APOCALIPSIS (La Mujer del A.)
Se trata de una grandiosa escena descrita por San Juan en el capítulo XII de su A. I. Los actores y la acción de la gran escena. 1) Los actores son: a) por una parte el dragón y sus ángeles; b) por la otra todos los que combaten contra el dragón y lo vencen, es decir: la Mujer, su Hijo y «el resto de la descendencia» de la Mujer; Miguel y sus ángeles, con los que habitan en el cielo y cantan victoria. Todos estos actores se han como coligado en la victoriosa lucha contra el dragón. 2) La acción se sitúa en la tierra y en el cielo: a) en la tierra: la acción se desarrolla en tres fases. En la primera fase el dragón entabla la lucha contra el Hijo varón de la Mujer apenas dado a luz; pero éste huyó de los ataques del dragón y fue llevado hasta Dios y hasta su trono.
Burlado por esta derrota, el dragón, en una segunda fase, entabla la lucha contra la Mujer que lo había dado a luz; pero también Ella escapó de su furor y se refugió en el desierto; también la tierra vino en su ayuda, tragando la ola de agua lanzada por el dragón para arrastrarla; mas burlado aún por esta segunda derrota pasa el dragón a atacar, en una tercera fase, «al resto de la descendencia» de la Mujer; pero éste le venció también, «gracias a la sangre del Cordero».
b) En el cielo: asistimos desde el comienzo a la batalla de Miguel y de sus ángeles contra el dragón y sus partidarios: en esta batalla triunfa Miguel, y el dragón es precipitado sobre la tierra. Se oye entonces el canto de victoria que celebra la realeza de Dios (Padre), la soberanía de Cristo y la «victoria de sus hermanos». El combate celeste se sobrepone al combate terrestre, y el triunfo de Miguel con sus ángeles es también el triunfo del Hijo, de la Mujer y de los «hermanos» (o sea, el «resto de la descendencia» de la Mujer). II. La identificación de los actores y de las acciones. El mismo autor del A. nos ha proporcionado —según veremos— algunos elementos preciosos para identificar así a los actores como la acción. 1) La identificación de los actores:
a) El dragón, el Hijo de la Mujer, la Mujer. El «dragón» está bien claramente determinado con las señas que de él nos da S. Juan. Se identifica —según el evangelista— con «la antigua serpiente, a la que se acostumbra a llamar Diablo o Satanás» (v. 9; Cf. 20, 2), el vencedor de nuestros primeros padres (alusión evidente al protoevangelio, Gen. 3, 15), el cual será vencido, a su vez, por la descendencia de la Mujer; es el mismo que seduce a toda la tierra habitada (Sab. 2, 24); el que está siempre en oposición a Dios, pero al que Dios vence siempre (Is. 27, 1; 51, 9); que es representado con siete diademas, símbolos de su poder real (v. 3), por lo cual, S. Juan, en su evangelio, lo llama «el príncipe de este mundo» (Jn. 12, 31; 14, 30; 16, 11).
b) Al Hijo de la Mujer se le puede identificar basándose en dos expresiones que lo caracterizan, a saber: tiene como misión el gobierno de las naciones con cetro de hierro; y es arrebatado hasta Dios y hasta el trono de Dios. La primera expresión, símbolo de su irresistible poder, ha sido tomada del salmo 2, indudablemente mesiánico (Cf. Hech. 13, 32-33; 4, 24-30; Hebr. 1, 5; 5, 5), donde se dice exactamente: «Tú los regirás con cetro de hierro» (v. 9). El mismo S. Juan, por otra parte, contempla, en el cap. XIX del A. (vv. 11-15), «al Verbo de Dios» escoltado por las milicias celestiales, dominando a todos los pueblos de la tierra, semejante «al que los gobierna con cetro de hierro». El mismo autor nos dice que Él es el que debe gobernar con vara de hierro a las naciones: el Verbo Encarnado, Cristo, y, por consiguiente, los cristianos, miembros de su cuerpo místico, son los que vencen al dragón «en virtud de su sangre» (A. 12, 11). Pero además de esta primera expresión, hay también otra que caracteriza al Hijo de la Mujer: «y su Hijo fue llevado hasta Dios y hasta su trono».
No hay duda de que alude a la glorificación de Cristo, es decir, a su resurrección, a su Ascensión y a su colocación a la derecha del Padre. Él «ha venido» a «destruir las obras del Diablo» (I Jn. 3, 8); por eso el Diablo trata de eliminarlo apenas nacido, pero el Diablo nada puede contra Él (Jn. 14, 30), y la misma muerte inaugura su triunfo: «He soportado la muerte, pero heme aquí que vivo por los siglos de los siglos, y tengo en mi poder las llaves de la muerte y del infierno» (A. 1, 18). Esta historia del Cristo físico se prolonga en el Cristo místico, en sus místicos miembros. Y si nos lo presentan entronizado junto al Padre, a semejanza de un niño recién nacido, esto quiere decir que su lucha contra el dragón, su resurrección y su ascensión constituyen solamente la fase inicial del nacimiento de la Iglesia, su cuerpo místico, de su lucha y de su triunfo.
Por lo mismo, «ese Hijo varón», más aún, ese niño «que tiene que gobernar a las naciones con vara de hierro» y que ha sido «arrebatado hasta Dios y hasta el trono de Dios», es Jesús, el Mesías de sangre real (contemplado en los misterios de su nacimiento, de su muerte, de su resurrección y ascensión) y, por consiguiente, son también sus seguidores (los cristianos) que han participado con Él en sus luchas y en su triunfo, y todos los cuales forman «un todo con Cristo» (Gal. 3, 16-26; 28-29). Se trata, pues, aquí de la unidad entre Cristo y los cristianos, miembros místicos del cuerpo de Cristo, es decir, de la unión entre Cristo y la Iglesia.
c) La «Mujer» vestida del sol y coronada de estrellas está ya identificada. Si se admite que el Hijo varón «que ha de regir a todas las naciones con vara de hierro» y que «fue arrebatado hasta Dios y hasta su trono», es Cristo, cabeza de la humanidad redimida, hay que admitir también, como consecuencia lógica, que su Madre es María, en cuanto Madre del Cristo total, cabeza y miembros.
Por consiguiente, María, en cuanto madre de la Iglesia (cuerpo místico de Cristo), es también el arquetipo de la Iglesia, inseparable de Cristo su cabeza y de María, madre tanto de la cabeza como de los miembros, o sea, Madre de Cristo y de los cristianos. Con poca lógica, por tanto, no pocos exegetas se preguntaban: aquella «Mujer» ¿es María o es la Iglesia? María no excluye a la Iglesia. Aquella «Mujer» tanto es María como la Iglesia: María, en cuanto madre de la cabeza (físicamente) y de los miembros (espiritualmente) de dicha cabeza (la Iglesia), a los que Cristo llama «sus hermanos» (Jn. 20, 17; Hebr. 2, 11, 17), y por consiguiente María, en cuanto arquetipo (o prototipo) de la Iglesia, es madre de todos los fieles.
Así como la Iglesia no hace más que reproducir en sí misma el misterio de María, así también la maternidad espiritual para con todos los fieles ha de encontrarse primero en María (madre de la cabeza y de los miembros) y después en la Iglesia (madre espiritual de solos los miembros de Cristo, y como expresión visible y sustituta de la madre universal e invisible, María). Esto supuesto, la «Mujer» apocalíptica se nos presenta: a) vestida de sol, con la luna bajo los pies, coronada con 12 estrellas; b) presa de los dolores del parto; c) que huye al desierto y allí permanece. Desarrollemos un poco estos puntos.
a) La «Mujer» se nos presenta «en el cielo» enteramente «vestida del sol», con la luna bajo los pies, «coronada con doce estrellas». Se nos presenta «vestida de sol», porque pertenece ya al mundo de los astros, al mundo celestial. Descansa sobre la luna (símbolo de todo lo que es mudable, por lo que se suele decir: «el necio se cambia como la luna») porque dominando en el tiempo habita en la eternidad, como «primicia» de los redimidos (con todos los efectos de la redención, o sea, sin culpa, sin concupiscencia, sin muerte), junto con Aquel que anticipa en su persona, individualmente, lo que la Iglesia realiza colectivamente, después de Él y a semejanza de Él. Es presentada «coronada de 12 estrellas», cual Reina del universo, del cielo y de la tierra.
b) Los dolores del parto: «Y estando encinta, gritaba con los dolores del parto y las ansias de dar a luz». Cosa idéntica se lee en Isaías (66, 7-15) de la «Hija de Sión» (v.) o de Jerusalén que da a luz un hijo varón y que al mismo tiempo se hace madre de innumerables hijos a los que ella nutre con su paz y con su gloria. Nuestra salvación es fruto de lucha dura, áspera, dolorosa. María ha dado a luz a la cabeza de la humanidad, en Belén, no en medio del dolor, sino del gozo; pero Belén se orientaba hacia el Calvario, hacia la redención de la humanidad, cuerpo de Cristo. Fue entonces cuando Ella, en el dolor («una espada» le traspasó el alma), daba a luz al cuerpo místico de Cristo, la Iglesia. Aquellos dolores de parto, por consiguiente, se refieren a María en cuanto madre de los cristianos (miembros del cuerpo místico de Cristo), no en cuanto madre de Cristo. De esta manera, es una realidad en María lo que se dice de la Hija de Sión, hecha arquetipo de la Iglesia, que no cesa de dar a luz a Cristo en los corazones de los fieles, prolongando así, en el tiempo y en el espacio, el misterio de María.
Ella, la Iglesia, es gloriosa en Cristo y en su Madre, pero es perseguida y dolorosa en el «resto de su descendencia». Lo que ha impedido a muchos exegetas ver en la «Mujer» del A. a María, es precisamente lo que más la representa.
c) La huida de la «Mujer» al desierto. La «Mujer» huyó al desierto. Se le dieron las dos alas de una gran águila, para «que pudiese volar al desierto» (A. 12, 6, 14), «al lugar que Dios le había preparado», libre de los ataques de Satán, para que allí fuese alimentada durante 1.260 días (es decir, 42 meses, tres años y medio). La permanencia en el desierto —como se ve por otros muchos lugares paralelos de la Biblia— es el tiempo en el que de una manera especial se manifiesta la protección divina; y a esa protección alude S. Juan de un modo evidente. Símbolo de protección son igualmente las «dos alas de la gran águila», dadas a la «Mujer». El lugar que Dios le había preparado, al que se dirige la «Mujer», es el «cielo», adonde subió en alma y cuerpo el día de la asunción, adelantándose y prefigurando a la Iglesia, constituida por todos los miembros místicos de Cristo. Los 1.260 días representan —según la interpretación más común— la duración de la Iglesia desde la ascensión de Cristo hasta la parusía.
Durante todo este período, tanto para Cristo como para María, ya en el cielo, no todo ha terminado, ya que la enemistad y la lucha de Satanás continúa ahora con «el resto de la descendencia» de la Mujer, es decir, con la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, hijo espiritual de María, mientras este místico cuerpo no haya alcanzado, en el día de la parusía, su estado perfecto. Durante este período, la Iglesia es alimentada por el mismo Cristo, velado bajo las especies eucarísticas, en tanto no se pueda nutrir de Él sin velos de ninguna clase, como lo está haciendo Nuestra Señora, desde el momento de su asunción. Así, pues, María no deja de estar presente en el desierto por estar gloriosa en el cielo: lo está tal como el arquetipo en su tipo, o como una madre que está con sus hijos, no nacidos aún a perfecta vida sobrenatural, es decir, a la vida de la gloria, por lo que aún ahora los lleva místicamente en su seno, ocupándose de su espiritual desarrollo en orden a su «dies natalis» para la gloria del cielo. 2) La identificación de la acción.
Según hemos identificado los actores (el Dragón = Satanás; el Hijo de la Mujer = Cristo; la Mujer = María Madre de Cristo y de los cristianos), fácilmente podremos identificar sus acciones. Basta una simple y rápida confrontación de la escena descrita por San Juan en el A. (c. 12) con la del mismo evangelista descrita en su evangelio (19, 17 ss.). En la escena del evangelio de S. Juan nos encontramos con Satanás (el dragón) que, entrando en Judea, dirige la trágica batalla (Jn. 12, 31; 14, 30; 16, 11); vemos a Jesús (el Hijo de la Mujer) que padece y muere en la cruz, durante la hora de las tinieblas, para luego resucitar e «ir de este mundo al Padre» (Jn. 13, 1); vemos a María, llamada de un modo aparentemente extraño y enfático, «Mujer» (Jn. 19, 26; Cf. 2, 4), la Mujer del A. Son precisamente los tres actores de la escena del A. También la lucha entre estos actores corresponde perfectamente a la de los actores de la escena apocalíptica.
En el Calvario, justamente en el momento en que Satanás está a punto de cantar victoria, con la esperanza segura de un triunfo definitivo sobre su capital adversario, comprueba que la hora del supremo triunfo se le ha trocado en una completa derrota: «Ahora el príncipe de este mundo es lanzado fuera» (palabra repetida cuatro veces en el A. [12, 9-10] para designar la derrota del dragón): aquella muerte, al tratarse de un acto de suprema caridad, es vida que vivifica: vivifica al mismo cuerpo de Cristo (primeramente preservándolo de la corrupción, y después resucitándolo) y vivifica a toda la humanidad cuya naturaleza fue tomada por Cristo para resucitarla a la vida sobrenatural de la gracia perdida con el pecado. Por eso San Juan unifica este misterio de muerte y de resurrección exponiéndolo con una sola palabra: «exaltación» o «glorificación». Las dos escenas, la del A. y la del Calvario, se corresponden perfectamente. Esta interpretación mariológica del A. (c. XII) es muy rara en la antigüedad, y lo es asimismo en la edad de oro de la exégesis. En el período de tiempo que media entre el Concilio de Trento (s.
XVI) y la definición de la Inmaculada Concepción (1854) en la «Mujer» del A. unos 63 exegetas han visto sólo a la Iglesia; 2 han visto sólo a María, y 24 han visto juntamente a la Iglesia y a María (y aun de éstos solamente unos pocos admiten que se pueda aplicar todo el pasaje a la Iglesia y a María, limitándose a aplicar unos pasajes a la Iglesia y otros a María): Cf. Trabucco, T., La Donna ravvolta dal sole (Apoc. XII) nell’esegesi cattolica post-tridentina, Roma 1907. En cambio, en nuestros días, muchos exegetas, y entre ellos algunos de esclarecida reputación, en la «Mujer» del A. ven primeramente a María. Así J. Coppens, J. Bonnefoy, F. M. Braun, B. J. Le Frois, L. Cerfaux, A. M. Dubarle, L. Deiss, S. Lyonnet, etcétera.
Bibliografía
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