APOSTOLADO
Lo mismo que tantos otros temas vitales, también el apostolado tiene su teología, es decir, principios teológicos en que se basa, recibiendo de su aplicación solidez y fecundidad. El auténtico apostolado, como cualquier forma de piedad y de culto cristiano, florece bajo el robusto tronco del dogma católico. En este artículo sintetizamos todo cuanto monseñor Suenens (v. bibl.) ha escrito de un modo espléndido sobre el tema.
1. El doble aspecto del A. El A., al igual que todas las realidades sobrenaturales, presenta dos aspectos y se encuentra, por tanto, ante dos mundos. Hay en Él el aspecto humano de cara al mundo terreno, donde el apóstol trabaja, teniéndoselas que haber con la infinita diversidad de los hombres, de las situaciones, de los centros y de las épocas: todo lo cual le impone la necesidad de adaptar la palabra eterna a las contingencias temporales y, por consiguiente, el conocimiento de las diferentes condiciones en las que se ejerce la conquista espiritual. Pero hay también un aspecto divino en el trabajo apostólico, cuyas leyes son inmutables y universales como la misma Iglesia. Y es precisamente este aspecto el que se pone de relieve.
2. Para conocer a Cristo. La base teo ldgica del A. católico es ésta: lo mismo que Cristo, también el cristiano —su miembro místico— es el fruto de la acción combinada del Espíritu Santo y de María Santísima («De Spiritu Sancto ex María Virgines). Al cristianismo, en efecto, podría definírsele como un cambio y una perpetua alianza de dos amores en Jesucristo: el amor que desciende del cielo a la tierra para realizar esta sagrada y perenne alianza; y el amor que sube de la tierra al cielo. El primero se llama Espíritu Santo; el segundo, María. Por lo que se refiere al Es piritu Santo, se trata del amor de Dios, que se abaja hasta el hombre; en cuanto a María, es el amor del hombre —el más puro de toda la creación— que se eleva hacia Dios. Cristo es el fruto, el nudo de alianza en este encuentro. Del encuentro de estos dos amores procede el Cristo físico, y, juntamente con él, el Cristo místico, es decir, el Cristo cabeza sobrenatural de la humanidad con todos sus místicos miembros.
Cada uno de los miembros de este místico cuerpo es concebido y nace, junto con Cris to, por medio de la acción combinada del Espíritu Santo y María: potencialmente en la obra de la llamada redención objetiva (la adquisición de todas las gracias), y actualmente en la llamada redención subjetiva (la distribución de todas las gracias que dan, conservan y desarrollan hasta su perfeccionamiento la vida sobrenatural de la gracia). Sobre esta solidísima base teológica —el Espíritu Santo y María— ha de fundar el apostol toda su actividad apostólica en la conquista y salvación de las almas. Descuidar o, peor todavía, dejar a un lado cualquiera de estas dos partes, tanto al Espíritu Santo como a su inseparable Esposa, sería lo mismo que hacer estáril y vaño el A. Mantenerse, por el contrario, en continuo contacto, por medio de Cristo, que es su fruto, ya con el Espíritu Santificador, ya con la Virgen mediante una vida de íntima unión, es el secreto de la fecundidad del A. Hay secretos, no sólo en el orden natural, sino también, y más aún, en el orden de la gracia.
Uno de ellos es precisamente éste: la fecundidad del A. en proporción con el contacto y con la íntima unión del apóstol con estos dos coeficientes fundamentales. No sin razón cantó Alighieri: «En tu vientre se encendió el amor, por cuyo calor, en la eterna paz, esta flor germinó» (Par. XXXIII, 9-12). Todos los elegidos —todos los pétalos de la «cándida Rosa»— son fruto del Espíritu Santo por medio de María. Feliz aquel que no separa nunca en su vida espiritual lo que Dios ha unido: María y el Espíritu Santo. María sin el Espíritu Santo no es más que una sombra. El Espíritu Santo sin María no es, a menudo, más que un Dios lejaño, inaccesible y, por consiguiente, desconocido.
3. La acción del Espíritu Santo. El primer imperativo, pues, para la fecundidad del A. cristiano, su primera base teológica es el contacto, la íntima unión del apóstol con el Espíritu Santo. Él es el alma de su alma, el corazón de su corazón, como ha sido siempre el alma y el corazón de toda la Iglesia, cuerpo místico de Cristo. Los Hechos de los Apóstoles dieron comienzo, pre cisamente, con la venida del Espíritu Santo. Llenos de luz y de la fuerza del Espíritu Santo, de que antes carecían, los apóstoles se convirtieron súbitamente en maestros (con la predicación) y en santificadores (con los sacramentos) del mundo. La continuación de los Hechos de los Apóstoles hasta la consumación de los siglos se debe a la acción del mismo. «Esta sumisión al Espíritu Santo —decía el cardenal Mercier— es el secreto de la santidad», y, por consiguiente, es también el «secreto de los santificadores del mundos, los apóstoles.
4. La acción de María. Pero también comenzaron los Hechos de los Apóstoles «con María», «cum María» (Hech. 1, 14). Jesús continúa naciendo invisiblemente. en las almás «de Spiritu Sancto ex Maria Virgine». Es éste el segundo gran secreto, la segunda solida base del apostolado católico.
En efecto, habiendo venido el Espíritu Santo a regenerar sobrenaturalmentc al mundo, lo ha hecho por medio de María, sirviendose de Ella como de un instrumento dignísimo. Esta alianza del Espíritu Santo con María, sellada en la encarnación, vislumbrada ya como manantial de gracia en la visitación, se descubre plenamente en el misterio de Pentecostés. El que quiera vivir plenamente de Cristo, tiene que abrirse a María, lo mismo que al Espíritu Santo. Todo lo que Ella es lo es con relación a Jesús y a Él tiende con todo su ser. De lo cual se sigue que el término de María es Jesús, del mismo modo que el término del río es el mar. No podemos imaginarnos a María sin Jesús, ni a Jesús sin María.
El mensaje de la Virgen es, pues, el mismo de Cristo: e«Haced lo que Él os diga.» Por tanto, abrirse a María es lo mismo que abrirse a Cristo, ya que la acción de María —como la del Espíritu Santo— está toda ella encaminada a hacer que Cristo viva en nosotros. Ella es la Medianera, el lazo de unión, junto con Cristo y subordinada a El, entre Dios y los hombres; es el puente entre el cielo y la tierra. El misterio de esta mediación mariana no es otro, en su fundamento, que la Maternidad de María en su mística plenitud. En Ella y por medio de Ella se realiza la unión en las dos naturalezas, la divina y la humana, el abrazo de reconciliación entre Dios y los hombres. A la luz de esta doctrina se comprende me» jor el significado oculto del evangelio cuando nos presenta a María. Por medio de Ella será santificado el Precursor, e Isabel será inundada de gracia. Por medio de Ella los pastores y los magos descubrieron al Mesías. Por medio de Ella Simeón y Ana recibieron en sus brazos al Deseado de las na«ciones. A su plegaria se debe la realization del primer milagro en Cana. Por medio de Ella la humanidad ratifica, al pie de la cruz, el sacrificio de redención.
En unión con Ella el Espíritu Santo fue enviado a los apóstoles en Pentecostés, inaugurando así el A. Rasgos esparcidos, difundidos en la penumbra, pero que son ya los primeros vislumbres de una aurora mariana cuyo esplendor no hará más que crecer y esparcirse en el cielo de la Iglesia.
5. La vida de unión con María. El corolario práctico y vital que se deriva de todo esto, es una vida íntima de unión con María, con Aquella que estuvo enteramente unida con Dios. Todos los cristianos se proclaman hijos de María y reclaman a María por su Madre sobrenatural. Mas está claro que se puede ser «hijo» de la propia madre en diferentes edades, y con la diferente edad va unida la desigual dependencia de la misma. Se puede distinguir un triple estado o período de vida en relación con la depen dence de la propia madre: el del adulto, el del infante y el del niño no nacido todavía. Según esto, surge espontdneamente la pregunta: De estos tres estados o períodos de vida natural, ¿a cuál corresponde, analógicamente, la vida sobrenatural de todos los hijos de María en lo que se refiere a las solicitudes de su madre espiritual? Comencemos por la primera, la edad adulta.
También en esta edad puede el hombre, al seguir siendo hijo de su madre, vivir o desear vivir en unión con ella. Es acaso el cristiano hijo de María en este sentido y depende así de Ella?
Evidentemente que no, puesto que la edad adulta, en la vida sobrenatural de la gracia no comienza hasta la entrada en el cielo, cuando la vida sobrenatural de la gracia se transforme en vida de gloria. Tenemos, en segundo lugar, la edad infantil, aquella en la que el niño vive ordinariamente en los brazos de su madre, sin dar un paso sin ella, y recibiendo de ella el alimento. ¿Es, por ventura, ésta la imagen perfecta de la postura y dependencia del cristiano con relación a su celestial madre María? Tampoco. Un niño de tales condiciones goza ya de cierla autonomía en lo que se refiere a su madre. Tanto es así, que puede continuar viviendo, aun cuando se muera su madre, pudiendo moverse y respirar sin ella, mientras que un hijo espiritual de María no puede continuar viviendo sin las gracias actuales que conservan y desarrollan la vida sobrenatural y que, por «positiva voluntad de Dios, pasan todas por las manos de Ella. Para expresar, por tanto, nuestra real dependencia de María hay que acudir a otra dependencia más estrecha todavía, hay que ir chasta. su seno materno», es decir, a la edad que precede al nacimiento de su hijo.
En aquel período de vida, el hijo vive en una «total y absoluta» dependencia de su madre natural, ovive la vida de su madre, respira por me dio de ella». Esta es la imagen perfecta que expresa nuestro estado de dependen cia filial para con nuestra Madre espiritual: cin sinu matrisn. Sin Ella, Medianera de todas las gracias, la vida sobrenatural de la gracia sucumbiría ante los ataques de nuestros enemigos, tanto exteriores como interiores. Sin Ella no llegaria a pleno desarrollo la perfecta vida de todos los hijos de Dios y de María. Por consiguiente, en Ella han sido formados todos los elegidos, y en Ella permanecen ocultos hasta tanto que la vida de la gracia no se transforme en vida de gloria. Mientras aquel feliz momento no llegue, todos —incluso los mayores santos— se encuentran, sobrenaturalmente, en el período sobrenatural que precede al nacimiento.
6. Repercusion de la vida de union. Las repercusiones de semejante unión son mul tiples. La unión con María se convierte, para el apóstol, en el más expedito camino, tanto hacia Dios, fin supremo de todo ser, como hacia el hombre, nuestro hermano. Unido a Ella, no cs ya el apóstol el que avanza hacia Dios, sino que es Ella.
De este modo se obra en él una maravillosa transformación: el alma tiene bastante con vivir en María, bajo su intimo influjo, en una fiel y constante correspondencia activa a las mociones del Espíritu Santificador. Cuanto más fielmente se abandone el alma a su Madre, tanto más vigorosa y constante será su respiración sobrenatural. No es ya solamente su atractiva dulzura, sino la misma voluntad expresa de Dios la que nos empuja y nos une a María para que Cristo pueda crecer en nosotros. La unión con Dios por medio de María, aparte de que cs voluntad del mismo Dios, es un acto de respeto hacia su santidad y el medio más fácil para allanar el camino de la infancia espiritual y del completo abandono. Pero la unión con María, además de ser el camino hacia Dios, es también el camino más expedito hacia el hombre.
Si es necesario ir a Dios por medio de Ella, no lo es menos el ir a los hombres por su medio. La devoción a María no tiene sentido si no es apostólica, ya que María es y será siempre la que engendra a Cristo, si no se quiere correr el riesgo de naturalizar, y, por tanto, de hacer estáril el A. Y en efecto, el A. religioso, evangélico y directo es tuna maternidad espiritual», puesto que ser apds tol, en último término, no es otra cosa que hacer nacer o crecer a Jesucristo en nuestros hermanos, es decir, prolongar, a título supereminente, la misma obra de María. Por consiguiente, la unión con Ella se impone como una ley. Es menester que el apóstol se dirija a los hombres, sus hermanos, hijos de una misma madre, con la persuasión de que no es él, sino que es Ella quien, por su medio, se dirige a ellos. Es menester ir a su encuentro con una caridad típicamente mariana. Advertird asi el apóstol, en su acción salvífica, una presencia mucho más eficaz que su propia presencia, una palabra mucho más penetrante que su palabra: la presencia y la palabra de María. Y obtendra, asi, efectos que con mucho aventajan a la causa, es decir, a su persona y a su palabra.
De la unión del apóstol con María, al dirigirse a los hombres, brotará en él un coraje tal que le hará superar la timidez, cel mayor obstáculo del apostolado» (S. Pío X); una humildad santamente audaz; una pureza conquistadora; una vida de oración y de continua acción, alimentada por la eucaristía y la sagrada liturgia; y sobre todo un amor exquisitamente filial para con la Iglesia, ya que María y la Iglesia no son dos realidades heterogéneas, sino que son, en cierto sentido, dos aspectos diversos.
Por consiguiente, la devoción a María es ya de suyo devoción a la Iglesia. Asi vemos que el evangelio, siempre tan parco con relación a María, nos revela su presencia en cada una de las tres etapas de la funda- ción de la Iglesia: la encarnación, la pasión y Pentecostés. El misterio de la Iglesia es tambibn el misterio de María. BIBL.: La Madonna nell’A., Univ. Iniernac. «Pro Deo», Roma 1950. VIII-69 pp.; Suenens,
L. G.. Teologia dell'A., Roma 1953. 260 pp.: Richaud. Marie et l’Action catholique, en Du Manoir. 1. pp. 903-9 ll; Olgiati. F., María Regina degli Apostoli ed i compiti dell’A., en aLa Teologia fondamento deH'Ascetica Maríana», II ed., Milán 1954, pp. 139»166; Beniamino della Trinità, O.
C. D., Regina Apostolorum. L'A. interiore alia luce della Madonna, en "María nell’cconomia della salute». Milán 1953. pp. 227-229.