hecho esta ingeniosa observación: «En la estatua de una mad re que esti con su hijo en los brazos, no cs posible quitar a la mad re si se quiere conservar al hijo. Tocadla a ella y destruireis al hijo» (JLa Madonna, a cargo del P. E. Crippa, Bo logna 1952, p. 33). Recordad la Virgen de Mussidan. Romped las rodillas maternas que sostienen el cuerpo muerto de Cristo, y aquel cuerpo ya no pod id sostenerse. La humanidad del Verbo encarnado estriba enteramente sobre María, la Madre de quien tomb aquella humanidad. Si se quita a María, la Madre, se quita también al Hijo. María forma parte de la sustancia misma.de la encarnación, considerada en el modo concreto como se realizo. Dios en su eterno decreto sobre la encarnacibn no Im pensado en Cristo ni ha querido a Cristo sin pensar al mismo tiempo en María y sin querer a María. Cristo no es bnicamente el Hijo de Dios, sino también el Hijo del hombre, según El mismo gustaba della ma rse en el evangelio.
Así como no se le puede concebir como Hijo de Dios sin su Padre celestial, así tampoco se le puede concebir como Hijo del hombre sin su mailrc terrena, María. Por haberlo así querido Dios, por medio de María se hizo el «Hijo ilrI hombre» consangufneo nuestro, de nues- 1 1 n raza. Si Cristo en cuanto hombre huhinn sido creado por Dios inmediatamente, (onn» Adán, en la plenitud de la edad, ha- Im in sido, indudablemente, verdadero hom ing, e incluso prototipo de los hombres, se- (iM'i.uitc a nosotros, pero no igual a nosotros, ni roiisangufneo nuestro, ni de nuestra raza, v pin lo mismo tampoco cercano a nosotros: liiihi i;i sido nuestro Rey, pero no hermano itiin.iin. Mas con la humanidad tomada de María, de una mujer de nuestra raza de Adán, se hizo ffsicamente solidario con nosotros, nuestra cabeza, capaz de satisfacer cumplidamente por nosotros, y en lugar nuestro, las deudas por nosotros contrafdas para con la justicia divina.
Por tanto, sin María Cristo es enteramente ininteligible en cuanto Hijo del hombre y en cuanto Redentor del hombre.
He ahf por qu 6 aparece la Virgen incluida en el corazón mismo del Credo o Sfmbolo de los Apbstoles, con estas palabras, sencilias y sublimes: «Y se encarnó, por obra del Espíritu Santo, de María Virgen.» Y pasando de Cristo a los cristianos, afirmamos que, si Cristo es ininteligible sin María, más ininteligible es arin el cristiano. Lo que constituye al cristiano es la vida cristiana, es decir, la vida sobrenatural de la gracia divina; y esta vida sobrenatural de la gracia divina depende de Cristo, pero depende tambibn de María. Depende de Ella en su origen, en su desarrollo y en su perfeccionamiento, hasta tanto que esta vida de gracia no haya desembocado en la vida de gloria y se haya convertido así en «perfecta» vida cristiana. Es, pues, María quien nos engendra, coal madre nuestra sobrenatural, para la vida de la gracia. Ella engendrb, in actu primo, a todos los hombres concibibndolos espiritualmente en Nazaret (en el mismo momento en que concebfa ffsicamente a Cristo, cabeza de cllos) y les dio a luz sobre el Calvario (al realizarse la redencibn de los hombres mediante la muerte f/sica del Redentor y la muerte mfstica de la Corredentora).
Despubs engen dra, in actu secundo, a cada uno de los hombres, concibibndolos en el Santo Bautismo (al recibir —a travbs de María— la gracia de ser incorporados a Cristo) y dindolos a luz en el momento en que entran en el cielo mediante la gracia de la perseverancia final que, como todas las gracias, pasa a travbs de María, con la cual nacen para el perfecto amor de Dios, para el amor bienaventurado, consecuencia de la visibn beatffica. Pero la vida del cristiano, es decir, la vida sobrenatural de la gracia, no depende de María solamente en su origen, sino tarn- bidn en su conservación (pues Ella la defiende con su ayuda de los tres grandcs enemigos que intentan matarla) y en su conlinuo y progresivo desarrollo, hasta alcanzar en el cielo la plenilud de la edad de Cristo. Como se ve, el cristiano no puede dar en su vida un paso —y esto por libre disposi tion divina— sin depender continuamente de Man'a. Quitad a María y destruirOis la vida cristiana, el cristianismo. Recordad una vez más la imagen de N.ª S.ª de Mussidan. Romped los brazos que sostienen al niño (sfmbolo del cristiano, hijo de María) y aquel niño ya no podrl sostenerse.
El cristia.no, en lo que lo hace cristiano, o sea, en la vida sobrenatural de la gracia divina, descansa sobre María, no subsiste sin Ma rfa. Por consiguiente, tanto Cristo como el cristiano son ininteligibles sin María, verdadera madre tanto del uno como del otro, de lo cual se sigue que el C., concentrado todo 61 en Cristo y en el cristiano, es ininteligible sin María. dJn C. sin María —ha escrito recientemente el anglicano Mascall— es una monstruosidade (The Dogmatic Theology of the Mother of God, en «The Mother of Gods, Londres 1949, p. 48). Todo esto fue maravillosamente sintetizado por el cardenal Pie en aquella cdlebre definición: «El C. es la religión del Hijo de María.» La Virgen, pues, forma parte de la esencia misma de la religión cristiana.