ANGELUS DOMINI
El primer origen del A. D. se halla en la costumbre cívico-religiosa vigente, desde la alta Edad Media, de tocar, al anochecer, la campana de los monasterios y de los conventos para la recitación de la segunda plegaria, después de «Completas». Se atestigua esta costumbre en algunos manuscritos del s. V (Cf. Henry, W., en Dict. Archéol. Chrét. Lit., I, col. 2070). Aquí tuvo probablemente origen el «toque de queda», es decir, la señal para regresar a casa, después del trabajo de cada día. La campana del «toque de queda» estaba dedicada, las más de las veces, a Santa María. Por otra parte, en los monasterios y en los conventos, hasta la baja Edad Media, a la caída de la tarde, se acostumbraba saludar, al final de «Completas», a María, las más de las veces con el canto de la antífona «Salve Regina»; costumbre que, en el correr del tiempo, se fue haciendo cada vez más solemne, hasta el punto de verse obligados a tomar parte todos los miembros de la comunidad, sin que fuese dispensado ninguno, para lo cual se tocaba la campana, e incluso se exhortaba a los fieles a que se uniesen espiritualmente, desde sus propias casas, a dicho acto de homenaje en honor de la augusta Madre de Dios.
Un texto publicado por Thurston habla de indulgencias concedidas por el obispo de Bressanone en 1239 a todo el que rezase tres veces el Avemaría al toque vespertino de la campana (Cf. The Month, 98 [1901] pp. 607-716). Sin embargo, hay muchos que ponen en duda la fecha de 1239, basándose en argumentos poco convincentes. En el Capítulo General de los Frailes Menores de 1263, San Buenaventura prescribía que «los hermanos, en sus sermones, indujesen al pueblo a saludar alguna vez a la Beata María, a la hora de “Completas”, al sonar la campana, ya que es opinión de algunos ilustres doctores que ésa fue precisamente la hora en que el Ángel la saludó» (Cf. Chronica XXIV Generalium O. F. M.). Juan XXII, en 1318 y después en 1327, indulgenciaba la costumbre de recitar las tres Avemarías de rodillas, al tocar la campana por la tarde (Cf. Baronius, Annales, 1318, n. 58, Bar-le-Duc 1872, XXIV, p. 104), introduciendo tal costumbre en Roma. El A. D. no es, pues, más que la unión del recuerdo de la Encarnación con el obsequio a Nuestra Señora a la hora del ocaso, después de «Completas», en uso en las iglesias monásticas y conventuales.
No sólo al ocaso, sino también a la hora del alba existía la costumbre civil y religiosa, desde tiempos remotos, de tocar la campana también para invitar a los fieles a elevar inmediatamente la mente a Dios, al comenzar la nueva jornada. En los monasterios y en los conventos, a la hora de «Prima», a las palabras «Sancta Maria et omnes Sancti», estaba en uso la gran postración, a la que todos los miembros de la comunidad (lo mismo que a la «Salve Regina» del ocaso) debían estar presentes. Hacia fines del s. XIII el toque de la campana, al alba, se puso en relación con el de la tarde, adquiriendo así un sentido mariano. En las Constitutiones de Tomás I, abad de Montecasino (de 1285-1288), se prescribe que «el sacristán toque la campana (...) al Ave Maria de la mañana y de la tarde» (Cf. Juguanes, M., Quale l’origine del suono dell’Angelus?, en «L’Osserv. Rom.» del 25 de mayo de 1942). La conexión del A. D. del ocaso con el del alba está puesta de relieve en el libro De laudibus Papiae del a. 1330 (editado por Muratori en el «Rerum italicarum scriptores»), en el cual se lee, en el c.
XIV: «Además de la señal cotidiana instituida para saludar por la tarde a la Virgen gloriosa, se ha instituido poco ha (en Pavía) otra por la mañana, para después de la aurora, a fin de repetir el saludo, como se acostumbra ya en varios lugares». En 1309, un Breve de Bonifacio IX al clero de Baviera exhorta al toque de campana al rayar el alba para el «Avemaría», en todas las iglesias, según costumbre establecida en Roma, y en varias comarcas italianas (Cf. Hardouin, J., Concilia, París 1715, VII, col. 1856). El A. D. del mediodía se remonta a mediados del s. XV. En la primera mitad del siglo XV, en efecto, en varios lugares (Olmütz, Maguncia, Colonia) había la costumbre de tocar la campana al mediodía para recordar la pasión y la muerte de Cristo. En 1456 se generalizó esta costumbre, y Calixto III añadió la recitación de «tres Avemarías» para impetrar el auxilio divino en la guerra contra los turcos. En el s. XVI, el A. D. del mediodía era ya casi universal. No obstante, la variedad de plegarias era mucha, según los lugares. El primer documento hasta ahora conocido, en el que se encuentra el A. D. según la forma actual, indulgenciada por Paulo III, es un catecismo impreso en Venecia en 1560.
Tal forma se impuso a todos cuando Benedicto XIII la enriqueció, el 14 de septiembre de 1724, con 100 días de indulgencia por cada vez e indulgencia plenaria una vez al mes. Benedicto XIV establecía, el 20 de abril de 1742, que en el tiempo pascual el A. D. fuera sustituido por la antífona «Regina coeli», y que en las dominicas, a partir de la tarde del sábado, se recitase en pie. Finalmente, Pío VII añadía al A. D. en 1815 tres «Gloria Patri» en acción de gracias por los dones con que la Santísima Trinidad enalteció a María y, de un modo especial, por su gloriosa asunción a los cielos, añadiendo 100 días más de indulgencia.
Bibliografía
Roschini, G. M., La Madre de Dios según la fe y la teología, II, Madrid 1955, pp. 564-568; «Angelus Domini», d.
I. Presbyterium, Roma-Padua-Nápoles 1959
Cansi, D., O. F. M., Il beato Benedetto Sinigardi d’Arezzo e l’origine dell’«Angelus Domini», Florencia 1958, Conv. de
S. Francesco. Según
Crespi,
S. Buenaventura habría extendido a la Orden cuanto el
B. Sinigardi había ya instituido para su convento de Arezzo (v. «Marianum», 21 [1959] pp. 433-434).